Novela

Mendoza Mineral, Ceniza y Plata

Primer capítulo de la novela mineral que presenta la escritora y columnista de Memo.

Marcela Muñoz Pan

La primera narrativa en Argentina de integración productiva y licencia social: Mendoza Mineral: Ceniza y Plata no es solo una obra literaria; es un hito fundacional. Se presenta como la primera novela en la historia de la literatura argentina que aborda la minería metalífera moderna desde el realismo prospectivo, rompiendo con un siglo de tradiciones narrativas contrapuestas.

CAPITULO 1

En Mendoza, las cosas importantes no hacen ruido. Y las que hacen ruido, generalmente, terminan en asado. Por eso nadie supo exactamente cuándo empezó todo. Algunos dirán que fue el día en que Ceniza Solana volvió a Uspallata con cara de "esto lo arreglo yo". Otros, más escépticos, dirán que empezó cuando Plata Hinojosa se cansó de esperar que alguien más tomara decisiones y decidió quedarse parada en un andén como si el mundo, en algún momento, fuera a alinearse.

La verdad, como siempre en esta tierra, estaba enterrada unos metros más abajo. Literal, hasta los terremotos se han llevado varias partes de la historia. Un amanecer de un color dudoso entre gris y dorado, que en Mendoza suele significar dos cosas: o va a ser un gran día o el zonda está empezando hacer de las suyas. Ceniza bajó del vehículo con esa calma de ingeniera que ya vio demasiadas presentaciones en PowerPoint como para impresionarse con un paisaje. No miró la montaña, la evaluó, se agachó, tomó un puñado de tierra y la sostuvo como si estuviera saludando a un viejo conocido y también todo lo que podría hacer con ella, en ella, viendo un prometedor futuro a fuentes de trabajo, a nuevas formas de encontrar riquezas, ella sabía lo que el mundo estaba demandando, no era para nada tonta, tenía una visión tan clara, casi como la videncia que da la sabiduría tanto de sus estudios y propias de la edad.

Ceniza sabía que el suelo mendocino estaba crujiendo, pero no de sed, sino de abandono. Había visto cómo los campos petroleros se volvían esqueletos de hierro cuando YPF decidió que el futuro estaba en Vaca Muerta, dejando a Mendoza con las manos vacías y la billetera flaca. El petróleo se había ido y la provincia, que supo ser agroindustrial y poderosa, ahora se miraba al espejo con las ojeras del que ha perdido el ritmo, para ella el cobre no era un recurso; era una conversación pendiente. La única charla capaz de encender la luz en una transición energética global que no espera a nadie. Había aprendido a hablar de minería en países donde todo funciona, lo cual siempre es sospechoso. Pero ahí, en ese suelo quebrado, todo volvía a tener sentido. Porque Mendoza no necesitaba más discursos. Necesitaba, ponerse de acuerdo consigo misma.

A lo lejos, un tren apareció cortando el silencio con una elegancia un poco exagerada. El famoso tren Nuevo. Nadie sabía bien de dónde venía ni hacia dónde iba, pero para el que sabe mirar mapas, el tren era el pulso del corredor bioceánico. Mendoza estaba ahí, plantada frente a Santiago de Chile, recordándole al mundo que antes que los viñedos y los olivares, los Incas ya habían marcado este valle como el punto de contacto necesario.

En el andén, Plata Hinojosa esperaba. No miraba el reloj porque claramente no creía en ellos; creía en la infraestructura. Miraba el horizonte con esa serenidad peligrosa de las personas que ya tomaron una decisión y están esperando que el resto del mundo se ponga a la altura. Plata no estaba allí por la nostalgia del pasado agrícola, sino por el presente financiero, pero también artístico, porque apenas llegó sacó su atril portátil y un lienzo fue testigo de sus primeros acrílicos que pincelarían esa escena majestuosa. Plata entendía perfectamente la performance entre los números que siempre diseñaron el mundo, el espacio y también las artes, cuando imaginaba esa paleta de colores de las cordilleras que embrujan ese silencio y ese todo. Entendía que, si la aguja económica no se movía con la extracción, se movería con la logística, con el sol y con el privilegio de ser el paso obligado entre dos océanos, por eso comenzó a pintar para dejar en ese mismo presente, su sello. Plata pintaba arquitectura.

Su abrigo de colores ocres con tonos terracotas, contrastaba con el polvo como si hubiera venido a recordarle al paisaje que el orden también existe. Cuando Ceniza se acercó, no hubo abrazos ni sonrisas innecesarias. Hubo una especie de chequeo técnico entre miradas. El viento empezó a levantarse, porque el zonda nunca pierde oportunidad de participar en momentos importantes, aunque nadie lo invite. Las montañas, que llevaban siglos mirando lo mismo, desde los chasquis imperiales hasta los camiones de carga, parecieron prestar un poco más de atención. Ceniza sabía lo que había entre esas montañas, Plata también. Lo interesante no era eso; lo interesante es que ambas sabían que la otra sabía: Mendoza, sin querer queriendo, empezaba a mirarse no solo como hija del agua, sino también como hija de la piedra. Y en esa transición, el silencio estaba a punto de romperse.

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