Análisis Bohorquez

Con el ojo en el gatillo, supervivencia, amistades y businnes

¿Revolución o expansionismo es lo que moviliza el conflicto en Oriente próximo? Es una pregunta que se responde en esta segunda parte del informe alumbrado por la "linterna" investigadora.

Isabel Bohorquez

 En el texto Con el ojo en el gatill. Conquista y codicia vimos de manera concisa cómo se estructuró el Eje de la Resistencia islámica, lo que evidencia que esta guerra empezó hace mucho tiempo. Y particularmente, que la ofensiva islámica actual se orquestó entorno a Irán a partir de la revolución de 1979 con la posterior conformación de grupos como Hezbollah en el Líbano (1982), Hamás en Palestina (1987), los hutíes en Yemen (década de los ‘90), etc. con financiamiento, apoyo militar y táctico iraní.

Ellos tienen un plan desde hace 50 años y lo siguen desde entonces.

Plan que se entramó con los conflictos locales y que además responde a una lógica de conquista, expansión y crecimiento económico en nombre de la yihad (guerra santa) para imponer la sharía (ley islámica), implantar el islam no solo como religión sino como cultura y como modelo político de gobierno.

No es un proceso revolucionario de liberación de los pueblos como pretenden romantizar ciertos sectores de la izquierda internacional. Es un proceso de dominación y la vía regia es la guerra.

Este plan no ha sido urdido en soledad. Han contado con la complicidad, el apoyo o la displicencia de otros países que, incluso, han visto con buenos ojos su oposición al Occidente representado en Estados Unidos y en Israel. La ironía de ello es que algunos de esos países son occidentales, por lo que sus gobiernos conniventes están escupiendo para arriba en contra de los intereses de sus propios pueblos.

Pero antes de ello, veamos el bando en pugna con Irán.

Gerencia estadounidense y vínculos perdurables

Estados Unidos e Israel y parte de Medio Oriente encarnan el frente opositor al Eje.

En este grupo también se ven involucrados aquellos países de la región que albergan bases militares estadounidenses además de tener relaciones comerciales con Estados Unidos y que no son necesariamente aliados de Israel ni enemigos acérrimos de Irán (tampoco afines). Por eso, es necesario marcar la diferencia entre países islámicos sunitas y países islámicos chiitas y, a su vez, distinguir entre los grupos chiitas radicalizados que asumen (y usan) la identidad religiosa para asimilarlo al islamismo político o militante (para fines de poder o guerra). Además, hay que considerar que la mayoría de estos países no quieren una guerra que se expanda, dañe sus infraestructuras petroleras o ponga en riesgo sus territorios, su población y sus economías; ven a Irán como una amenaza, en un punto ven a la guerra con Israel como un asunto de Israel y no quieren romper sus lazos comerciales y militares con Estados Unidos. Difícil situación...

Veamos los países involucrados en esta guerra, de un modo u otro:

El mapa a continuación nos muestra los países -o porciones de territorio- proiraníes (verde), los países opositores al régimen (naranja) y los países comodines (en celeste, willcards) que no son aliados ni enemigos de Irán, pero sí son aliados de Estados Unidos y navegan en un frágil equilibrio con sus propios intereses en la región:

En el siguiente mapa podemos observar las bases militares estadounidenses en la región, tanto las bases militares permanentes (en rojo) como otras instalaciones militares (en naranja):

Evidentemente, Estados Unidos hizo alianzas en la región hace mucho tiempo, la más antigua data de 1933 (Arabia Saudita), luego a partir de la posguerra del ‘45 -con todo lo que implicó el reordenamiento geopolítico en la zona- y finalmente con la independencia de varios de los países de Gran Bretaña en 1971 (Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin), bajo la "Doctrina Nixon" que acordó con las monarquías petroleras que las transacciones de crudo se realizaran exclusivamente en dólares (el sistema del petrodólar), lo que cimentó la dominancia financiera estadounidense en la zona y a la vez le permitió asegurar el suministro de petróleo y contrapesar la influencia soviética fundamentalmente en el contexto de la Guerra fría, convirtiendo a estos nuevos estados en aliados estratégicos clave.

Dichos pactos comerciales y económicos han sido muy convenientes para asegurarle, a su vez a estos países su poderío y consolidación, frente a las ansias de conquista del Eje de la Resistencia islámico que a partir de las décadas de los ´80 y ´90 comenzaron a generar en el resto del mundo árabe, la necesidad de una cautelosa construcción de vecindad.

Se independizaron del mandato británico, pero tuvieron siempre la sombra de la amenaza chiita tocando sus puertas, Irán se fue posicionando militarmente, -como ya dijimos- patrocinó Hezbollah, Hamás, a los hutíes en Yemen, etc. empoderando a grupos locales que compartieran sus intereses para desgastar a sus rivales regionales y eso generó a su vez en los países vecinos la necesidad de forjar sus propias alianzas defensivas. Hubo guerras, invasiones, conflictos.

Estados Unidos fue el gran constructor de alianzas y el gran negociador.

Recordemos que el imperio otomano (dinastía turca, no árabe) culminó formalmente en 1922 con la abolición del sultanato y Gran Bretaña asumió el control en la península arábiga con un protectorado que se extendió por 50 años. En el corazón de la península surgió el Reino de Arabia Saudita, que consolidó su independencia y unificación en 1932 tras el Tratado de Yida de 1927. Estados Unidos ya había reconocido su independencia provisional en 1931 y se alió con el nuevo reino en un acuerdo perdurable de "petróleo por seguridad", en el que Estados Unidos garantizaba la defensa del reino a cambio de acceso preferencial a sus reservas energéticas.

En mayo de 1933, el rey Abdelaziz bin Saud otorgó a la empresa estadounidense Standard Oil of California (SoCal) -hoy Chevron- el derecho exclusivo para explorar y extraer petróleo en la Provincia Oriental del reino. Este acuerdo dio origen a la California Arabian Standard Oil Company (Casoc), que en 1944 pasaría a llamarse Aramco (Arabian American Oil Company).

En septiembre de 1933, los primeros geólogos estadounidenses desembarcaron en el puerto de Jubail para comenzar las exploraciones en el desierto, lo que eventualmente llevaría al descubrimiento del primer gran yacimiento en 1938.

En noviembre de 1933 firmaron un acuerdo provisional sobre representación diplomática y consular, protección jurídica y comercio. O sea, apenas independizado del mandato británico, el Reino de Arabia Saudita encontró apoyo en Estados Unidos.

La situación actual de Arabia Saudita respecto a la explotación petrolera pasó de la exclusividad estadounidense a la nacionalización (negociada). En 1973, tras la crisis del petróleo, el gobierno saudí compró el 25% de la empresa; en 1974 subió al 60% y para 1980 ya poseía el 100%. Hoy el Reino Saudí tiene el control total sobre cuánto producir y a qué precio vender, incluso comercia con Rusia, China e India, pero conserva la alianza militar y relaciones comerciales con Estados Unidos.

Situaciones similares se dieron en varios de los países independizados.

Veamos en dos mapas la importancia del petróleo y el gas en la región y en el mundo:

Solo en el golfo Pérsico se concentran dos tercios de las reservas mundiales probadas de petróleo y un tercio de las de gas, además de los dos campos de hidrocarburos más grandes del planeta. Y ahí, pocos países tienen más influencia y control sobre los recursos energéticos que Arabia Saudita, Irak e Irán.

A diferencia de otras potencias de la época (como Gran Bretaña y Francia), Estados Unidos entró en la región con un enfoque puramente comercial y técnico, lo que generó una confianza mutua (con todos los vaivenes y fragilidades que impusieron los conflictos regionales) que perdura hasta hoy. Es así como la amistad y los negocios han sido parte de la agenda estadounidense y su fuerza militar ha sido clave para asegurarle a los nacientes reinos la estabilidad necesaria.

Cuando las monarquías han peligrado (de los 7 países de la península arábiga, 6 son monarquías) principalmente por rivalidades con los grupos islámicos radicales -como Al Qaeda o los chiitas proiraníes- que ven a los regímenes monárquicos como títeres de Occidente, ha sido Estados Unidos el principal aliado y garante tanto militar como logístico de la región en este último siglo, que alcanzó su punto máximo con la Guerra del Golfo (1991), cuando lideró la coalición para liberar Kuwait y defender el territorio saudí de la amenaza iraquí.

Actualmente, además del petróleo, el intercambio comercial con los países de la región incluye gas natural, tecnología y defensa avanzada, energía renovable e inversión tech.

El triunfo de la revolución iraní en 1979 no solo supuso un cambio profundo en los equilibrios de poder en la región, sino que también fue el gran detonante de la conocida como segunda crisis del petróleo. Desde ese momento, Irán se convirtió en el contrapeso chiita a la mayoría sunita que encabeza Arabia Saudí en Medio Oriente y sobre todo en el principal antagonista de Israel y sus aliados occidentales, especialmente Estados Unidos.

Se nos escapa la posibilidad de describir los vaivenes de la brújula política en la región, pero queda claro que Estados Unidos se aseguró su consolidación como aliado poderoso que le permitió también "gerenciar" en parte tanto el mapa geopolítico como el intercambio económico (incluso las guerras son un buen motivo) sentándose siempre en la mesa chica de las negociaciones de una forma u otra.

No debe sorprendernos que Trump se sienta con derecho a intervenir en una zona del planeta donde, en realidad, la injerencia estadounidense es parte de la trama de poder en la región desde hace un siglo.

Tampoco debe sorprendernos que el objetivo de acabar con el régimen teocrático islámico en Irán y desmantelar al Eje de la Resistencia, encuentre en la región una repercusión favorable -aunque se diga entre susurros o gestos tácitos- y con la ventaja de que el trabajo sucio lo hacen Estados Unidos e Israel.

Los países de la región aliados a Estados Unidos no quieren el avance del régimen teocrático de Irán sobre sus territorios ya que están en un momento histórico de creciente autonomía económica y vidriosa estabilidad política interna, la diplomacia es por demás frágil, las consecuencias propias de la vecindad con la guerra desatada en el patio de sus casas pueden provocar o reactivar conflictos locales, especialmente de aquellos sectores que han aceptado la riqueza de la mano estadounidense pero nunca asimilaron sus alianzas...todo es complejo.

La supervivencia de un pueblo

Israel por su parte y luego de la definición de partición del territorio en 1948 pactada ante la ONU, debió enfrentar sucesivas guerras en defensa de su territorio.

Vale la pena repasar, al menos brevemente, esta parte de la historia que es tan cuestionada.

El pueblo judío ha habitado la región desde hace por lo menos 4 mil años. Judea como territorio, sufrió varias invasiones y conquistas.

Durante el Imperio Romano, el emperador Adriano decidió castigar al pueblo judío borrando su conexión con la tierra y cambió el nombre de la provincia de Judea a Syria Palaestina (año 135 d.C.). Eligió el nombre de los antiguos enemigos de los judíos (los filisteos, que ya habían desaparecido como pueblo) para humillarlos y simbolizar que Judea ya no existía. La mayoría de los judíos fueron expulsados, vendidos como esclavos o huyeron hacia comunidades en Mesopotamia, Egipto y Europa. Sin embargo, nunca desaparecieron por completo de la región, se refugiaron principalmente en las montañas de la Galilea (al norte).

Jerusalén fue reconstruida como una ciudad romana pagana llamada Aelia Capitolina. Se prohibió la entrada a los judíos bajo pena de muerte y se construyeron templos a Júpiter y Venus sobre los lugares sagrados. Fue la era del borramiento del pueblo judío a través del intento de convertir una tierra teocrática en una provincia estándar del Imperio.

Sucedió la revolución cristiana, el período Bizantino (313 - 614 d.C.). Con la conversión de Constantino al cristianismo, el territorio experimentó su segunda gran mutación. El nombre de "Palestina" se mantuvo, pero el territorio se convirtió en el centro espiritual del mundo. Se construyeron la Iglesia del Santo Sepulcro y la de la Natividad. En el siglo VI, bajo Justiniano, la región floreció económicamente, pero también se volvió más rígida y autoritaria contra las minorías (judíos y samaritanos), provocando revueltas sangrientas.

Tras la conquista árabe (siglo VII), la región se conoció como Jund Filastin (distrito militar de Palestina), manteniendo el nombre derivado del latín. Para los nuevos conquistadores, la distinción entre Judea, Samaria o Galilea se diluyó en una unidad administrativa más amplia que servía a los fines del Califato.

El califa Omar permitió que las familias judías regresaran a Jerusalén para vivir y rezar. Cristianos y judíos fueron clasificados como "Gente del Libro", se les permitía practicar su fe a cambio de un impuesto especial (jizya). Se reconocía su biografía religiosa, pero se les situaba en un escalón social inferior al de los musulmanes.

Jerusalén se transformó arquitectónicamente, sobre el Monte del Templo (donde habían estado los templos judíos y que los bizantinos usaban como basurero para humillar a los judíos), los Omeyas construyen la Cúpula de la Roca (691 d. C.). No fue solo un acto religioso, sino un mensaje político: el islam llegaba para "superar" y "completar" a las religiones anteriores. El mapa se reescribía en piedra.

Tras la conquista, la región comenzó un largo proceso de arabización e islamización.

Las Cruzadas fueron un paréntesis sangriento (1099 - 1291). Cuando los cruzados europeos llegaron a Jerusalén, no distinguieron entre "enemigos". Masacraron a musulmanes y judíos por igual. La comunidad judía de Jerusalén fue quemada viva dentro de su sinagoga principal. Muchos huyeron de nuevo a las zonas rurales o hacia regiones islámicas más tolerantes.

Apuremos los datos de la historia.

Llega otra etapa imperial: el imperio otomano (los turcos) en el año 1517. Aunque también eran musulmanes y el Sultán otomano se proclamó "Califa" (líder de todos los musulmanes), su lengua y su origen étnico eran de Asia Central/Anatolia. Ellos gobernaron Judea/Palestina hasta el final de la primera guerra mundial (1917/1918), cuando los británicos tomaron el relevo.

Durante esos 400 años, miles de judíos sefardíes fueron expulsados de España, migraron por la región y se instalaron en ciudades como Safed, Jerusalén, Hebrón y Tiberíades (las cuatro ciudades santas del judaísmo ubicadas entre Palestina e Israel). A finales del siglo XIX, empezaron a llegar las primeras olas de inmigración judía moderna (rusos y polacos) que compraban tierras pantanosas o desérticas a los terratenientes otomanos para fundar las primeras colonias agrícolas.

La experiencia judía durante esos casi 2.000 años fue una historia de resiliencia, exilio y persistencia.

Terminada la primera guerra mundial, Gran Bretaña y Francia trazaron líneas en un mapa con regla y lápiz para repartirse el botín de guerra. Ese territorio pasó de ser una provincia otomana a ser el "Mandato Británico de Palestina", formalizándose en la Sociedad de Naciones hacia 1922.

Y esto es muy importante: mientras los pueblos locales (árabes y judíos) soñaban con sus propias independencias tras la caída del Imperio Otomano, los europeos ganadores de la guerra, definieron su destino. Pasaron otros 30 años de acuerdos, desacuerdos, conflictos y resentimientos hacia el poderío europeo.

Llegamos nuevamente a 1948 y a la definición después de la segunda guerra mundial del territorio. La ONU propuso la partición, los líderes judíos aceptaron, pero los árabes la rechazaron.

El 14 de mayo de 1948, David Ben-Gurión proclamó el Estado de Israel. Al día siguiente, cinco naciones árabes los invadieron (Egipto, Transjordania -actual Jordania-, Siria, Líbano e Irak) iniciando la Guerra de Independencia. Israel no solo sobrevivió, sino que capturó más territorio del previsto originalmente, al final de la guerra en 1949 controlaba aproximadamente el 77% del territorio de Palestina bajo mandato británico. Esto representaba cerca de un 23% más de lo que le había asignado originalmente el Plan de Partición de la ONU (Resolución 181).

A partir de allí, comienza un largo camino que implicó guerras (1956 -1973) y acuerdos de paz en la región (1979-2006), una y otra vez.

¿Por qué estos países árabes rechazaron la definición de la ONU de restituir parte del territorio a los judíos? ¿Incluso cuando muchos de ellos aún no eran independientes?

Más allá de ser una definición proveniente de los europeos colonialistas que decidieron por ellos en su propia región, el motivo fue de orden geopolítico y económico, así como la visión del pueblo judío como un aliado de esos mismos europeos.

Jerusalén y el sur de lo que hoy es Israel eran el puente terrestre que conectaba el mundo árabe del norte (Siria, Líbano, Irak) con el del sur y oeste (Egipto y el Magreb). La instalación de un Estado judío en Jerusalén y el desierto del Néguev creaba una "barrera física" que partía el mundo árabe en dos. Esto impedía el sueño del Panarabismo (la unión de todas las naciones árabes) y dificultaba el movimiento de ejércitos y comercio terrestre entre El Cairo, Amán y Bagdad.

Jerusalén no era solo una ciudad espiritual; era el centro administrativo y comercial de la región. El nudo donde convergían las rutas ferroviarias, las carreteras principales y las telecomunicaciones, perderla significaba ceder el "corazón económico" de Palestina a un sistema occidentalizado que ellos no controlaban.

Veamos el mapa político de Medio Oriente y la ubicación estratégica de Israel para el mundo árabe:

Los líderes árabes (muchos de ellos grandes terratenientes) temían que la economía judía, mucho más industrializada y moderna, desplazara y arruinara la economía agraria tradicional árabe que estaba compuesta mayoritariamente por la effendiyya (terratenientes ausentistas) que dependían de un sistema cuasi-feudal de campesinos (fellahin). Los judíos llevaron capital europeo, técnicas de irrigación avanzadas, cooperativas (kibutz) y una mentalidad industrial. Los líderes árabes no solo temían la pérdida de tierra, sino la obsolescencia de su poder social. Un campesino árabe que viera las condiciones laborales de un obrero en Tel Aviv era un peligro para el orden tradicional de los grandes señores de la tierra en Damasco o El Cairo.

Y el otro gran tema, el agua. Jerusalén está en una zona montañosa estratégica para el control de los acuíferos. Quién controla esas tierras altas controla el suministro de agua para las llanuras agrícolas inferiores.

Jerusalén y la columna vertebral de las montañas de Judea y Samaria (Cisjordania) son las zonas de recarga del Acuífero de la Montaña, la fuente de agua dulce más importante de la región. Gran parte de las tensiones de 1948 (y especialmente las de la Guerra de los Seis Días en 1967) tuvieron como trasfondo el control de las fuentes del río Jordán y los acuíferos subterráneos.

Veamos la evolución territorial a lo largo de los conflictos desde 1948:

Aquí se puede observar la distribución actual entre Israel y Palestina (incluida la franja de Gaza):

Hagamos un stop aquí

El esfuerzo de resumir tantos siglos y tantos conflictos pretende reflejar cómo los diferentes imperialismos y sus procesos civilizatorios (romano, bizantino, árabe, otomano) han marcado el destino de este pueblo que parece haber sobrevivido a todo y aún persiste en su lucha por la supervivencia en un mundo que, a su vez, pretende desconocer esa tenacidad.

Ningún imperio (incluidos los actuales) tiene las manos completamente limpias y en el ocaso de los mismos podemos juzgar sus acciones, pero en ese juego de poder, cúspide y declive son los pueblos con fuerte identidad, con valores superiores a sus circunstancias, los que pueden seguir adelante. Si hay algo que puede decirse del pueblo judío a lo largo de la historia es justamente eso.

Seguramente Israel ha cometido muchas acciones repudiables en su lucha por sobrevivir, pero en la escena internacional parece ser mirado con una lupa más pequeña que al resto. Lo que implica, sin lugar a dudas, una doble vara moral indisimulable e injusta.

Hoy, y a pesar de todo, Israel es una potencia tecnológica, militar y económica.

Y claramente, en esta guerra tiene sobrados motivos para estar involucrada. Israel es la nación que el Eje de la Resistencia quiere exterminar de la faz de la tierra y la tiene rodeada.

No pretendo distinguir aquí entre buenos y malos, apenas si me alcanza la propia capacidad reflexiva para atisbar el tablero donde hay quienes quieren ser los dueños del mundo, otros quieren ser los protagonistas de la historia, otros tomar las ventajas y obtener cuantiosas ganancias no importa cómo y otros se ponen de pie, mientras el resto de los miles de millones vacilamos entre la crédula indiferencia, el pensamiento reducido y sesgado o la afligida impotencia.

Me queda para el próximo texto, abordar la ONU, decadente e inútil, para los tiempos que vivimos, los socios en las sombras del régimen teocrático de Irán, así como el posible orden mundial que empuja por surgir, donde la religión aparece por delante de otros argumentos.

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