Cosecha 1960: El grano de la esperanza

La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XLVIII de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo los domingos.

Marcela Muñoz Pan

En Mendoza febrero no es solo el mes del amor, es el mes donde el aire se vuelve dulce y pesado con el aroma del mosto. Es el tiempo de la Vendimia, cuando el esfuerzo de todo un año se juega en pocas semanas. Al alba siguiente del milagro de San Valentín, el sol no pidió permiso. Entró por los ventanales de la finca con una fuerza dorada, anunciando que el tiempo de la contemplación se había terminado: la uva no espera a nadie, ni siquiera a los recién nacidos.

Mientras Ana Eliana amamantaba a Valentina en la penumbra fresca de la habitación, el sonido de los camiones y el traqueteo de las tijeras de podar empezaron a marcar el compás en el callejón. Salvador dormía con una serenidad asombrosa, como si el rugido de la molienda que había presenciado esa tarde le hubiera dado la certeza de que estaba en su lugar en el mundo.

Malarda (Malbeca) que a sus ochenta años parecía haber recuperado la agilidad de una treintañera tras el parto, entró al cuarto con un aroma a café fuerte y jarilla. Ya están descargando los primeros tachos en la bodega de la esquina, dijo, ajustándose el pañuelo en la cabeza. El azúcar está en su punto justo, Ana. El grado no miente: este año el vino va a tener la fuerza de estos dos.

Gerónimo, el poeta, ya no tenía papel y seda en las manos, sino un par de botas llenas de tierra. Había pasado la madrugada recorriendo las hileras con los cosechadores del barrio. Es una locura, Ana comentó él, asomándose a la cuna. Los hombres dicen que nunca vieron un racimo tan apretado y sano. Dicen que es el "regalo de los mellizos".

En la galería, Doña Florencia ya no preparaba postres delicados. El fuego estaba encendido desde las cinco para el asado de los cosechadores. El humo del sarmiento se mezclaba con el olor a tierra mojada de las acequias que corrían a pleno, alimentando las vides que esperaban su turno. Bonarda, sentada en su mimbre, supervisaba las planillas de ingreso de uva con una lupa, mientras Chiara cebaba mates amargos que sabían a vigilia y triunfo y con su sonrisa eterna, iluminaba a esa familia que la acogió con tanto amor, ella decía siempre que se sentía más de este lado del mundo.

El capítulo de la vida de los mellizos comenzaba entre: El crujir de los granos bajo la prensa. El sudor honrado de los vecinos que, entre canasto y canasto, preguntaban a los gritos cómo estaban "los nuevos brotes". El color violáceo que ya empezaba a teñir las manos de todos, como una marca de identidad indeleble.

A media mañana, Malarda sacó a Salvador al porche, envuelto en una manta de hilo. Lo alzó frente a las hileras cargadas de uva tinta. Mirá, niño le susurró al oído. Ese es tu reino. El que tu tatarabuelo Roberto soñó y el que tus padres escribieron. La cosecha de ese febrero de 1960 no sería recordada por los quintales ni por los precios del mercado, sino por ser la vendimia en la que el vino y la sangre se volvieron una sola cosa, indisoluble y eterna, bajo el cielo protector de Mendoza Este.

El estruendo de la moledora-despalilladora era la música de fondo que marcaba el pulso Ya están entrando los últimos canastos de la primera hilera de Bonarda, Criolla y Malbec, anunció Malarda, su voz compitiendo con el rugido de los tractores afuera. Es el momento, Ana. El primer jugo de esta cosecha no puede nacer sin que ellos lo sientan. Gerónimo, con las manos manchadas de ese color violáceo indeleble que deja la uva recién cortada, ayudó a Ana a levantarse. Con una delicadeza infinita, envolvieron a Salvador y a Valentina en mantas de algodón blanco, protegiéndolos del sol, pero dejando que sus rostros recibieran la brisa cargada de azúcar.

Caminaron los pocos metros que separaban la casa de la boca de la bodega. Los cosechadores, hombres curtidos por el sol del este mendocino, detuvieron por un segundo el ritmo frenético de los canastos al hombro. Hubo un silencio respetuoso, casi sagrado. ¡Ahí vienen los herederos! gritó uno de los vecinos del Barrio Las Bonardas, con el sudor corriéndole por la frente y una sonrisa ancha.

Llegaron al lagar. El chorro de mosto, denso, vibrante y oscuro como una piedra preciosa derretida, caía hacia las piletas. Malarda tomó un pequeño jarro de plata el mismo que usaba Roberto para catar las primeras fermentaciones y lo llenó directamente de la salida de la moledora. El líquido estaba fresco, espumoso y lleno de vida. Este es el pulso de la tierra, Salvador. Esta es la dulzura del sol, Valentina susurró Bonarda, que se había unido al grupo apoyada en su bastón de algarrobo y llevando de la mano a su primito Beltrán que ya caminaba firme y feliz.

Sin que nadie lo pidiera, los cosechadores formaron un círculo improvisado alrededor de la familia. El aroma a escobajo fresco y a fermentación incipiente envolvía a los bebés. Era el bautismo de cosecha: un rito que no figuraba en ningún manual de enología, pero que estaba escrito en las paredes de cal y canto de esa casa.

Ana Eliana sintió que el peso de los nueve meses de espera y el dolor del parto se disolvían en ese instante. Los mellizos, lejos de asustarse con el ruido de las máquinas, parecían arrullados por el vibrar del suelo. Salvador estiró una mano diminuta hacia el vapor del mosto, como queriendo atrapar el destino de su linaje. Esta vendimia, dijo Gerónimo, mirando a su esposa a los ojos, no se va a guardar en botellas. Se va a guardar en la memoria de este suelo.

Afuera, Doña Florencia ya estaba sirviendo los primeros vasos de vino fresco y las empanadas calientes para los trabajadores. La cosecha seguía, el ciclo no se detenía, pero esa tarde de febrero, en el corazón de San Martín, todos supieron que el vino de ese año tendría un sabor que ninguna helada ni granizo podría apagar jamás.

Cosecha 1960: El grano de la esperanza

Ver:  Capítulo XLVII: El desborre de la sangre y el milagro de San Valentín. Y Contenidos de Marcela Muñoz Pan

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