Bonarda y Malbeca comienzan a escribir su propio prólogo
Edición especial de verano, la novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XXXVII de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo.
La revelación del nombre "Malbeca" no es solo un detalle onomástico, sino una reparación de identidad que choca de frente con la coraza de Malarda-Bárbara. El nombre elegido por Elena, Malbeca, no era una sucesión de fonemas sino una reparación por decirlo de alguna manera, a lo que le fue negado. Malarda vivió hasta su adolescencia como bifurcada en cuanto a su identidad, por un lado se había autoproclamado Malarda en casi toda su infancia y pasada la adolescencia por su espíritu díscolo, dirsuptivo y hasta malhumorada, con el pasar de los años y al encontrarse con su hermana gemela, fue comprendiendo su verdadera realidad, su rostro era otro que aún no conocía. Había crecido bajo un mundo sin leyes, ni reglas, una huérfana del destino y esto forjó su ingenio ácido e irreverente, pobre Malarda, ella creció en la sombra del vino.
Cuando sus raíces fueron encontrando un poco de paz y fue comprendiendo el por qué de sus soledades, mucho más al abrazar a su hermana, su carácter fue evolucionando hacia una mujercita que se iba reconociendo y en el juego de palabras con Bonarda, se volvió a nombrar y se pudo Bárbara. Siempre le decía a su hermana que le encantaba decir Bárbara Bonarda, como una unidad, un diciembre sin postergaciones y una humedad que ya no dolía. En definitiva Malarda sufrió una verdadera metamorfosis en todos sus sentidos.
Hasta sus 60 años Malarda pudo ir manejando estas mutaciones de nombres, de acuerdo a las épocas se reconocía Malarda o Bárbara, el caso es que ambas ya no eran dos mujeres maduras frente al cofre de cartas, eran dos corrientes de un mismo río que, tras décadas de rodear un peñasco de mentiras, encontraron finalmente la llanura del reconocimiento. Más vale tarde que nunca decía Bonarda.
La fotografía de bordes festoneados actuaba como un espejo inverso: en los ojos de aquel Roberto joven, Bonarda y Malbeca veían la premonición de sus propias arrugas, la herencia genética de una mirada que se proyectaba desde el blanco y negro hacia un presente de carne y hueso. Hubo un entendimiento mudo, una comunión que prescindía del lenguaje articulado. Comprender que la madre no había sido una víctima, sino una estratega de la memoria; que sus nombres eran talismanes sembrados en el barro de la historia para que, al final de la cosecha, el padre pudiera reconocer el fruto de su propio cuerpo, el legado de ese amor sellado en nombres que finalmente encontraron su rostro. Las piezas del rompecabezas ya no encajaban por la fuerza; ahora fluían, se fundían como el metal bajo el sol de la tarde.
El aroma del pan dulce en la cocina dejó de ser un rastro doméstico para convertirse en una liturgia. Era el olor del perdón, una levadura que crecía en el pecho de ambas, transformando la amargura en una forma extraña y luminosa de melancolía. Ahora la travesía de las gemelas sería ese viaje hacia la finca de la mano de Roberto, narrando un tránsito hacia otro tiempo. Malarda, Bárbara, iría nuevamente transformando sus capas de identidad para aceptarse como tal: Malbeca. Para Roberto se acabarían las soledades de todo lo que creía perdido.
Ahora bien, ¿Malarda o Bárbara habían muerto para que Malbeca pudiera, finalmente, empezar a caminar hacia su propia tierra? El prólogo de sus vidas se cerró con el golpe seco de una verdad que ya no necesitaba palabras, solo el coraje de ser habitada. Durante sesenta años habitar nombres que no nos dio la madre, el génesis, es una manera de resistir, en el fondo creo que Malarda inventó su nombre como una palabra escudo frente a la orfandad hasta sus quince años. Algo inconsciente la llevó a llamarse así, tal vez, para sobrevivir a todo lo que tuvo que pasar. Bonarda mientras podía escribir un prólogo más ameno y más liviano, pensaba en su hermana, porque sabía que en la cabeza y en las entrañas de ella, se haría una y mil preguntas, conocía y entendía muy bien a su hermana. Ese cordón umbilical de gemelas nada podría cambiar su apelativa sangre. Había algo seguro y real: Bonarda ayudaría a Malbeca a reconstruir su identidad desde el amor y la contención. De esto se trata la hermandad.
Las gemelas se tomaron de las manos, fundiendo sus historias en una sola corriente. Malbeca respiró hondo, sintiendo por primera vez que sus pulmones no necesitaban el aire de la resistencia, sino el oxígeno de la pertenencia. El escudo había caído; la mujer había nacido. El viaje hacia la finca ya no era un traslado, era un acto de justicia: Malbeca regresaba a casa para bautizar, con su nombre verdadero, el suelo que siempre la estuvo esperando.