Violencia escolar

Lo que no se ve a tiempo: violencia, jóvenes y el rol de los adultos

La violencia escolar no es un hecho aislado, sino el síntoma de una trama social profunda que requiere atención urgente. En esta columna, Cattáneo reflexiona sobre el rol de los adultos, el impacto de las redes sociales y la importancia de la responsabilidad parental para construir entornos seguros donde los jóvenes crezcan con contención y lejos de las armas.

César Cattáneo
Diputado provincial en Mendoza por la UCR

Los medios y la sociedad en general se hacen eco de la reciente tragedia ocurrida en una escuela de San Cristóbal, Santa Fe, que nos enfrenta nuevamente a una realidad incómoda: la violencia en las escuelas y el uso de armas.

Muchos consideramos que lo sucedido no es un hecho aislado. Es la expresión más extrema de una trama más profunda: la violencia que atraviesa los contextos donde se mueven hoy los jóvenes. La mayoría de las veces, una violencia silenciosa, muchas veces subestimada.

En Mendoza, en septiembre del 2025, ya vivimos una situación que, afortunadamente, no terminó en tragedia, pero que debe leerse como una señal de alerta. Una adolescente ingresó armada a una escuela en La Paz y efectuó disparos dentro del establecimiento. La rápida intervención del Estado a través de un operativo interministerial que articuló seguridad, educación y salud, permitió contener la situación sin víctimas.

Pero no alcanza con reaccionar bien. El verdadero desafío es llegar antes y preguntarse por qué en espacios de aprendizaje y convivencia, se comienza a observar este nivel de violencia.

Nuestra provincia viene dando pasos importantes. El reciente proyecto aprobado para abordar el acoso escolar desde una perspectiva integral propone un cambio de enfoque: dejar de entender la violencia como un hecho aislado entre estudiantes y comenzar a abordarla como un fenómeno social que involucra a la escuela, la familia, el Estado y la comunidad. Incorporar la responsabilidad parental, fortalecer los equipos interdisciplinarios y generar instancias de intervención previas son herramientas concretas para evitar que situaciones de violencia y acoso escalen.

La violencia no aparece de un día para el otro. Se construye en vínculos, en la falta de acompañamiento, en el mundo de las redes sociales, en la ausencia de límites y en entornos donde el conflicto no encuentra canales adecuados de expresión.

Y fundamentalmente, las armas deben estar lejos de niñas, niños y adolescentes. No puede haber ambigüedades en esto. La flexibilización del acceso o la falta de control no son opciones. Y no es algo que nuestro país esté dispuesto a negociar.

Pero al mismo tiempo, reducir el problema únicamente al control de armas sería simplificarlo. La prevención de la violencia requiere políticas sostenidas, coordinación institucional y una fuerte inversión en educación emocional, salud mental y convivencia escolar.

La experiencia reciente en Mendoza demuestra que es posible y necesario construir desde el Estado capacidad de respuesta, con políticas públicas que actúen antes de que la violencia escale. No se trata sólo de evitar tragedias, sino de sostener entornos donde los jóvenes puedan crecer con acompañamiento, contención y oportunidades reales.

Porque cuando la violencia irrumpe en la escuela, como sociedad estamos llegando tarde, ni siquiera se puede ver al Estado como único actor. Desde el discurso político de la época, la perspectiva de los medios, hasta el rol y la responsabilidad familiar.

Nuestra responsabilidad es intentar que se llegue siempre antes.

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