Respuesta a Sergio Bruni: Macri: anatomía de un juicio injusto
El autor es senador provincial del PRO. Y su escrito es una respuesta al texto del columnista que analizó la situación política del expresidente.
Esta es una refutación a la columna de mi amigo Sergio Bruni: titulada: Macri: anatomía de una oportunidad perdida.
Macri volvió a Mendoza. La nota que Sergio Bruni publica en este diario construye su tesis sobre una premisa: tuvo "una oportunidad histórica" y la desperdició. Juan José Campanella lo dijo con más precisión en su momento: "Creo que Macri está haciendo un buen gobierno, con todos los errores que hay. Y con que sea un gobierno normal, ya me parece que el salto es cuántico." Como senador provincial del PRO, el único en esta legislatura, suscribo esa lectura y la amplío: la gestión de Macri tuvo errores, como todos los gobiernos. Pero tuvo aciertos como ninguno.
A continuación, mis argumentos para la refutación.
Bruni omite el punto de partida real. El INDEC kirchnerista había manipulado sistemáticamente las estadísticas desde 2007 -manipulación por la que Guillermo Moreno fue condenado penalmente en 2024. La pobreza real al inicio del mandato era, según el CEDLAS, alrededor del 30%, no el 25,7% que el kirchnerismo publicitaba. La inflación real rondaba el 25% anual, no el 10% que difundía el organismo intervenido. Macri llegó a gobernar un país con estadísticas falsas, reservas brutas de USD 25.000 millones pero netas negativas en aproximadamente USD 11.000 millones, y un déficit energético de USD 4.400 millones anuales producto de 12 años de tarifas congeladas y subsidios irracionales que insumieron unos USD 52.000 millones acumulados entre 2003 y 2015. El gasto público primario consolidado superaba el 40% del PBI en 2015 y se ubicaba, al igual que la presión tributaria, en máximos históricos (Ministerio de Hacienda, 2019). Juzgar la gestión sin ese punto de partida es como evaluar a un médico sin decirle en qué estado ingresó el paciente. El radicalismo, que gobernó este país y conoce de primera mano qué significa heredar y dejar herencias, debería ser el primero en entender eso.
Bruni lista las reformas que "nunca llegaron": sistema laboral, estructura tributaria, tamaño del Estado, gasto público. Los datos desmienten la narrativa de inacción. Durante la gestión Macri el déficit primario se redujo en 3 puntos del PBI -de 3,8% en 2015 a prácticamente el equilibrio en 2019- y la presión tributaria bajó 3,1 puntos del PBI, situándose en torno al 28%, el nivel más bajo desde 2012 (fuente: ASAP/Chequeado; Ministerio de Hacienda, 2019). En cuanto a las reformas estructurales que no se completaron, la explicación no es impericia ni falta de voluntad: las reformas laborales e impositivas quedaron sepultadas bajo 16 toneladas de piedras que el kirchnerismo arrojó contra el Congreso. Cambiemos llegó al gobierno sin mayoría propia en ninguna de las dos cámaras. La reforma tributaria de 2017 -que sí se aprobó- fue el intento más serio de modificar el esquema previsional e impositivo desde la convertibilidad, y fue respondida con violencia en las calles del Congreso. Mencionar que las corporaciones "conservaron influencia" sin mencionar que tenían capacidad de bloqueo parlamentario y movilización callejera es presentar media película. Esas corporaciones no son un accidente de la historia argentina: son el producto de décadas de un sistema político que las alimentó, negoció con ellas y nunca las desafió de verdad. El gatopardismo no es un defecto del macrismo; es la marca de fábrica del sistema bipartidista que el macrismo vino a reemplazar, y que el radicalismo integró durante décadas sin reformarlo.
El párrafo económico de Bruni tiene la mayor apariencia de rigor porque incluye datos duros. Refutemos cada uno. Sí: la inflación acumulada entre diciembre de 2015 y octubre de 2019 fue del 271% (Romano Group / La Nación). Sí: el PBI cayó en la mayor parte de la gestión. Sí: la pobreza subió según el INDEC del 30% al 35,4%. Pero aquí corresponde una precisión que Bruni omite deliberadamente: el 40,8% que la UCA publicó para el tercer trimestre de 2019 no es un dato comparable con los del INDEC. La propia UCA reconoció en sus informes que su metodología -canasta propia, muestra de apenas 5.712 hogares, exclusión de sectores medios-altos y altos, uso de patrones de consumo de 2004-2005 sin actualizar- tiende a sobreestimar la pobreza respecto de la medición oficial. Usar el número de la UCA para el final y el del INDEC para el inicio es mezclar metodologías incompatibles para obtener el peor número posible. El dato comparable es INDEC contra INDEC: de 30% a 35,4%. Grave, sí. Pero no 40,8%. Bruni tampoco menciona que las exportaciones -que habían caído 32% durante el segundo mandato de CFK- crecieron entre 13% y 15% bajo Macri (Rubini, USAL; Osorio, Fundación Capital). Que el déficit energético se redujo de USD 4.400 millones a USD 1.000 millones anuales. Que en junio de 2019 Argentina exportó su primer cargamento de gas natural licuado desde Vaca Muerta. Que el tráfico aéreo de pasajeros creció casi 60%. Que se construyeron 700 kilómetros de autopistas. El balance macroeconómico es negativo en variables centrales -eso es verdad-, pero presentarlo como puro fracaso sin registrar los activos estructurales construidos, y usando la aritmética más conveniente para el relato, es otra forma del gatopardismo que se le reprocha a otros.
Sobre el endeudamiento y el FMI, Bruni lo presenta como el símbolo más contundente del fracaso. La deuda pública en diciembre de 2015 era de USD 222.703 millones (52,6% del PBI, Ministerio de Hacienda) -heredada y parcialmente ocultada por el kirchnerismo, que además dejó reservas netas negativas en USD 11.000 millones. Al 30 de junio de 2019, la deuda había crecido a USD 337.267 millones (80,7% del PBI), según el Observatorio de la Deuda Externa de la UMET. El aumento es real. Pero Bruni omite que el préstamo del FMI fue una consecuencia de la corrida de 2018, que respondió a factores concurrentes: la sequía de ese año redujo las exportaciones agropecuarias en USD 8.000 millones según el BCRA, y la Reserva Federal de Estados Unidos subió tasas en ese mismo período, cerrando el crédito internacional para todos los mercados emergentes. Presentar el acuerdo con el FMI como evidencia exclusiva de incompetencia, ignorando esos factores, es argumentación incompleta. El radicalismo también recurrió al FMI, también prometió estabilidad y también terminó en crisis. La diferencia es que nadie desde ese espacio escribió columnas analizando esos fracasos con semejante nivel de detalle.
Hay un capítulo que Bruni directamente no abre: la lucha contra la corrupción. Entre abril de 2016 y febrero de 2019, bajo la gestión Macri, 74 políticos, empresarios y sindicalistas fueron detenidos por causas de corrupción -una cifra sin precedentes en la historia judicial argentina reciente (Infobae, 25/09/2019). La lista incluye al exministro de Planificación Julio De Vido, al exsecretario de Obras Públicas José López -detenido con nueve millones de dólares en bolsos intentando esconderlos en un convento-, al exfuncionario Roberto Baratta, al exsecretario Ricardo Jaime, y a los sindicalistas Omar "Caballo" Suárez (SOMU), Juan Pablo "Pata" Medina (UOCRA) y Marcelo Balcedo, entre otros. La causa de los cuadernos implicó a 101 empresarios y exfuncionarios citados a indagatoria -la investigación de corrupción sistémica más ambiciosa desde el retorno de la democracia. Que el kirchnerismo haya llamado a todo eso "lawfare" no lo convierte en persecución: lo convierte en el reconocimiento implícito de que el sistema de impunidad estaba siendo desarmado. Milei no tiene nada comparable. Ni una sola causa estructural de corrupción avanza con esa magnitud en su gestión. Que Bruni no abra este capítulo incomoda su tesis: juzgar el gradualismo económico de Macri sin reconocer que construyó el andamiaje institucional anticorrupción más activo de las últimas décadas es un análisis amputado.
Donde Bruni tiene más razón es en el argumento sobre los movimientos sociales: las organizaciones piqueteras mantuvieron poder de negociación y acceso a recursos estatales durante los cuatro años de gestión. Macri no desmanteló ese sistema. Pero la crítica se vuelve contradictoria con el reproche anterior: si las reformas laborales quedaron sepultadas bajo las piedras que el kirchnerismo arrojó contra el Congreso, ¿con qué votos iba a desmantelar además la economía social organizada, que tenía capacidad de bloqueo territorial? La consistencia del argumento de Bruni exige elegir: o Macri fue débil porque no confrontó, o fue imprudente porque gobernó en minoría. No puede ser las dos cosas al mismo tiempo. Y sobre todo: esa intermediación clientelar no nació en 2015. Creció durante décadas bajo gobiernos que la usaron como herramienta electoral y luego la denunciaron en la oposición. Eso tiene nombre en la política argentina: gatopardismo.
La comparación con Milei es el núcleo político de la columna de Bruni, y es donde el análisis pasa de evaluación histórica a argumento de coyuntura. Bruni sostiene que Milei "hizo lo que Macri prometió". Es una percepción que existe en parte del electorado, pero que todavía no tiene resultado verificado: la gestión Milei está en curso, con superávit fiscal real pero sin crecimiento sostenido del empleo privado formal, sin recuperación estructural del salario real, y sin ninguna ofensiva anticorrupción comparable a la de 2016-2019. Juzgar a Macri como fracasado frente a Milei como exitoso, cuando la gestión comparada aún no terminó, es comparar un partido cerrado con uno que está empezando el segundo tiempo. Hay una lectura más profunda que Bruni no hace: Macri fue el rompehielos que avanzó sobre el mar congelado de ochenta años de hegemonía estatista, asumiendo el brutal desgaste en el casco de su propio gobierno. Si hoy la sociedad tolera y exige reformas más profundas, es porque maduró gracias a la batalla cultural que Cambiemos libró y ganó. Atacar al rompehielos porque no llegó al puerto es otra forma clásica del gatopardismo: cambiar el objeto de crítica para que el sistema de siempre siga intacto.
Bruni cita a Guillermo O'Donnell sobre la distancia entre expectativas y capacidad de producir cambios. O'Donnell aplicaba ese marco a democracias con instituciones débiles y líderes que no completaban mandatos -exactamente la Argentina previa a Macri. El hecho de que Macri completara el suyo, en medio de una crisis económica real, con una oposición que ganó las PASO del 11 de agosto de 2019 con 15 puntos de diferencia y que igual esperó a las generales de octubre, es en sí mismo un dato institucional que O'Donnell hubiera valorado. La democracia argentina funcionó. Las elecciones funcionaron. La alternancia fue pacífica. Eso no es un mérito menor en nuestra historia. El radicalismo, cuyo gobierno no pudo llegar al final de su mandato en 2001, debería ser el primero en reconocerlo.
Bruni concluye que Macri es ya "una figura testimonial" sin posibilidades reales de futuro político. Puede ser un pronóstico correcto o equivocado -el tiempo lo dirá. Pero la pregunta relevante no es si puede volver a ser presidente. La pregunta es si el espacio político que construyó -el primer partido no peronista con implantación nacional en décadas, con representación parlamentaria propia, con intendentes y gobernadores, y con legisladores que lo defienden con convicción- tiene o no un rol en la Argentina que viene. La respuesta, medida en votos y estructuras territoriales, es que sí lo tiene.
El juicio histórico sobre Macri está abierto. Sus errores de gestión son reales y documentados. Pero un análisis serio exige registrar también lo que entregó: un Estado con estadísticas verdaderas, una energía en camino a la autosuficiencia, la primera exportación de gas no convencional de la historia argentina, 700 kilómetros de autopistas, 74 detenidos por corrupción que el sistema anterior consideraba intocables, y -sobre todo- cuatro años sin violencia institucional, sin persecución a la prensa, sin presos políticos y con alternancia pacífica del poder. Como sentenció Winston Churchill: "El coraje es la primera de las cualidades humanas, porque es la que garantiza todas las demás." Macri tuvo ese coraje. En un país que tiene nuestra historia, eso no es poco.
La columna de Bruni es inteligente y está bien escrita. Pero proviene de una tradición política que gobernó este país durante décadas y no reformó lo que hoy le reprocha al macrismo no haber reformado. Confunde el balance imperfecto con el fracaso total, la dificultad de gobernar en minoría -con el Congreso literalmente bajo las piedras del kirchnerismo- con la falta de convicción, y el reformismo incompleto con el gatopardismo. El verdadero gatopardismo argentino no es el de Macri. Es el de quienes cambian de objeto de crítica según el turno, para que el sistema de siempre siga intacto.