Donde la montaña no admite cálculos

 Capítulo 6. La novela Mendoza Mineral, Ceniza y Plata. Todos los capítulos los podés encontrar en Memo.

Malargüe tiene ese no sé qué, como los departamentos del sur de Mendoza, si bien están lejos de la capital están cerca cuando unos los piensa, los quiere volver a visitar, recuerda un amor vivido en el sur, un viaje con amigos, tienen un clima especialmente atrapante. Una forma particular de recordarte que, aquí, vos sos la invitada. San Rafael es una octava maravilla, y a Ceniza siempre le gustaba pasar por el Laberinto de Borges, un libro abierto en la tierra que supo conocer bien de cerca por su amistad con Camilo Aldao. Y de Gral. Alvear tenía los recuerdos de la adolescencia pasada de risas con sus primas, los kilómetros recorridos para ir a Las Grutas con sus hermanas y la noche sí o sí se pasaba en G. Alvear, por supuesto cenando un jugoso chivito con ensaladas verdes.

Ceniza recordaba estos lugares con cierta nostalgia, con fotografías que le llegaban al corazón sin filtro, tomando su café de filtro en el hotel, mientras miraba por la ventana y antes de partir a las jornadas con las mujeres de la minería. Un encuentro con mujeres potentes, mujeres que han conquistado un mundo que era casi exclusivo de los hombres, pero en su carrera y en sus investigaciones sobre la minería, la difusión y su reeducación, había conocido a mujeres increíbles, de las cuales se hizo amiga de Gisela Ferrán. Gisela había sido la mujer del sur que más insistió en organizar estas jornadas.

Sin embargo, el primer día de la jornada había sido denso. La exposición de los informes de la CAEM fue un despliegue de datos interminable. El público participaba, sí, pero el ambiente estaba cargado; los ambientalistas se hicieron presentes y las preguntas, más que dudas, parecían municiones. Todo se sintió más como un interrogatorio que como un diálogo.

Por eso, al terminar, Santiago decidió buscar refugio en el único lugar donde el aire no estaba viciado por discursos: la ladera del cerro. Se había escapado de la cafetería dejando a Baltazar y Plata debatiendo sobre infraestructura hídrica.

A veces, la necesidad de "tener la razón" agotaba más que caminar toda la jornada.

Ceniza Solana, de vez en cuando fumaba y decidió tomarse unos minutos, salir del centro de congresos, caminar alrededor con su cigarrillo y relajarse un poco. Santiago Rubí estaba allí, quieto, mirando hacia el valle. No estaba posando, ni parecía estar esperando a nadie. Simplemente estaba ahí, integrado al paisaje con una naturalidad que, a ella, siempre cargada de dispositivos y premuras, le resultó extrañamente hipnótica.

Se quedó a unos metros, sin saber si saludar o dejarlo en su silencio. Él, sin darse vuelta, habló:

¿La montaña también te deja sin respuestas?

Ceniza soltó un suspiro que no sabía que estaba guardando. Se acercó despacio, buscando un lugar donde apoyar el peso.

A veces me deja sin preguntas, que es peor, respondió ella, suavizando el tono. Después de un día entero hablando de planes y proyecciones, el silencio aquí arriba se siente casi como un lujo.

Santiago se giró finalmente. Tenía una sonrisa leve, de esas que no pretenden impresionar a nadie. Era un terrible seductor.

Es que aquí arriba las proyecciones no sirven de mucho. La montaña tiene sus propios tiempos.

Ceniza se apoyó en una tranquera que había, sintiendo la textura fría contra sus manos.

Lo sé, dijo ella, con una honestidad que la sorprendió incluso a sí misma.

Aunque mi trabajo sea, justamente, intentar entender esos tiempos y darles un orden.

¿Un orden?, Santiago arqueó una ceja, pero no con tono de juicio, sino con una curiosidad genuina. Eso suena a un trabajo muy cansador.

Lo es. Y a veces, muy frustrante.

Él se quedó mirándola un momento, evaluando el cansancio en sus ojos. Soy Santiago Rubí. Ceniza Solana, un gusto Santiago.

Ceniza, repitió él, probando el nombre. Un nombre extraño para alguien que vive rodeada de mapas. Es el nombre que me dieron. El resto es cosecha propia. Santiago soltó una carcajada suave, sin rastro de ironía. Me gusta. Pero te advierto que no soy muy bueno siguiendo mapas. Me pierdo seguido, aunque sea en mi propio patio.

Eso podría ser un problema, respondió ella, contagiada por la ligereza del momento. Yo suelo calcular hasta el último margen de error.

Entonces estamos en problemas, dijo él, dando un paso hacia el borde, señalando el valle que empezaba a teñirse de sombras. Porque la montaña no admite cálculos, Ceniza. Solo admite que la habites.

El silencio que siguió no fue tenso. Fue simplemente cómodo. Mientras la luz del atardecer caía sobre Malargüe, Ceniza sintió que el peso de su propia agenda los mensajes, los gráficos, la eterna justificación de lo que hacía, se diluía un poco. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en cómo explicar el mundo, sino simplemente en cómo sentirlo.

Me gusta tu teoría, admitió ella, mirando hacia el horizonte. Pero prepárate, porque si vamos a seguir hablando, te voy a terminar discutiendo todo.

Lo espero, respondió Santiago, y en su mirada hubo un brillo divertido. Es la única forma de que esto no se ponga aburrido.