¿La lenta y conmovedora despedida de Bonarda?
Se va yendo la última guardiana del este. La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo LVI.
Bonarda ya no era la fuerza de la naturaleza. Ahora, envuelta en una manta de lana cruda a pesar del calor, sus ojos, esos dos granos de uva negra curtidos por el tiempo, parecían mirar hacia un punto que nadie más alcanzaba a ver.
Sentadas a sus pies, las trillizas, guardaban un silencio poco habitual. Sabían que el reloj de arena de la nona estaba perdiendo sus últimos granos.
Escúchenme bien, susurró Bonarda, y su voz, aunque quebrada, mantenía el timbre de mando de quien ha negociado cosechas enteras frente a los gigantes del centro. La verdadera revolución no fue solo gritar en la plaza. La revolución empezó mucho antes, cuando los abuelos bajaron del tren con una mano atrás y otra adelante, trayendo sarmientos escondidos en las maletas de cuero.
Bonarda señaló con sus dedos temblorosos por la artrosis y artritis un viejo cajón con rueditas, de madera de roble, aquel que siempre tuvo candado. Ahí adentro no hay oro, pero hay algo que pesa más. Están las cartas que Eladio, mi abuelo y Ósman, mi padre, conservaron que nunca llegaron a destino, las fotos de los que se quedaron en el Piamonte, en Rusia, en España, Líbano, los diarios y folletos que sobrevivieron a la inmigración cuando llegó el ferrocarril por primera vez al este.
Dentro del baúl de roble, las trillizas rescataron una Carta de Llamada de 1910, un documento amarillento con el sello de la Comuna de Alessandria, donde Eladio le suplicaba a sus hermanos que no temieran al océano porque en Palmira el destino se escribía con agua: "Aquí el desierto es ancho y el sol no perdona", rezaba el trazo firme de su bisabuelo, "pero hemos logrado que el río Mendoza entre en nuestras acequias y, donde ayer solo había jarilla amarga, hoy el aire empieza a oler a futuro y a sarmiento nuevo; vengan, que en el este la tierra no tiene dueño pero sí tiene alma para quien se anime a despertarla. Acá apenas lleguen a la estación de Palmira, seguro encontrán trabajo. Los españoles han traído olivos para proteger a las vides, yo creo que se va a transformar en un polo de oprtunidades.
Las trillizas se miraron entre sí y pensaron a la vez la idea de las cartas colgadas en los olivos de Doña Adriana, que supieron proteger para que su durabilidad fuera eterna. El este siempre fue el patio de atrás, continuó Bonarda, con un destello de la vieja chispa en la mirada. Nos dijeron que éramos "uva de relleno", que nuestro vino era para el granel, que no teníamos linaje. Pero nosotros alimentamos al país. Ese baúl es la prueba de que existimos, de que sufrimos y de que amamos esta tierra cuando no era más que jarilla y arena. Bonarda tomó la mano de una de las trillizas, apretándola con la poca fuerza que le quedaba. Prométanme que no dejarán que estas historias no se lo lleve el viento. Hagan algo. Un libro, un museo de sitio como nos contaba Chiara que conoció en Japón, lo que sea. Pero que el mundo sepa que antes de los premios y las etiquetas brillantes, hubo manos callosas que no pidieron permiso para existir. Se tomaron el derecho de plantar vida donde solo había sed.
Esa tarde, de mates y tortas fritas, el zonda empezó a bajar desde la cordillera, agitando las hojas de los viñedos, álamos, paraísos como si el mismo suelo estuviera asintiendo. Bonarda cerró los ojos, tranquila, pero todavía no era su momento de partir.