Capitulo LV

Revolución bajo el parral: El día que el este mendocino dejó de pedir permiso para existir

La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo LV

Marcela Muñoz Pan

El invierno del 68 en el este mendocino no fue frío por la nieve, sino por el hierro de la dictadura de Onganía, que intentaba congelar todo lo que se moviera. Pero bajo el suelo, como el agua de las napas, la rebeldía corría con una fuerza nueva. En la finca, el aire ya no olía solo a sarmiento quemado; olía a cambio, a cuero nuevo y a ese perfume cítrico que traían los jóvenes que bajaban de la Capital.

Doña Bonarda estaba desconcertada. En la radio de la cocina, la voz de Sandro irrumpía con sus shakes enérgicos, haciendo que hasta las cacerolas vibraran con una sensualidad que antes se escondía. Pero no era solo Sandro. Una tarde, Gerónimo hijo trajo un disco de tapa blanca, sin dibujos, casi desnudo. Es de los cuatro de Liverpool, abuela. El White Album, dijo él, mientras el Winco hacía girar el vinilo y las notas de Revolution llenaban el comedor.

Malbeca miraba el disco con sospecha. Parece un libro en blanco, murmuró. Es que está todo por escribirse, Malbeca, le respondió Alicia, que ese día lucía una vincha psicodélica y hablaba con una verborragia que quemaba. Alicia y Aldo ya no hablaban de recetas; hablaban del Mayo Francés. Les contaba, entre mate y mate, que en París los estudiantes habían tomado las calles bajo el lema de "la imaginación al poder".

Ese eco parisino llegaba a Mendoza transformado. En la universidad, las asambleas ardían, y en el este la juventud empezaba a cuestionar el puritanismo de los domingos de misa y silencio. La prohibición del 75% de música autóctona en las radios no hacía más que alimentar el hambre de lo prohibido. En las peñas clandestinas y en los asados en el galpón, se colaban las cintas de Los Gatos. Cuando sonaba "Viento, dile a la lluvia", algo en la mirada de la sociedad cambiaba: los estudiantes ya no eran solo chicos de campo, eran parte de una generación que no quería permiso para existir.

Una noche de octubre, las trillizas, las hijas de Malarda, trajeron a un grupo de músicos que se hacían llamar "banda beat". Traían pantalones ajustados y una melancolía eléctrica. Entre empanadas y vino joven, alguien puso un simple de Almendra. El Tema de Pototo, flotó entre las barricas como una neblina refinada. Eso no es folclore ni es tango, sentenció Doña Bonarda, aunque por dentro sentía que esa lírica nueva le acariciaba el alma de una forma que no podía nombrar.

La mesa sagrada de la familia se convirtió en un campo de batalla intelectual. Bautista, que siempre traía la visión del mundo, hablaba del feminismo y del ecologismo que despertaban en Europa, Chiara entendía un poco más a los jóvenes, justamente por todo lo que había viajado, esa cosmopolita que amaba tanto las tradiciones del este como los cambios en el mundo. El mundo se está achicando, decía, sirviendo un Bonarda directo del barril. Lo que pasa en una barricada en París termina golpeando la puerta de todas nuestras casas.

El contraste era total: la dictadura imponía censura, pero en las reuniones de los jóvenes, de los se escuchaba a Manal y a Los Abuelos de la Nada. El blues de se mezclaba con el aroma del mosto fermentando. La tradición ya no era una cadena, era el cimiento sobre el cual se bailaba el twist y se discutía la revolución. Malbeca entendió ese día, que el 68 no era un año, sino un estado de ánimo. Los hijos, los nietos y bisnietos de las gemelas, reían con una libertad que sus madres nunca tuvieron.

Mendoza hervía. El este, con su sol de plomo, se preparaba para una cosecha distinta. Ya no solo se vendimiaba uva; se estaba vendimiando una nueva forma de ser humano. Y mientras en la radio los Rolling Stones proclamaban su Beggars Banquet, la familia entendió que, aunque el Zonda soplara fuerte contra las ventanas, la casa ya no se cerraba: se abría de par en par al vendaval de la historia.

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