Historias sin final

La payasa bajo la lluvia

Un historia trágica y poética narra el autor como si hubiera sido un testigo confidente.

Historiador y actor mendocino.

 -¡Vení, Viruta! Sin miedo, dale. Mirá, acá hay una piedra bastante grande. Creo que nos contiene a los dos para hacer las payasadas.

-¡Dale! Ya se juntaron varios chicos. No los vamos a dejar esperando, ¿no?

Con su voz aguda y lanzada a todo volumen, Claudia se sube a una piedra enorme en medio de la villa mientras la lluvia la empapa sin piedad. El maquillaje comienza a correrse sobre su rostro y el frío vuelve gris la tarde. Frente a ella, los chicos esperan en semicírculo bajo lonas improvisadas por sus padres; algunos se cubren con paraguas viejos, otros simplemente se dejan mojar.

La única que parece recibir la tormenta con los brazos abiertos es la payasa.

Los llama, les muestra globos con formas de animales y los invita a jugar.

Ricardo Murad -el clown conocido como "Viruta"- la mira desde abajo y vuelve a pensar en aquella mujer que había conocido tiempo atrás en una esquina de Buenos Aires: una chica desbordada de energía, capaz de repartir volantes hablando a los gritos, haciendo piruetas y riéndose como si el mundo no pudiera tocarla.

Entonces se anima. Se mete bajo la cortina de agua y le hace la segunda.

Los chicos gritan, ríen, aplauden.

Y en ese rincón olvidado de la ciudad, donde por un rato la lluvia deja de importar, la fiesta recién comienza.

Los solitarios hablan raro

Roberto Arlt escribió alguna vez que "los solitarios hablan raro".

Hablan raro porque muchas veces conversan consigo mismos, aun rodeados de gente. Porque viven en un monólogo secreto que los demás apenas alcanzan a escuchar como un murmullo extraño.

Algo de esa música rota parece haber acompañado toda la vida de Claudia Alicia Ferro.

Era una mujer capaz de regalar alegría mientras cargaba silencios profundos. Una artista que convertía la soledad en espectáculo, la pobreza en juego y las heridas íntimas en una ternura casi infantil.

Reconstruir su historia es como caminar entre habitaciones apenas iluminadas.

Hay huecos. Versiones contradictorias. Tramos enteros cubiertos por una niebla que nadie logra disipar del todo.

Tal vez porque ella misma eligió vivir así: entrando y saliendo de la vida de los otros como una aparición luminosa, intensa y breve.

Y sin embargo, quienes la conocieron recuerdan siempre lo mismo.

La energía, la velocidad con la que hablaba.

Y por sobre todas las cosas, su risa.

Esa manera de ocupar el espacio como si el mundo todavía pudiera ser una fiesta improvisada en mitad de la intemperie.

La bailarina

Claudia Alicia Ferro nació el 17 de mayo de 1965 en el desaparecido Hospital Salaberry, en Buenos Aires. Era hija de Oscar Nicolás Ferro y Herminia Delicia Moyano.

Creció en la casa familiar de la calle Corvalán 489, en Villa Luro. Allí pasó buena parte de su vida y allí regresó años después, tras la muerte de su padre.

Antes del maquillaje de clown y de los cumpleaños infantiles, Claudia había sido bailarina clásica.

Las imágenes que sobreviven de aquella época muestran a una joven de mirada intensa y gran presencia escénica. Audicionó para ballets e incluso participó en algún videoclip ochentoso. Había disciplina en su cuerpo y sensibilidad artística en sus movimientos.

Después, en algún momento difícil de precisar, abandonó los tutús y las mallas.

Cambió los escenarios convencionales por otro territorio: la calle.

Viruta, los barrios y la lluvia

Ricardo Murad la conoció en la esquina de Corrientes y Uruguay.

En medio del quilombo del tránsito, Claudia repartía volantes para un restaurante, pero lo hacía a su manera: hablaba sin parar, improvisaba chistes, hacía movimientos exagerados y convertía una tarea rutinaria en una pequeña función callejera.

Murad quedó impactado por aquella energía.

Poco después comenzaron a animar cumpleaños infantiles juntos. Fueron a villas y barrios extremadamente humildes, lugares donde Claudia parecía sentirse verdaderamente cómoda.

No buscaba los escenarios prestigiosos. Prefería actuar allí donde faltaba casi todo. Y así, en una de esas jornadas apareció la tormenta; cualquier otro hubiese suspendido el espectáculo. No Claudia.

Subida a una piedra gigantesca, siguió haciendo piruetas bajo la lluvia mientras los chicos la observaban fascinados.

La periodista

Hubo otra vida entre la bailarina y la clown.

Claudia también estudió periodismo en la Universidad de Morón.

Junto al fotógrafo y profesor de tango Alberto Orlando Barbieri cubrió elecciones en el Colegio de Abogados durante la campaña de Jorge Rizzo. Además escribió notas para el Partido Comunista.

Quienes trabajaron con ella recuerdan una inteligencia rápida y una enorme facilidad para resolver situaciones humanas complejas.

Tenía reflejos veloces para hablar, improvisar y conectar con las personas.

La casa de Corvalán

En los últimos años, Claudia había transformado la casa familiar de tres plantas en una especie de pequeño reino para chicos.

Había inflables, muñecos, juegos, brincolines y bolsas llenas de objetos de utilería.

En la planta alta incluso construía una radio, levantando paredes con paneles acústicos como quien arma un sueño pieza por pieza.

Todo lo que le sobraba lo regalaba: materiales de construcción, cañerías, objetos.

Como si las cosas no hubiesen sido hechas para quedarse quietas en sus manos.

Vivía sola. Había tenido una pareja -algunos recuerdan que era entrenador de caballos- pero con el tiempo eligió una vida cada vez más aislada, más suya.

Sus perros -Pepe, Luna y otro cuyo nombre ya nadie recuerda con certeza- eran su refugio afectivo.

La casa de Corvalán también condensaba sus contradicciones.

A veces quedaba iluminada apenas por velas, no por estética ni romanticismo, sino porque el dinero de los shows a la gorra y de las fiestas infantiles apenas alcanzaba para sostener los gastos más básicos.

Entonces la enorme casona parecía suspendida en otra época: un castillo extraño donde convivían juguetes, perros, cables, globos, materiales de construcción y una mujer que todavía insistía en fabricar alegría aun cuando la realidad parecía empeñada en negársela.

La desaparición

Entre el 22 y el 26 de diciembre de 2016, Claudia Ferro desapareció.

Las plazas dejaron de verla.

También los semáforos, los cumpleaños infantiles, los barrios donde aparecía con bolsas de globos y maquillaje corrido.

De un día para otro, simplemente ya no estuvo. Después llegaron el silencio, las versiones cruzadas, la usurpación de la casa y una investigación incapaz de reconstruir qué ocurrió realmente.

Su cuerpo nunca apareció. Hoy, casi diez años después, Claudia continúa oficialmente desaparecida.

Su vecino Leonardo Andrés -junto a otras personas cercanas- fue uno de los pocos que sostuvo el reclamo permanente por su aparición.

Pero quienes la conocieron prefieren correr el expediente a un costado.

Prefieren recordarla como era.

Con la nariz roja.

Con las pulseras de colores tintineándole en las muñecas. Armando figuras con globos multicolores en la Plaza Sarmiento de Liniers, en los semáforos en rojo de alguna calle.

Agachada sobre un patio de tierra mientras hacía reír a un chico que probablemente jamás había tenido una fiesta propia.

Porque Claudia no regalaba solamente globos, ni maquillaje, ni piruetas, regalaba algo muchísimo más raro: llevaba alegría a lugares donde casi nunca llegaba; hacía sentir importantes a chicos olvidados por todos.

Es muy probable que por eso todavía permanece, no precisamente en el frío volumen de los expedientes judiciales, ni siquiera en las teorías, sino en esa memoria pequeña y obstinada de quienes alguna vez la vieron aparecer bajo la lluvia, haciendo payasadas en medio del barro como si la tristeza del mundo pudiera combatirse, aunque fuera por un rato, con una nariz roja y un puñado de globos.

Fuentes documentales

Partida de nacimiento de Claudia Alicia Ferro. Número/s de documento/s electrónico/s: IF-2015-32625623-DGRC. Partida original anotada en la Sección I, Tomo II-C, Número 580, Año 1965. Resolución N° 1377-E/2017 originaria del Ministerio de Seguridad de la Nación, ofreciendo recompensa para quien aportara información sobre el paradero de Claudia Alicia Ferro.

Testimonios y agradecimientos

Especial agradecimiento a:

Leonardo Andrés, vecino de la calle Corvalán, Villa Luro. Ricardo Murad ("Viruta"), actor y clown que trabajó junto a Claudia. Alberto Orlando Barbieri, fotógrafo, bailarín de tango y amigo personal de Claudia Ferro.

Arte pictórico: Prof. Patricia "Pato" Rodríguez

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