Balazos y no abrazos ¿Cómo resolvemos esto?
La escena escolar bajo la amenaza de un tiroteo se ha difundido y multiplicado por todo el país, mensajes amenazantes, promesas de muerte e invitaciones temerarias que reflejan desprecio por el valor de la vida.
Mientras pienso en esta viralización y el tembladeral que ha producido vacilo entre la preocupación y la certeza; por fin vamos a discutir el tema.
El suceso en la escuela Mariano Moreno de San Cristóbal, provincia de Santa Fe el pasado mes de marzo fue una tragedia espantosa. Ian Cabrera, un pequeño de 13 años pagó con su vida, destrozó el corazón de sus padres, signó a su familia para siempre y quebró a una comunidad educativa de manera muy profunda.
Pero lo sucedido en Santa Fe ya estaría en la neblina de la fugaz atención social si hoy no estuviéramos alertados al máximo por la velocidad con que se extendió la invitación mortal a darse balazos.
¿Recuerdan el plan de tiroteo que se frustró en la Escuela de Educación Secundaria Nº 4 en Ingeniero Maschwitz, ciudad de Escobar, provincia de Buenos Aires? Fue en abril del año 2025. Nunca más se supo nada o se habló del hecho.
Este dominó agresivo sacude las rutinas burocráticas, los protocolos de papel y deja sin palabras a los lenguaraces políticos, obliga al debate en serio y empuja definiciones concretas.
Igualmente, la hipocresía o la ignorancia da para todo: escuché a un funcionario de mi provincia de Córdoba entrevistado por un canal de alcance nacional echarle la culpa a la pandemia y a la fragilidad de la salud mental provocada por ella como la causa raíz, y a las redes por supuesto, junto con la violencia social generalizada más el efecto contagio. O sea, no es responsabilidad de nadie.
La famosa y ya reconocible cuadratura del círculo en política que se esconde dentro de sus propios discursos y no reconoce su inutilidad para mejorar las instituciones o afrontar las crisis.
Las instituciones, los profesionales que se supone entienden de la problemática, los responsables...todos se aferran a un ángulo posible de la explicación. Y la tentación es sacar las culpas afuera de la escuela: a las redes, al true crime comnunity (TCC) , a la violencia generalizada, a la familia descuidada, a los traumas afectivos y a la invisibilidad de los jóvenes, etc.
Incluso apelando a soluciones parche, algunas ridículas como no permitir las mochilas...
Yo elijo el siguiente ángulo que no tiene la respuesta totalizadora (ningún ángulo lo tiene) pero al menos hace pie en la escuela, en su territorio, en su incumbencia y en lo que le es posible hacer: enseñar.
¿Qué está pasando aquí?
Pasa que a la escuela se le prohibió prohibir.
Pasa que se le restringió su capacidad de establecer normas y de sancionar su incumplimiento. Se la acusó de represiva y se la puso bajo sospecha en cuanto a su capacidad de cuidar y educar. Se le impuso una condición (por ley): se le ordenó no ordenar sino acordar con los alumnos como si todos fueran pares de sus docentes y directivos (arrebatándoles su rol adulto). Se le indicó una horizontalidad anodina que borró límites entre el bien y el mal para poner todo a consideración del criterio del conjunto. Se le estableció condiciones inviables: no sancionen, no castiguen, no digan no.
Pasa que nos estamos encontrando de frente con un error ideológico sostenido durante varias décadas.
¿Se equivocó Foucault al considerar la escuela un sistema represivo y carcelario?, ¿se equivocaron Bourdieu y Passeron al considerar a la escuela una máquina de reproducción de desigualdades? o ¿nos equivocamos nosotros al hacernos eco de esa mirada producto de una perspectiva rebelde al sistema pero que no tuvo nada para aportarle a cambio? La misma mirada que bendijo la revolución en Irán en 1979 y después se arrepintió...esa mirada de la sociedad y de las instituciones que llegó al corazón de las escuelas de la mano de nuestros funcionarios y aún persiste...
¡Cuánto se equivocó el progresismo pedagógico en tomar al pie de la letra el planteo de que cualquier acto de disciplinar es represivo y autoritario! y que la escuela asimilada al modelo carcelario debía dar lugar a una especie de convivencia -más idealizada que real- que despreció toda medida sancionatoria y puesta de límites por considerarlos punitivos, haciendo eje en que la base de la convivencia deben ser los acuerdos y las medidas restaurativas.
Incluso se sancionó una ley nacional en el año 2013 que establece esto, la ley 26.892, Ley para la Promoción de la Convivencia y el Abordaje de la Conflictividad Social en las Instituciones Educativas, que luego cada provincia debió adecuar para su aplicación a través de las reglamentaciones jurisdiccionales.
En síntesis, la ley tiene como principal objetivo promover la convivencia democrática en las instituciones educativas y establecer un marco legal para el abordaje formativo de los conflictos y la violencia sobre la base de un concepto que se inclina en un solo sentido: el acuerdo entre miembros de la comunidad educativa.
Ya hemos presentado esta síntesis en otro artículo:
¿Cuál es el problema de ponerse de acuerdo? Ninguno en sí mismo, la actitud reflexiva y dialógica es lo más adecuado siempre.
El problema de fondo es que se asume que las normas son algo a definir con los estudiantes y que, por lo tanto, también pueden ser absolutamente contextuales o sujetas a la determinación de las personas involucradas. O sea, nos ponemos de acuerdo en aquello que todos o la mayoría en un grupo de clase consideramos que hay que hacer o que está bien/mal de acuerdo a la subjetividad del grupo y en base a eso hacemos acuerdos que en muchísimos casos no se cumplen -y no pasa nada- porque sigue primando la autodeterminación individual al respecto. Son así cuasi normas o seudo normas blandas, soft, que buscan a su vez ser smooth (suaves, lisas, sin asperezas), focales y tan circunstanciales que no se pueden generalizar al resto de la sociedad.
Si el límite es vivido como opresivo y la sanción identificada como represiva, toda norma que establece fronteras estrictas será interpretada como un muro a derrumbar.
En el modelo disciplinar escolar anterior a la ley actual, la norma se establecía y su incumplimiento se sancionaba. La autoridad la detentaba el docente, directivo, etc. (los adultos) y se priorizaba la formación del ciudadano para lo cual la templanza en cuanto al orden y el cumplimiento de las normas son indispensables. La norma tenía un valor por si misma.
Como hemos afirmado anteriormente en el artículo citado:
En términos sociológicos, una norma es una regla de conducta o comportamiento que se considera obligatoria y que está socialmente establecida y aceptada. Así, es vista como un hecho social, según la concepción de Émile Durkheim ("Educación y Sociología" 1922), que es externo al individuo y ejerce una coerción sobre él. No es el resultado de una decisión individual, sino de la colectividad. La norma tiene la función de ordenar y homogeneizar el comportamiento social, permitiendo la cohesión y la predicción de las acciones. Es lo que permite que una sociedad funcione. Su cumplimiento se asegura mediante sanciones sociales (formales como una ley o informales como la desaprobación social).
Desde la perspectiva de la moralidad (la ética práctica y el desarrollo moral), una norma es un imperativo que guía la acción individual y está ligado a la noción de deber, valor y conciencia. La norma moral se basa en un juicio de valor sobre lo que es correcto, justo o bueno. Su fuerza no reside primariamente en una sanción externa, sino en la convicción interna del individuo. Ayudan al individuo a distinguir el bien del mal y actuar de forma consecuente, promoviendo el desarrollo de la conciencia moral y la responsabilidad ética.
Las normas estructuran la psiquis al formar un conjunto de valores internalizado.
Si las normas se constituyen en un terreno debatible y sujeto a los criterios de cada niño o adolescente involucrado pueden ser mucho más laxas y accesibles a la comprensión de los mismos, pero también precarias en su condición de orientadoras hacia un bien común.
Dejan un vacío interior. Eso es más violento que la imposición.
¿No hay que discutir las normas escolares con los propios estudiantes? Sí, claro que sí y que de esa reflexión surjan aprendizajes para todos, acuerdos, nuevas maneras de llevarlas a cabo, incluso de construir otras nuevas pautas a partir de allí, pero sobre una base que previamente los adultos responsables establecieron.
Los mayores tenemos el compromiso y la obligación de establecer el horizonte ético y moral y no hay que eludir esa tarea, así como deberíamos como sociedad apoyar a la escuela para que la realice.
Acordar y reflexionar es tan indispensable como enseñar normas y hacerlas cumplir. Podemos integrar ambas tareas y transitar el difícil equilibrio de guiar a las generaciones más jóvenes por el camino que asumimos que es para bien de todos.
Eso es formar ciudadanos. No es solamente enseñar el ABC democrático de vota, elegí, decí lo que pensas, expresa y asumí/exigí tus derechos.
También es el indispensable comprométete, cumplí con tus deberes, asumí responsabilidades, esforzate, compartí, pensá en los demás, cuida lo que es de todos, aprecia lo propio y lo de los demás, pórtate bien y sé una buena persona de acuerdo a lo que como sociedad hemos previamente pactado.
Esa formación ciudadana rescata a la persona del solipsismo y de la soledad del acérrimo individualismo y a su vez, la protege del anonimato del colectivismo viral e irracional porque valora justamente a la persona, la reconoce, la singulariza y la ubica en comunidad.
No la pretende perfecta. La persona puede errar, puede equivocarse y la distinción entre acierto y error, así como la experiencia de la sanción, le enseñará a mejorar, le dará sustento interior.
¿Eso puede lograr la escuela?
Sí. Un buen docente, un buen maestro puede guiar a un niño o a un adolescente a reconocerse a sí mismo y en su comunidad, poniendo en valor las buenas decisiones, los buenos gestos que edifican, que construyen. Cosas pequeñas, hasta tan cotidianas que parecen insignificantes, pueden marcar la diferencia entre formar buenas personas/ciudadanos y dejarlos solos en su albedrío.
Todos necesitamos sentirnos alguien, Alguien reconocido por el grupo, alguien apreciado, alguien presente.
¿La escuela puede alcanzar ese nivel de acercamiento humano?
Sí. La escuela puede hacer pie en lo que sabe hacer: enseñar. Y enseñando las cosas que conoce, ciencias, arte, cultura, enseñar a vivir en comunidad, a compartir, a reconocer al otro como persona y a cuidar la vida y los proyectos de vida que se van entrelazando con la cotidianeidad escolar.
En ese contexto, en ese rol, un buen docente también puede reprender a sus estudiantes, enseñarles que actuar mal tiene consecuencias y que las sanciones son una manera de aprender también.
En Argentina, y puntualmente en educación, hemos abolido quizá una de las pocas herramientas que las sociedades han construido para frenar las inconductas. Por considerar que eso es violencia simbólica y autoritarismo, nos quedamos cortos con lo que ofrecimos a cambio y ahí vamos...sin animarnos a devolverle a la escuela su legitima autoridad.
La frase que se ha generalizado: no es broma, es delito por parte de las autoridades, está afirmando la necesidad de establecer actos punibles dentro de la escuela. Y eso, implica, nada más y nada menos que establecer límites y sancionar acciones después de años de prohibirle a la escuela que sancione.
¿Estaremos dispuestos a reconocer el fallo ideológico y revertir años de inculcarles a nuestros niños y jóvenes que ellos pueden decidir cómo actuar?
A la ley 26.892 hay que -por lo menos- reformularla. Y habilitar la discusión sincera en las escuelas porque si escuchamos a los protagonistas verdaderos (y no a los equipos técnicos ministeriales de escritorio y de libro que quizá nunca estuvieron al frente de un aula), hay mucho para debatir al respecto.
¿Esa puede ser la solución a las amenazas de tiroteo?
Seguramente no sea suficiente, ya que es un solo ángulo de la cuestión, pero considerando que las amenazas de tiroteo suceden en la escuela, en su territorio y bajo su responsabilidad, es una buena manera de empezar.
Otros artículos sobre el tema de la convivencia y disciplina escolar
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