Historia de un puntazo: gayolas, bardos y el plagio de Gardel
Un relato arrabalero de un poeta encarcelado y víctima del Zorzal.
El botón de la esquina tan pronto escuchó la trifulca, salió pitando el silbato y corrió hacia la Plaza Pueyrredón del Bajo Flores.
Pero llegó tarde. Las sombras de la noche se tragaron a un malevo que salió corriendo, y bajo la débil luz del farol (tal cual el tango) estaba tendido en un charco de sangre, la suya propia, el otro malevo, que aún respiraba, aferrando con fuerza el facón en su mano derecha. Un puntazo mortal en la ingle, arriba del muslo izquierdo, lo desangró en un breve instante.
¿Quién te achuró? ¿para dónde se disparó? Preguntó el chafe, mientras le sostenía por la nuca la cabeza al moribundo. Pero éste nada dijo. Selló sus labios aún con la parca al lado listo para llevárselo, y engullendo el silencio, su mano derecha se relajó y soltó el facón, y tras un breve tiritón que lo sacudió de pies a cabeza, espichó en los brazos del botón.
Jamás iba a batir a nadie ante la cana, aunque fuera su matador. Era un hombre de códigos, leyes tumberas no escritas que se sabía al dedillo, aprendidas a la sombra de las muchas leoneras donde se consumió purgando su larga carrera delictiva. Comisarías y penitenciarias lo tuvieron de inquilino en muchas ocasiones, por diversos delitos: hurto, ebriedad, riña, ataque con arma blanca, portación de arma y alguna estafa hecha de tanto en tanto. Era un hombre de avería y todos, sus conocidos, sus enemigos y él mismo sabían que nunca cambiaría.
¿Quién era el difunto? Se llamaba Andrés Cepeda, y lo tenían por nacido en Brandsen, el 18 de mayo de 1869. De profesión cigarrero, alto delgado, tez blanca, castañas las crenchas y bigote mal trazado, que le cubría los labios, y sabía leer y escribir; esas eran sus señas que estaban archivadas en su frondoso prontuario. Lo que pocos sabían era que adentro de ese delincuente sin redención, habitaba el alma de un poeta, un bate de arrabal, un sensible artista del suburbio, autor de versos sentidos, hondos, populares.
La cárcel había sido su refugio obligado donde inspirarse para componer sonetos, alejandrinos, y muchas payadas consigo mismo, que plasmó en rústicos papeles escritos a lápiz, de esos que tenía que mojar la punta con la punta de la lengua para darle intensidad a la escritura.
Antes de ser un criminal, había militado en el anarquismo, de manera que era un auténtico libertario (no confundir con acepciones erradas y antojadizas del presente), por lo que la yuta lo tenía fichado por todos los frentes.
La noche de su muerte, el 30 de marzo de 1910, sabe Dios cómo, andaba libre por las calles del Buenos Aires del Centenario. Y estaba vestido muy elegante para ser un ex presidiario. Muchas cosas de Cepeda no se saben. Era, de hecho, un hombre enigmático. Con el tiempo, algunos velos que cubrían su verdadera personalidad se fueron corriendo y surgieron a la luz algunas cuestiones que, en cierta manera, explican sus acciones y derroteros, pero sólo en cierta manera, pues las brumas del misterio lo envolvieron siempre.
En algunos de los hiatos de libertad que tuvo entre condena y condena, conoció a un muchacho del Abasto, motejado como "El pibe Carlitos", un ladronzuelo y estafador de poca monta, de esos que hacían "el cuento del tío" a ciudadanos desprevenidos. A Cepeda le gustaban los gorjeos vocales del pibe Carlitos cuando cantaba, y cierto día le dejó unas copias garrapateadas de algunos de sus poemas, como humilde presente por alegrar su espíritu con su canto. Dos años después del asesinato del poeta carcelario, el pibe Carlitos, Carlitos Gardés, que ya entonces firmaba como Gardel, realizó sus primeras diez grabaciones en el viejo sistema acústico. Por entonces aquel franchute regordete no cantaba tangos. Sus interpretaciones se enmarcaban en estilos camperos como la cifra y el cielito. Compuso la música para los poemas de Cepeda y se auto adjudicó las composiciones descaradamente. Sin embargo, los diez discos no tuvieron la repercusión que la casa grabadora esperaba, y tras un tiempo prudencial, dejó de sacarlos a la venta. Gardel -el pibe Carlitos- no volvió a grabar sino hasta en 1917, cuando le puso la voz al primer tango canción de la historia, "Mi noche triste" de Pascual Contursi. Entonces sí el éxito fue rotundo, y marcó una bisagra en la historia del tango. Las matrices fonográficas de los ritmos camperos choreados a Cepeda, fueron hallados mucho tiempo después y hoy solo tienen el valor que se adjudica a las piezas de colección.
Pero volvamos a Cepeda. Un tal Raymundo Bianco, también integrante de la fauna carcelaria, se convirtió en el depositario de la obra completa de aquel, en un libro editado en forma casera en la penitenciaria bajo el título "Triste'", con dedicatoria y todo: "A mi querido Compadre Don Raimundo Bianco (El argollero) Como alto exponente de cariño. (Cárcel Nueva) Bs. As. 17-4-1904". Bianco, a su vez, se los legó a su sobrino, el payador Francisco Bianco, quien tuvo la delicadeza de publicarlos en un volumen denominado "Las Glorias de Andrés Cepeda", en el año 1939, hoy casi inhallable. Adujo el payador que lo hacía con el objeto de "evitar el permanente plagio y profanación" que sufrían los versos del poeta tumbero.
Raymundo (o Raimundo) Bianco, lo conoció muy bien a Cepeda, y le contó algunos secretos del hombre a su sobrino. El autor José Barcia, de la Academia del Lunfardo, anduvo indagando los datos del poeta, recogiendo testimonios de diversa índole, los más de expresidiarios que compartieron hospedaje en la penitenciaría con aquel. Otro colega suyo, Miguel Ángel Lafuente, cita a su vez una entrevista con el anciano payador Martín Castro. De los testimonios extraídos, surge claramente algo en medio de la bruma de misterio que aún rodea a Cepeda, y algunas respuestas al porqué de su accionar delictivo y, sobre todo, cómo fue que llegó a morir en un duelo criollo, ahogando el último suspiro en Plaza Pueyrredón.
El tema es que sus problemas con la policía no fueron ocasionados por su filiación política de anarquista. El "manyamiento" que de él tenía toda la policía de Buenos Aires, no tenía que ver con sus acciones en el movimiento ácrata (que fueron pocas por no decir nulas), el foco de su aversión hacia Cepeda era su condición de homosexual. Los testigos dijeron que era un "bufarracho" (gay activo), que en sus búsquedas de muchachos tuvo más de una reyerta que terminó con él y otros, heridos con arma blanca o revólver. Sus atracos los perpetraba para pagar los servicios de los efebos que deseaba.
Y, es más, aquella noche en que perdió la vida, como una imagen al revés de los mentados duelos criollos en que dos malevos se juegan la vida por una percanta, aquí se dio el duelo entre dos "bufarrones" (al decir del payador Castro) por la posesión de una mariquita (también palabras de Bianco y Castro) que ambos deseaban.
Cepeda dejó sus versos, su impronta carcelaria, su anarquismo y sus amores por efebos esquivos y caros. No fue muy distinto del destino de muchos poetas y músicos que anduvieron en la "mala senda", como Ernesto Poncio (el Pibe Ernesto) y el genial Eduardo Arolas (tan talentoso en el tango como tenebroso en su profesión de cafishio, muerto a puñaladas en París).
La gayola, la poesía y el amor prohibido... un gran cóctel para un poeta.
Bibliografía consultada: - "La columna vertebral", historia de trabajadores- periodismo a la gorra. - "Infobrandsen"- Andrés Cepeda, el poeta de los enigmas- 19 de noviembre de 2018.