Como si fuera ayer

El Goyo pensaba que los niños del setenta habían sido diferentes y recordaba que habían hecho uso de su propia imaginación. Un nuevo relato, en la pluma de Cristina Orozco Flores.

Cristina Orozco Flores

El Goyo pensaba que los niños del setenta habían sido diferentes y recordaba que habían hecho uso de su propia imaginación. Habían disfrutado de armar una casita en un árbol, de haber desamado una radio y de haber jugado en la vereda.

Él que era todo un personaje, había querido ser como Maradona. En los fines de semana, se pasaba los días enteros haciendo jueguitos con la pelota en la vereda. Nunca se le cansaba el pie derecho ni se le acalambraba el empeine. Los chicos de la cuadra, que se acercaban a verlo, esperaban con paciencia que parara. Querían hacer unos pases de fútbol con él. Pero cuando lo lograban y estaban en lo mejor del juego, los llamaban a todos a comer.

-Después de la siesta jugamos, -les decía.

Para las familias la siesta era sagrada. Cuando caía el sol, sacaban las sillas a la vereda para ver cómo jugaban los chicos. Algunos andaban en triciclo y los más solitarios usaban el yo -yo. Su nombre aparecía en la conversación de los vecinos de la cuarta sección, que era la zona donde vivía. Tenía fama de travieso y decían que, con todo lo que le había pasado, contaba con las siete vidas del gato.

De muy pequeño se quemó los pies en el patio de su casa. Pisó una lata que hervía bajo el sol. Alguien de su familia la había dejado en el medio del camino. Sus pies se llenaron de ampollas y no les permitieron pisar el suelo por muchos días. Su abuela había intentado reventárselas con un alfiler y se infectaron. Con tres años, tuvo que aprender a caminar de nuevo.

Un día de lluvia, cuando él jugaba en su dormitorio con unos primos. Se le ocurrió meter su cuerpo entre la funda y la almohada. Era tan flaquito que parecía una salchicha prensada ahí adentro. Solo le quedaron afuera la cabeza y las piernas. Había dejado los brazos adentro de la funda y como no podía sostenerse, cayó de cabeza, desde la cucheta de arriba. La sirena de la ambulancia alertó a los vecinos y después comentaron que le pusieron la Gotita en un corte importante que tuvo en su frente.

Pero el peor accidente que debió afrontar el Goyo fue el de un primero de año. Él siempre lo tenía presente. Lo veía con claridad en su memoria y lo recordaba como si fuera ayer, con todos los detalles. Ese día estaba nublado y amenazaba una tormenta estival. Las casas estaban colmadas de familiares, después de haber festejado el Año Nuevo. La mayoría de la gente había llenado la pelopincho. Con el grupito de chicos que lo acompañaban en la vereda se fueron sin avisar a la costanera. Decían que daba gusto jugar en ese parque a la pelota. A uno de sus primos se le ocurrió ir hasta el Acuario, cuando terminaron el partido. Subieron a la terraza para investigar y se encontraron con un guardia que los asustó, entonces corrieron. Con el apuro el Goyo cayó mal, se tiró desde arriba y en el suelo se le dobló la pierna. Se fracturó. Se desmayó del dolor y entre todos lo llevaron hasta su casa.

Lo internaron en el Hospital Español. En esa oportunidad no había quedado ninguna cama libre en Pediatría y lo tuvieron que ubicar en Maternidad. El problema que tuvo, fue en la cabeza del fémur. No solo fue su accidente, sino que salió a la luz un secreto que, hasta ese momento, había guardado su madre. Que su padre lo abandonó. No se había muerto. Se había ido del país. Por eso el Goyo llevaba el apellido de su madre. Los vecinos decían que era hijo de madre soltera y la abuela se peleaba con la gente que hacía circular esos rumores. No se molestaba porque no fueran ciertos sino porque no quería que trascendieran ni que llegaran a oídos del chico.

Ese año el Goyo pasó el día de Reyes en el hospital y los vecinos del barrio le llevaron regalos. Él tenía la pierna en alto, con algo que la sostenía desde el techo y no se podía mover, pero igual abrió cada uno de los regalos, mientras se escuchaba en el lugar, el llanto de los bebés recién nacidos.

Dos vecinas fanáticas de la Cultura Japonesa, le mandaron varias guirnaldas con grullas y la abuela del Goyo las colgó muy cerca de él. Ella no se cansaba de pedirle a Dios que intercediera por su nieto para que tuviera una pronta mejoría. A esas mujeres se les había ocurrido apoyarse en la leyenda japonesa de las mil grullas para ayudar al Goyo. Aunque no dudaban de la importancia de la medicina. Solo fue una forma de ayuda espiritual, además de las oraciones.

Le contaron a él que se hacían con la técnica del Origami que se basaba en el plegado de papel. La creencia decía que si una persona estaba enferma tenía la posibilidad de recuperarse. Ellas no pretendieron hacer las mil, de las que hablaba la leyenda, porque les iba a llevar mucho tiempo. Solo hicieron las que pudieron. En Japón era una costumbre llevar las guirnaldas de grullas de papel al hospital, cuando alguien muy querido se enfermaba. Se asociaba al deseo de salud y bienestar. Había que atarlas con esa intención y así lo hicieron. Era lo que necesitaba el Goyo.

Después lo enyesaron. El yeso que le pusieron era como un pantalón. Desde la cintura y las dos piernas. Y un orificio para que pudiera ir al baño. Aunque perdió muchos kilos, se recuperó y de nuevo tuvo que aprender a caminar. A su madre le contaron que los japoneses llamaban a la grulla, Tsuru y a las mil grullas, Senbazuru.

En la adolescencia, el Goyo tuvo varios accidentes. A ninguno los recordaba como a los de su infancia. Aunque fueron distintas situaciones, no pudo volver a jugar a la pelota, ni a subirse a los árboles. Fue feliz y a la vez no fue feliz. En ese tiempo lo que parecía posible en sus pies se volvió imposible y entonces la nostalgia se coló en los días de su vida, incluso cuando le contaron la verdad de su padre. La única certeza que le quedó al Goyo fue que, ante de las vicisitudes de la vida, sin la ternura de la infancia nada vale la pena.

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