Somos pórfido: Los minerales invisibles de la vida cotidiana

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Cordillera profunda y la luz infinita, el enigmático libro de Argentina D'Oro, más que un libro de bases y planificación estratégica sobre las regiones argentinas mineras, con las décadas, se había convertido en un manual de revisionismo histórico incómodo, un cruce exacto entre economía cruda, desarrollo industrial y una caja de herramientas políticas para resolver los problemas que, tarde o temprano, se nos presentarían en la cara.

Fundamentalmente, el conflicto ambiental. Más que un texto de consulta, el libro era una premonición. Argentina no había escrito para su época; había escrito para este preciso instante en que Mendoza se hamacaba entre el miedo, la parálisis y su nueva reconstrucción económica y cultural.

La solución es dejar de tratar a la montaña como un cuadro de living que solo se mira, Argentina D'Oro escribió hace cincuenta años que el verdadero problema ambiental de Argentina no es la técnica, es la soberanía del control. El cobre que está ahí arriba lo va a pedir el planeta para dejar de quemar carbón y petróleo.

Ceniza Solana, volvió a leer una frase marcada con rojo profundo: "La humanidad discute la minería mientras sostiene en la mano objetos hechos completamente de minerales." Ceniza levantó lentamente su teléfono celular.

Litio, cobre, plata, silicio, aluminio. Pensó en las baterías, en los paneles solares, en los cables invisibles que llevaban electricidad hasta las casas, en los satélites, en los hospitales, en los tomógrafos, en las bicicletas eléctricas, incluso en los lentes con los que muchos defendían o rechazaban la minería sin preguntarse jamás de dónde venían sus materiales.

Entonces comprendió que el gran vacío no era solamente económico ni ambiental. Era educativo.

Durante años, la discusión había sido reducida a consignas simples, mientras las personas crecían desconectadas del origen físico del mundo moderno. Como si los objetos aparecieran terminados en una góndola, en una farmacia o en la pantalla de una tienda online. Argentina D'Oro insistía en algo elemental: cada sociedad debía conocer la historia material de aquello que consume. No para aceptar todo. No para justificar cualquier proyecto. Sino para comprender.

Ceniza Solana caminó hasta la ventana. Desde allí podía verse la sombra enorme de las montañas de Malargüe, pensaba en su Uspallata, en San Rafael, y en el encuentro que estaba organizando de "Mujeres en la Minería", por eso se quedó en Malargüe después de las jornadas de la escuela técnica, donde Plata y Baltazar sellaron su amor, sin fallas ni pliegues, a lo mejor con una alianza de oro.

Pensó que la cordillera no era únicamente paisaje: también era laboratorio geológico, memoria del planeta, aula abierta. El problema quizás no era extraer o no extraer. El problema era haber perdido la costumbre de enseñar cómo funciona el mundo físico que sostiene nuestra vida diaria. Abrió nuevamente el libro. Argentina había escrito: "Un niño aprende de dónde viene el pan, la leche y el vino. Pero casi nunca aprende de dónde viene el cobre de una incubadora o el litio de una ambulancia eléctrica." Una red invisible que conecta la vida cotidiana.

Ceniza sintió un escalofrío, volvió a mirar alrededor del pequeño hospital de Malargüe antes de salir. El acero de las camillas. El cobre escondido en los monitores cardíacos. El titanio de algunas prótesis. El litio silencioso dentro de los equipos de emergencia. El zinc de ciertos medicamentos. El silicio diminuto en cada pantalla.

Entonces comprendió algo todavía más incómodo: la discusión nunca había sido únicamente minera. Era una discusión sobre cuánto conocía una sociedad acerca de sí misma.

Porque el mundo moderno no estaba hecho de ideas abstractas. Estaba hecho de materia.

Y quizás el problema no era que las personas rechazaran o defendieran proyectos. El problema era que durante décadas casi nadie había explicado cómo se construía físicamente la vida contemporánea.

Porque de pronto la discusión dejaba de parecer una pelea y comenzaba a parecer una enorme conversación pendiente entre ciencia, naturaleza y sociedad. Imaginó escuelas visitando laboratorios de agua, estudiantes observando cómo se monitorean minerales, geólogos explicando millones de años de formación terrestre, ingenieros mostrando sistemas de reutilización hídrica, comunidades enteras entendiendo por primera vez la dimensión real de aquello que utilizan todos los días.

La cordillera ya no aparecía como una frontera muda. Parecía una biblioteca mineral todavía sin leer.

Ceniza Solana, mientras apagaba la lámpara, pensaba que el verdadero desarrollo comenzaba ahí: en el instante exacto en que una sociedad decide aprender antes de temer o celebrar, de pronto un mensaje de WhatsApp en el grupo de Mujeres de la Minería, rompía el silencio de la noche, casi como si el universo se hubiera puesto de acuerdo con las páginas ajadas de Argentina D'Oro. La noticia local confirmaba un hito en el sur de la provincia: las primeras perforaciones profundas en Malargüe acababan de revelar la presencia de un extenso sistema de pórfido rico en cobre, oro, molibdeno y plata. Seis pozos de exploración. 2.358 metros de excavación hacia el corazón de la tierra para confirmar lo que el planeta, allá afuera, gritaba por obtener. Pórfido.

Ceniza repitió la palabra en voz alta, saboreándola. Recordó su origen latín, porphyra, la piedra púrpura de los romanos. Una roca de origen volcánico y magmático, una masa de grano fino que atrapaba en su interior cristales grandes y visibles de cuarzo o feldespato. 

El pórfido era mucho más que una roca resistente; era un enigma geológico donde los minerales de interés no estaban concentrados en una veta única y evidente, sino dispersos, diseminados en gigantescos volúmenes de piedra. 

Una trama compleja y sutil, idéntica a la red social que debatía su existencia. O la existencia misma: ¿acaso los humanos no somos pórfido de nuestro propio destino, una masa indescifrable donde el valor está disperso y hay que aprender a buscarlo?

Ahí estaba la paradoja de la que hablaba el libro y de la que día a día nos hablamos a nosotros mismos. El cobre, el molibdeno, la plata; no eran tesoros para unos pocos, eran los ladrillos con los que el mundo moderno necesitaba avanzar hacia energías más limpias y renovables. Y la respuesta estaba bajo el suelo que ella misma pisaba. Ceniza recordó que ya llegaba junio, el mes de las mujeres mineras y estos grandes descubrimientos seguramente serían de gran exposición para el debate y las conclusiones. Con la ciencia en la mano, el cuidado del agua en la técnica y la educación como bandera, es tener una biblioteca mineral todavía sin leer. Argentina D´ Oro realmente fue una visionaria.

Acompañan este capítulo

REDTER (Red Federal para el Desarrollo Territorial)

@jeronimoshantal (director de Minería de Mendoza)

@elymartinarquitecta