El testimonio del olivo madre
Edición especial de verano, la novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XXXVIII de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo.
Ana Eliana, Ana Luisa y Ana Belén, las trillizas hijas de Malbeca (Malarda) habían querido mucho a su abuela adoptiva Doña Adriana (esposa de Don Roberto). Ellas crecieron con la verdad sobre su verdadera abuela Elena y con el tiempo fueron conociendo la verdad de su abuelo Roberto. Que Roberto se haya enterado muy muy tarde de toda la verdad no significó que había olvidado a Adriana, al adoptar a la niña Malarda perdida entre los olivos, con todo el amor la criaron como si fuera propia. Inconscientemente tal vez Roberto lo supo, pero así y todo la entrega de ambos fue íntegra y absoluta. Tal vez los dedos de Dios se la pusieron en su camino como una recompensa.
Pocos días antes de la muerte de Elena, Adriana también murió. Fue una muerte silenciosa, en paz y de la mano de Roberto. Las trillizas también tomaron su mano tan delicada para sellar un agradecimiento y un amor filial diferente, pero no menos importante. Al final la sangre no es lo único que nos define. Antes de sus últimos suspiros les pidió un deseo que había tenido por siempre, desde el origen de sus primeros olivos: todas las cartas y poemas de amor para Roberto querían que estuvieran colgados en el olivo madre, el principal, como si armaran un arbolito de navidad. Ella siempre supo que el corazón de Roberto no le pertenecía por completo, algo sabía de su amor por Elena, mucho más lo confirmó cuando hicieron esa fiesta donde se conocieron las gemelas. Las miradas de Roberto y Elena fueron inevitablemente tormentosas y desantes.
Ana Eliana tomó la iniciativa y buscó las cartas poemas donde le había dicho Adriana, las miró con cierta nostalgia, las revisó y las calificó por fecha. Ana Luisa pensó en ver la forma de conservación del papel si el destino era que estuvieran a la interperie, y como buena diseñadora sabía que el papel era un soporte frágil frente a los caprichos del tiempo y el clima de Mendoza. No podía permitir que el viento Zonda o las tormentas de verano borraran las palabras que su abuela adoptiva había guardado con tanto celo. Su mente técnica empezó a trabajar de inmediato. Para el soporte buscó láminas de acrílico ultra delgadas con filtro UV, para que el sol no amarilleara los trazos de tinta. El sellado le ideó un sistema de termofusión en los bordes, creando pequeños sobres herméticos que permitieran leer las cartas de ambos lados sin que la humedad del riego de los olivos penetrara en las fibras del papel. En cuanto a la estética, para no romper con la armonía del olivo madre, seleccionó cordones de yute encerado, lo suficientemente fuertes para resistir el peso de las láminas, pero visualmente orgánicos, mimetizándose con la corteza rugosa del árbol.
Mientras trabajaba en su taller, Ana Luisa observaba la caligrafía de Adriana. Eran trazos suaves, cargados de una paciencia que solo tienen las mujeres que aman en silencio. Al restaurar cada pliego, sentía que estaba curando las heridas de una historia familiar fragmentada. "No son solo papeles", pensó mientras sellaba la última carta, un poema escrito en una noche de cosecha donde Adriana confesaba su miedo a no ser suficiente. Es el testimonio de una entrega absoluta.
Cuando las tres hermanas se reunieron bajo la sombra del ejemplar más antiguo de la finca, el aire olía a tierra húmeda y aceite. Ana Eliana llevaba las cartas cronológicamente ordenadas; Ana Luisa, las protecciones listas para colgar; y Ana Belén, con su sensibilidad a flor de piel, llevaba una pequeña campana de plata para anunciar cada adorno de este árbol de vida y unas coronas de adorno para el pelo entre ramas de olivo, algunas hojas de parra y flores silvestres. Una a una, fueron colgando las cartas. El olivo comenzó a transformarse. Con cada ráfaga de viento, los sobres de acrílico chocaban suavemente entre sí, produciendo un tintineo que parecía el susurro de la misma Adriana.
El deseo estaba cumplido.
Roberto las observaba desde lejos, apoyado en su bastón. Ver sus propios secretos y los de su esposa expuestos al sol de la tarde le produjo un nudo en la garganta. El árbol ya no solo daba aceitunas; ahora daba testimonio de que el amor en cualquiera de sus manifestaciones, es capaz de crear raíces indestructibles.