La increible Jane Avril: del "baile de San Vito" a estrella del Moulin Rouge

Una vida de transformación constante. Una mujer digna de ser un personaje de los "X-Men", mutando en la París de "la Belle Époque". Jane, la del póster, hizo de su condición física la danza furiosa y sensual conocida como el cacán.

Alejandro Cruz
Historiador

Imaginemos que es el año 1889. El Montmartre parisino, ese barrio bohemio lleno de luces y artistas, también está poblado de cabarets y lugares de diversión. Abundan los clubes nocturnos y los prostíbulos en una ciudad bullente, transformada ya en la "Ciudad Luz": centro de la diversión, de la vida disipada y de una nueva manera de entender la moda, el baile, la pintura, la fotografía y la escritura. La posteridad llamará a ese tiempo "la Belle Époque".

En uno de los locales más famosos y concurridos, el Moulin Rouge, el coreógrafo del cabaret ha estado muy atareado durante toda la jornada. Necesita encontrar una bailarina para completar la cuadrilla que deleita a los parroquianos ávidos de música, mujeres y calzones al viento, en esa vorágine danzante que es el cancán. Ha pasado varias horas observando y marcando pasos. De las decenas de chicas que han participado, solo ha fichado a dos como posibles candidatas para ingresar al ballet estable. No son demasiado hábiles, pero tienen el porte que busca: mujeres fornidas, bien nutridas, con extremidades torneadas y vigor suficiente para satisfacer al público masculino que llena cada noche el Moulin Rouge.

La estrella indiscutible del lugar es una alsaciana fortachona, más bien tosca, rubia y atrevida, provista de una buena delantera y de piernas macizas que deja ver cuando levanta las faldas hasta límites increíbles. Es Louise Weber, más conocida como La Goulue -la golosa-, a quien el coreógrafo toma como modelo de bailarina para el espectáculo y para la selección de las chicas.

Se encuentra en esos menesteres, preparando las fichas de las elegidas, cuando ingresa tímidamente una muchacha esbelta, extremadamente delgada, alta, con un aire melancólico que desentona con cada partícula suspendida en ese cabaret de lujo. Es pelirroja. Viste ropa humilde pero acorde con la moda: sencilla, aunque elegante. El coreógrafo le pregunta, asombrado, qué necesita. Ella solo responde: "Quiero bailar aquí". Los músicos ya estaban por enfundar los instrumentos después de tan maratónica jornada, cuando ven, azorados, que el coreógrafo les hace una seña para que regresen a sus asientos y se dispongan a ejecutar, por enésima vez, la pieza musical de la prueba.

Hay algo extraño en esa chica que mueve al hombre a no echarla sin más por lo tardío de su aparición. Le dará una oportunidad. La orquesta comienza a tocar con ritmo y brío, como si aquella flacucha fuera la primera candidata en ingresar a la pista de baile del mítico cabaret. Entonces ella comienza a bailar. Y vaya si lo hace. La muchacha realiza un tipo de danza espasmódica, convulsiva: sus movimientos incorporan sacudidas, tirones repentinos y contorsiones de las extremidades de un modo frenético, como si estuviera al borde de un ataque nervioso. Es una coreografía cortada, sinuosa, provista de una energía explosiva y furiosa. No baila convencionalmente. Raja el aire en mil girones con sus contorsiones violentas y, sin embargo, armónicas. Una danza que contrasta con el aspecto enfermizo de la muchacha. Definitivamente es distinta.

El coreógrafo, hipnotizado, hace callar a la orquesta con un movimiento brusco, también, para no desentonar con lo que ha visto y lo ha maravillado.

-¡Eres una Mélinite! -exclama, en alusión al explosivo de la época-. ¿Cómo te llamas?

-Mi nombre es Jane Avril -responde ella, con recato auténtico, sin impostaciones.

-Bueno, ma chère folle, estás contratada. Esta misma noche te quiero aquí para que te vistan para el espectáculo. Y te adelanto algo: vas a bailar sola, no en cuadrilla. Serás la entrada de nuestro plato fuerte, La Goulue. ¿Entendido?

Ella solo asiente. Ha conseguido lo que quería. Ser la entrada del plato fuerte, por ahora, está bien. Solo por ahora.

Quién era Jane Avril

Nació como Jeanne Louise Beaudon el 9 de junio de 1868 en el barrio de Belleville, París. Tal como la sociedad pacata de entonces la hubiera calificado, era "hija ilegítima" del marqués italiano Luigi de Font y de una cortesana conocida como La Belle Élise. El noble italiano la abandonó siendo una niña, dejándola al cuidado -es un decir- de una madre alcohólica que la sometió a maltratos físicos y psicológicos. Esa situación insostenible la llevó a huir de casa a los trece años. Encontró refugio en la familia de un antiguo protector de su madre. Sus síntomas nerviosos se agravaron y, en diciembre de 1882, fue admitida en la Salpêtrière, una clínica para enfermos nerviosos, en el servicio del afamado neurólogo Jean-Martin Charcot.

Nadie parece haber dejado escrito con nitidez quién abrió para Jeanne Beaudon las puertas de la Salpêtrière. Ella venía de una fuga, de una madre brutal, de una infancia sin amparo. En diciembre de 1882, la futura Jane Avril entró en el servicio de Charcot: no únicamente como enferma, sino también como niña a resguardar. Allí la trataron por un trastorno de movimiento conocido como baile de San Vito, o corea de Sydenham. En ese famoso hospital francés, que funcionaba a la vez como clínica, asilo, depósito de mujeres pobres y escenario clínico de la neurología y la psiquiatría de la época, fue tratada quien sería Jane Avril años más tarde.

En sus memorias, escritas en 1933, la bailarina afirmaba haberse curado de sus tics nerviosos tras descubrir su pasión por el baile durante una fiesta de disfraces organizada en el hospital para empleados y pacientes. De allí vendría el impulso fulgurante de su ascenso como artista de la danza: un estilo que, según su propio relato, aprendió para curarse, para ser una mujer nueva. Capitalizó su condición nerviosa como base de una forma de bailar que sus contemporáneos describieron con una imagen preciosa: una "orquídea en frenesí".

Pasaron un par de años en el Moulin Rouge y Jane Avril cada vez se acercaba más a ser el plato principal, y no apenas la entrada del gran show bajo las luces de gas. Quizá por su condición de rara, distinta, de enferma recuperada, no tardó en convertirse en amiga entrañable de otro asiduo del cabaret: un hombre pequeño de estatura y enorme en talento artístico, proveniente de una familia noble cuyos padres eran primos hermanos. Esa consanguinidad familiar ha sido señalada con frecuencia como posible factor en su fragilidad ósea, que contribuyó a una serie de fracturas patológicas sucesivas y cambió su anatomía para siempre. Medía apenas 1,42 metros.

Ese hombre era Henri de Toulouse-Lautrec.

La amistad entre ambos hizo que Jane le solicitara carteles publicitarios para sus espectáculos. Los carteles y cuadros que Lautrec hizo de ella la elevaron a categoría de estrella. Pero Avril no fue una modelo pasiva. El cartel de 1893 para el Jardin de Paris fue encargado por ella, lo que permite verla como una mujer consciente del valor de su imagen pública. Jane Avril fue una de las figuras que ayudó a fijar una iconografía decisiva: la bailarina como emblema de un París nocturno, eléctrico, comercial y artístico a la vez.

Cartel hecho por Toulouse-Lautrec para el Jardín de París que muestra a Jane Avril bailando.

Hasta que llegó 1895. La Goulue era una estrella del baile que había hecho fortuna con sus performances en el Moulin Rouge y en otros lugares de diversión nocturna de Montmartre. Tanto así que se independizó y lanzó su propio espectáculo, dejando detrás una estela de fama y renombre. Jane se apresuró a ocupar ese espacio, no solo por la vacante, sino porque se lo había ganado con originalidad, personalidad y presencia. Su rival le dejó el cetro de la noche, y Avril supo tomarlo.

Pero Jane Avril no era La Goulue, y allí residía buena parte de su fuerza. Louise Weber había encarnado el desenfreno físico del cancán: la risa ancha, la pierna lanzada como una provocación, la carne misma del cabaret. Jane, en cambio, parecía venir de otra zona. Era menos estruendo y más electricidad; menos abundancia y más filo, cortando la coreografía como un frío estilete. Su cuerpo delgado, casi quebradizo, no prometía la opulencia festiva que el público esperaba de una bailarina del Moulin Rouge, sino algo más inquietante: una especie de relámpago humano.

Por eso no bailaba como las otras. O, mejor dicho, por eso no necesitaba bailar como las otras. Donde sus compañeras componían una maquinaria coral de piernas, faldas y sonrisas, Jane podía quedar sola en escena y sostener la mirada de todos. Su danza parecía nacida de una contradicción: era frágil y violenta, enferma y exacta, descompuesta y elegante. La muchacha que había pasado por la Salpêtrière, el hospital donde Charcot estudiaba los cuerpos nerviosos de las mujeres pobres, convirtió aquella marca en una firma. Lo que pudo haber sido estigma se volvió estilo; allí radica su maravillosa deconstrucción.

No es casual que Toulouse-Lautrec la entendiera tan bien. También él conocía el precio de habitar un cuerpo visto como anomalía. También provenía de una familia noble y, sin embargo, se sentía más cerca de la marginalidad nocturna que de los salones respetables. En Jane encontró algo más que una bailarina famosa: encontró una figura espiritual de Montmartre. La pintó, la dibujó, la convirtió en afiche, pero nunca la redujo a simple decoración. En sus imágenes, Jane no aparece como una belleza complaciente, sino como un signo moderno: angulosa, nerviosa, recortada contra el mundo.

Boceto del afiche con la imagen de Jane Avril.

El cartel de 1893 para el Jardin de Paris fue decisivo. Jane no esperó a que la inmortalizaran como una musa lejana, absorta, entregada al reconocimiento ajeno. No: encargó su propia imagen. Esa decisión habla de una artista consciente del valor de su nombre, de su silueta y de su rareza. Lautrec la representó inclinada hacia atrás, atrapada en el movimiento, mientras en primer plano aparecen el mástil de un contrabajo y la mano de un músico. La escena queda cortada de manera audaz, como si el espectador hubiera sorprendido un instante fugaz de la noche. No es un retrato convencional: es una aparición.

Años más tarde, en 1899, Lautrec volvió a fijarla en una de sus imágenes más extrañas y memorables. Allí Jane aparece con un vestido oscuro decorado por una serpiente. La fotografía del traje permite ver a la mujer real, a la artista que posaba con un vestuario de escena. Pero en manos del pintor, la serpiente deja de ser adorno y se vuelve destino gráfico. Se enrosca en el cuerpo como una línea viva: amenaza, ornamento, movimiento, hechizo. Jane Avril ya no es solo una bailarina con un vestido llamativo; es una criatura de tinta y color, una forma que parece desprendida de la noche parisina.

Su carrera continuó más allá del Moulin Rouge. Bailó en otros escenarios, viajó, fue celebrada y supo administrar su diferencia en un mundo que solía consumir a sus artistas con la misma rapidez con que los volvía famosos. No pertenecía del todo al estereotipo de la cortesana alegre ni al de la vedette devorada por el escándalo. Había en ella una reserva, una melancolía, una distancia. Sus contemporáneos la llamaron La Mélinite, por el explosivo; también Jane la Folle, Jane la loca. Los apodos dicen tanto de ella como de quienes se los pusieron: una época fascinada por las mujeres excepcionales, pero siempre tentada de explicarlas como rarezas, síntomas o peligros.

  Retrato fotográfico de Jane Avril. Imagen captada en 1895.   

Con los años, la Belle Époque fue quedando atrás. La luz de gas, los carteles, los cafés-concert, el ruido de los cabarets y la promesa de una modernidad infinita empezaron a pertenecer al recuerdo. Jane Avril se casó en 1911 con el artista Maurice Biais, sobrevivió a Lautrec, a La Goulue y a casi todo el mundo que la había visto triunfar. Murió en París en 1943, durante la ocupación alemana, muy lejos del resplandor juvenil del Moulin Rouge.

Sin embargo, es posible que su verdadera supervivencia no haya estado en los escenarios, sino en las imágenes. Cada vez que se mira un cartel de Lautrec donde Jane se inclina, se crispa o parece bailar contra el borde mismo del papel, vuelve a aparecer aquella muchacha que había huido de una madre brutal, que había conocido el hospital y el desamparo, y que encontró en el baile una forma de salvarse.

Jane Avril no fue solo una musa. Fue una mujer que comprendió antes que muchos que la rareza también podía ser una forma de poder. Transformó el temblor en arte, la herida en movimiento y la fragilidad en presencia. Lautrec no la inventó: supo verla, captarla, y así la dejó suspendida para siempre en ese instante en que el cuerpo, antes de caer o quebrarse, decide bailar.

Fuentes consultadas

Enlaces de referencia visitados y consultados para la elaboración de la nota:

· Musée d'Orsay - Jane Avril dansant, Henri de Toulouse-Lautrec

· The Metropolitan Museum of Art - Jane Avril / Jardin de Paris, 1893

· National Galleries of Scotland - Toulouse-Lautrec, Jane Avril and the new world of fashion

· The Art Institute of Chicago - Jane Avril, 1899

· 19th-Century Art Worldwide - Toulouse-Lautrec and Jane Avril: Beyond the Moulin Rouge

· International Parkinson and Movement Disorder Society - Jane Avril, Toulouse-Lautrec's favourite courtesan and Moulin Rouge's choreic dancer

· Journal of the History of the Neurosciences / Taylor & Francis - Hysteria Behind the Scenes: Jane Avril at the Salpêtrière

Historiador y actor mendocino
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