El último suspiro de Malarda
La novela Bonarda y Malarda la pueden encontrar todos los domingos en Memo.
Malarda sonrió, una mueca lenta y difícil. Ella, la mujer que siempre había intentado controlar el flujo de la vida, se daba cuenta que la verdad tiene una fuerza propia, una fuerza que ni sus muros ni sus silencios pudieron contener, mucho menos sus rebeldías y ese desencuentro con su identidad al intentar cambiar tantas veces su nombre, un día Bárbara, otro Malbeca. Su nieto Salvador, no le pedía permiso para contar su historia; simplemente la contaba. Y en ese acto de periodismo puro del futuro comunicador, la abuela sintió por primera vez la libertad de soltar las riendas y dejar que los hilos del tejido al crochet se desarmaran solos.
Titubeaba su voz delgada el poema, el único que le escribió a su nieto, al releerlo mentalmente, fue sentenciar su partida. Un poema te puede vivificar o te puede matar.
Un silencio muy doloroso, pero extrañamente liviano, inundó la habitación. Malarda desvió la mirada hacia la ventana, buscando un horizonte, su horizonte. Exhaló un suspiro largo, un aire antiguo que parecía llevarse consigo décadas de secretos, mandatos y batallas ganadas a fuerza de orgullo y de rebeldía. Sus ojos se iban cerrando despacio, no con la pesadez de la derrota, sino con la paz de quien sabe que el relevo ya estaba en marcha. Su mano, que segundos antes apretaba con debilidad la sábana, se relajó por completo. Malarda estaba dejando de respirar.
En ese trance inconcluso, anunciaban por los medios de comunicación que Borges había muerto. Malarda comprendió entonces que toda su vida había sido una huida hacia el centro de ese laberinto borgeano, cambiando de piel y de nombre, para despistar al Minotauro de su propio destino.
Se marchaba un 14 de junio, el mismo día en que el viejo escritor ciego de Buenos Aires había encontrado la salida de su propio laberinto de tinta. A Malarda le faltaba un soplo para alcanzar los cien años este próximo 4 de agosto, pero los que habitan el mito no necesitan la rigidez de los números redondos. Sintió el roce áspero del hilo de crochet entre sus dedos invisibles; ese hilo con el que tantas veces intentó atar la realidad para que no se le escapara. Entendió, con la paz de los vencidos que se salvan, que la única forma de resolver un laberinto es dejar que el hilo se corte. Toda la familia reunida al calor de los leños, un domingo además de triste, frío. Salvador pensaba que se marchaba el mismo día que aquel escritor fascinante, que tanto había jugado con el tiempo y los espejos; un creador de ficciones, como la misma Malarda.
"A todos los que nos escuchan en las fincas, a los del Barrio Las Bonardas y las Malardas, a los que limpian las acequias, a los que guardan memorias en el barro. La verdad late, se mueve. Y a veces, para que algo nazca, otra cosa tiene que descansar." Salvador tragó saliva, sintiendo el peso de la fecha calar en sus huesos. Miró el reloj queriendo atraparlo para dejarlo quieto. Conectó los cables de su memoria y un escalofrío lo recorrió al recordar la coincidencia: el día en que el mundo se quedaba sin Borges, el este mendocino se quedaba sin su tejedora de mitos. Sin su abuela del alma.
Bonarda no lloró de inmediato. No dejaba de tomarle la mano a su hermana gemela. Se quedó mirando su rostro como quien contempla un espejo que acaba de apagarse. Durante casi un siglo habían compartido el mismo aire, las mismas estaciones, las mismas ausencias y hasta los mismos silencios. A veces se habían amado con devoción y otras se habían combatido como sólo pueden hacerlo dos hermanas que se conocen desde antes de tener memoria. Pero siempre habían sido dos. Ahora el mundo era de una sola mitad.
Bonarda tomó la mano de Malarda. La sostuvo entre las suyas esperando sentir un último temblor, un gesto mínimo, una travesura de la muerte que le devolviera el movimiento. Nada ocurrió. La mano comenzaba a perder el calor y esa tibieza que se retiraba le pareció el verdadero rostro de la muerte.
Entonces comprendió algo que nunca había imaginado: la muerte de un gemelo no se lleva únicamente a quien parte; también deja incompleto a quien permanece. Miró las agujas de crochet sobre la mesa de luz. Ya no habría otra voz corrigiendo un punto, otra discusión por el color de una lana, otro recuerdo contado a medias porque la otra siempre sabía cómo terminaba la historia. La vida, de pronto, se había vuelto un tejido con un hilo faltante.
Acarició la frente de su hermana y le acomodó un mechón de cabello con una ternura antigua, casi maternal. Después apoyó la cabeza junto a la mano inmóvil de Malarda y cerró los ojos. Sintió un dolor extraño, no en el pecho sino en alguna región más profunda y más visceral, allí donde se guardan los vínculos que nacen antes de las palabras. Y pensó, con una lucidez que la sorprendió, que quizá las gemelas nunca terminan de despedirse. Tal vez una se lleva la mitad de los recuerdos y la otra queda en la tierra custodiando la mitad restante.
Bonarda abrió los ojos y miró una vez más el rostro sereno de su hermana.
Andá tranquila, Malarda, susurró. Yo me quedo cuidando esta leyenda.
Por primera vez desde aquel 4 de agosto de hacía casi cien años, Bonarda estaba sola en el mundo.