Mendoza Mineral: Ceniza y Plata

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Marcela Muñoz Pan

Capítulo 3

Entonces sucedió algo mucho más raro que encontrar un tesoro: Plata Hinojosa perdió la concentración. Y perder la concentración, en una mujer capaz de detectar una falla logística en medio de la fiesta de la vendimia con centenares personas, equivalía a un eclipse.

No fue inmediato. Primero creyó que era el cansancio del viaje, el vino de altura o el humo dulzón del chivito mezclándose con el aire frío de la cordillera. Pero después comprendió que no. Lo que le ocurría tenía forma humana y caminaba entre los grupos de ingenieros salteños y sanjuaninos como si hubiese nacido exactamente para desordenarle las ideas.

Era geólogo. Y tenía esa clase de belleza que sólo poseen algunos hombres vinculados a las piedras: una mezcla extraña entre paciencia mineral y catástrofe tectónica. Se llamaba Baltazar del Carril, aunque nadie lo llamaba por su nombre y apellido completo porque los nombres largos en la montaña terminan congelándose antes de llegar a destino. Baltazar era y venía de Catamarca, cargaba mapas enrollados bajo el brazo y tenía la costumbre insoportable de mirar los cerros como quien escucha música, anonadado.

Plata lo observó desde lejos mientras él analizaba unas muestras sobre una mesa improvisada al lado del viejo vagón restaurado por Litia y Litio. El geólogo sonreía apenas, con una expresión de hombre peligrosamente distraído, como si en cualquier momento pudiera olvidarse de una conversación por culpa de una roca brillante. Con una espalda importante no pasaba desapercibido, ojos muy definidos negros, negros luminosos y cabello negro, lacio con algunas canas, muy sugestivo su porte. Y aquello, contra toda lógica, le resultó encantador. Plata quedó literalmente, obnubilada.

A partir de entonces, el Día de la Minería empezó a deformarse alrededor de ellos como suelen deformarse las buenas historias. Las horas dejaron de avanzar de manera festiva y comenzaron a moverse con la elasticidad absurda de los sueños o de las sobremesas largas. La sobremesa del amor a los pies de Los Andes cordilleranos, qué cuadro para pintar lo que se aproximaba.

Cada vez que Plata intentaba volver al libro de Argentina D'Oro, terminaba encontrándolo en otro rincón del valle. A veces, aparecía entre estudiantes de geología que dibujaban vetas cupríferas sobre servilletas manchadas de vino; trazaban con bolígrafo las fisuras de la roca, explicando con pasión cómo, milenios atrás, ríos de agua hirviente y minerales habían rellenado esas cicatrices para formar los yacimientos de cobre. Una vez lo vio completamente hipnotizado mirando cómo el sol de las seis convertía los rieles abandonados en dos líneas de fuego líquido.

Y entonces entendió el problema.

El hombre no miraba las piedras para explotarlas. Las miraba como quien lee poesía. Eso era peligrosísimo, porque Plata, que había pasado media vida rodeada de empresarios grandilocuentes, consultores con relojes obscenos y optimistas profesionales capaces de prometer trenes interoceánicos sobre servilletas de papel, nunca había conocido a alguien que pareciera escuchar de verdad a la cordillera. Estaba tan nerviosa Plata que iba y venía con sus gafas de sol como queriendo no ver, no buscar. Tropieza, se levanta, vuelve a tropezar y se quejaba de ella misma por su torpeza, pero no era su torpeza, era que algún objeto medio enterrado se lo atropellaba involuntariamente. Al agacharse para ver de qué se trataba, recorre un cuadro con un marco bastante oxidado con un poema, le empezó a sacar el polvo, restos de tierra granulada y empezó a leerlo. Fue su poema.

Baltazar tenía tierra en las botas y una melancolía antiquísima en la manera de quedarse callado. Algo en él recordaba a esos viejos mapas ferroviarios donde las distancias parecían más cortas de lo que realmente eran. Hacia el atardecer, mientras el resto celebraba alrededor del food truck y los niños corrían jugando entre las vías muertas, Plata empezó a sospechar que Argentina D'Oro quizá había escondido algo más complejo que un secreto minero. Tal vez el verdadero misterio consistía en entender por qué ciertas personas aparecen exactamente en el momento en que una vida está a punto de cambiar de dirección. ¿También habría escondido ese poema cuadro?

Porque desde la llegada de Baltazar, el paisaje entero parecía reorganizarse alrededor de detalles mínimos: el humo vertical de los cafés, la vibración del hierro viejo calentado por el sol, las montañas inclinándose sobre el valle como ancianas gigantescas tratando de pasar el frío y el poema. Incluso Ceniza lo notó. Plata dibujaba y pintaba distinto, había más colores fuegos en sus acuarelas.

Ya no trazaba solamente rutas bioceánicas, corredores logísticos ni nodos energéticos. Ahora, entre línea y línea, empezaban a aparecer pequeñas cosas inexplicables: una mano sosteniendo otra mano, ventanas iluminadas en mitad de la nieve, vagones convertidos en casas, durazneros creciendo junto a estaciones abandonadas. Así de golpe le asaltó el amor, al decir de Cortázar: "Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio".

El amor, pensó Mica mientras fotografiaba los bocetos sin que Plata la viera, debía parecerse bastante a una prospección geológica. Uno cree estar buscando cobre y termina encontrando oro.

Acompañan este capítulo

REDTER (Red Federal para el Desarrollo Territorial)

@jeronimoshantal (director de Minería de Mendoza)

@elymartinarquitecta 

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