El león del Este y la cosecha de blanco y rojo
La novela Bonarda y Malarda en un capítulo de la pasión por el fútbol chacarero.
La década del 60 había marcado a fuego la identidad del Atlético Club San Martín. Lo que empezó como un intento de menosprecio por parte de los clubes de la capital, llamándolos "Chacareros" para subrayar su origen rural, se transformó, por obra y gracia del orgullo, en una bandera que se defendía con dientes y uñas y unos cuántos goles. Para cuando el periodista Enzo Ardigó popularizó el apodo en las transmisiones nacionales de 1967, el "Albirrojo" ya no era solo un equipo de fútbol; era el "León del Este", una fiera que defendía el territorio con la misma garra con la que se trabaja el surco.
Malarda esa tarde estaba muy cerca de Bonarda que la veía cómo se iba apagando lentamente esa velita de su hermana, tampoco estaba tan bien de su vista, casi que no tejía al crochet que tanto le gustaba y cuando lo hacía, lo hacía mal. Pero las dos hermanas hasta el último minuto estarían juntas, como fue esa tarde de tanto alboroto y estruendos al escuchar los ecos de los bombos y las gargantas ovacionando a los jugadores, que no sólo dieron un espectáculo futbolístico tremendo con rugidos humanos que envolvían toda la finca, ese 20 de abril de 1974, sino la gloria recién horneada.
Son los Chacareros, son los chacareros, gritaban los niños, los jóvenes y las trillizas que se habían preparado para ese momento. Hoy en la cancha, los simpatizantes del Atlético Club San Martín recibían un galardón internacional como la mejor hinchada del mundo. Bonarda esbozó una sonrisa de lado a lado, esa que reservaba para las victorias silenciosas y Malarda le recordaba cuando su padre escuchaba el partido por la radio y se emocionaba, el albirrojo siempre lo llevaremos en el corazón hermana, le dijo. En la televisión en blanco y negro de la sala, las imágenes mostraban a hombres de camisas abiertas y pantalones anchos, los mismos que durante la semana podaban las vides, saltando ahora con una pasión que desbordaba el cemento.
El televisor chisporroteaba como si también le costara contener tanta emoción en una caja tan chica. Las imágenes iban y venían, pero el sonido, ese sí, no se cortaba nunca. Era un río desbordado que no encontraba cauce, una vendimia de gritos que nadie quería embotellar. Bonarda cerró los ojos un instante, no por cansancio, sino para escuchar mejor. Siempre había entendido el mundo así: primero el oído, después la mirada. Y lo que escuchaba esa tarde no era solo una hinchada. Era un idioma entero que había aprendido a decirse sin vergüenza. Malarda, con las manos quietas sobre el tejido torcido, dejó de luchar con los puntos que ya no obedecían. El crochet, que tantas veces había sido refugio, ahora parecía un idioma viejo frente a ese otro lenguaje nuevo que venía de la cancha. Un lenguaje sin hilo, sin aguja, pero con una precisión brutal: el de pertenecer.
Bonarda pensó, sin decirlo, como se piensan las cosas importantes, que tal vez de eso se trataba todo. De resistir lo suficiente para que un día alguien, en algún lugar, gritara por uno. El apodo, "chacarero" que alguna vez había dolido como piedra en el zapato, ahora era otra cosa. Era orgullo con barro en las uñas. Era identidad sin pedir permiso. Era el campo entrando a la historia por la puerta grande, con bombos y con polvo.
Malarda apoyó la cabeza apenas hacia un costado, buscando ese equilibrio que el cuerpo empieza a perder cuando el tiempo se vuelve más fuerte que la voluntad. No había dramatismo en ese gesto. Había una calma extraña, como si entendiera que no hacía falta decir nada más. Afuera, el pueblo celebraba como si no hubiera mañana. Adentro, el tiempo se acomodaba con una suavidad inesperada.
Las dos hermanas, tan chacareras como el apodo que ahora hacía temblar al país, se quedaron así, compartiendo ese instante que no pedía explicación. Habían visto crecer la tierra, habían aprendido a leer el cielo, habían sobrevivido al viento. Y ahora, sin moverse de sus sillas, estaban siendo testigos de otra cosecha, una cosecha de blanco y rojo.