Requete Feo

Punch: Por qué nos conmueve en el reel y nos molesta en la vereda

Lo Requete Feo es nuestra capacidad de ningunear lo que se quedó sin gas. Y ahí, en ese tacho abandonado, están los que ya no hacen ruido, están desapartados.

Marcela Muñoz Pan

Hay una crueldad silenciosa en el concepto de lo que sobra. Todos, alguna vez, hemos sido ese Punch olvidado en el rincón de la mesa: el que está ahí, pero ya no cuenta. Esa mezcla que al principio era la promesa de la fiesta y termina siendo un charco tibio que molesta para limpiar.

Lo Requete Feo es nuestra capacidad de ningunear lo que se quedó sin gas. Y ahí, en ese tacho abandonado, están los que ya no hacen ruido, están desapartados.

La soledad de los estantes: Esos viejos que caminan despacio por la vereda y a los que esquivamos como si la lentitud fuera contagiosa. Son el Punch de hace tres horas: tuvieron su brillo, su dulzor y su momento, pero ahora la fiesta sigue en otra mesa y ellos quedaron ahí, mirando cómo el hielo se derrite.

Los invisibles del "por qué sí": Ese amigo que dejó de recibir invitaciones porque su charla ya no tiene chispa, o el vecino que saluda y recibe un silencio de vuelta. Los descartamos porque no "pegan", porque no emborrachan, porque recordarlos nos obliga a pensar en nuestra propia fecha de vencimiento.

La dictadura de lo nuevo: En este mundo de etiquetas brillantes, lo que pierde el frío se tira. No hay paciencia para el que está solo. Nos hemos vuelto expertos en catar gente como si fueran descartables: si no tiene impacto inmediato, si no nos hace reír o no nos sirve para el brindis, lo dejamos a un costado.

Todos necesitamos ser Punch alguna vez para sentir que pertenecemos al menjunje humano, pero lo que realmente nos define es cómo tratamos al que se quedó solo en el fondo del recipiente. 

¿Saben qué es lo más Requete Feo?

Que nos olvidamos de que el tiempo es el peor barman: tarde o temprano, a todos se nos va el gas, a todos nos sobran las frutas viejas y a todos nos toca esperar a que alguien, por pura humanidad, se acerque a compartir lo que queda.

Cuidemos el Punch que está solo, nos pasamos horas mirando los reel de Punch, pero cuando nos toca de cerca lo lastimamos, porque piensa diferente, porque es tal o cual cosa, o porque sí. La soledad no es un sabor, es un frío que se te mete en los huesos cuando la fiesta decidió que ya no servís para el brindis o te vestiste para la misma y se olvidaron de pasar a buscarte.

Hay algo profundamente incómodo en Punch. No en el personaje en sí, sino en lo que nos devuelve. Porque Punch no es solo un nombre ni una historia que circula en voz baja entre sobremesas y redes sociales: es un espejo. Y lo peor de los espejos no es lo que muestran, sino lo que no podemos dejar de ver.

Porque Punch no irrumpe: revela. Revela esa doble moral que cultivamos como si fuera una cepa más. Esa capacidad casi artesanal de señalar con el dedo mientras con la otra mano sostenemos lo mismo que criticamos. Nos indigna el exceso, pero aplaudimos el éxito sin preguntar demasiado. Nos molesta el escándalo, pero lo consumimos con una voracidad que ya no disimulamos.

Punch es, en realidad, una construcción colectiva, no nace solo, se hace. Se hace en cada silencio cómplice, en cada "mejor no meterse", en cada brindis donde lo importante no es con quién sino para qué. Se hace en esa cultura donde el límite siempre es flexible... hasta que deja de serlo. Y entonces sí: aparecen los moralistas de ocasión. Los que nunca dudan. Los que siempre supieron. Los que escriben la historia con el diario del lunes y la conciencia recién estrenada. Pero Punch ya estaba ahí. 

Antes del escándalo.

Antes del juicio social. Antes del meme. Por eso incomoda tanto. Porque no es "otro". Somos nosotros en versión sin filtro. El problema no es Punch. El problema es lo que hacemos con lo que Punch deja al descubierto. Si lo usamos como chivo expiatorio para seguir igual o si, por una vez, nos animamos a incomodarnos de verdad. A revisar. A cambiar algo más que el discurso.

Porque mientras sigamos necesitando un Punch para sentirnos mejores, vamos a seguir siendo parte del mismo sistema que después señalamos. Tal vez el verdadero desafío no sea encontrar culpables, sino dejar de necesitarlos.

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