Relatos salvables: el jarillero que hizo "renacer" a los gemelos Álvarez
Un rescate contado con el dramatismo de aquel momento. Un homenaje al anónimo héroe que logró hacer "renacer" de los escombros del terremoto de 1861 a dos hermanos que luego serían determinantes para la Mendoza de fines del siglo XIX.
Amanece en aquel paraje desolado. Los rayos de sol del otoño naciente se cuelan en medio de las pocas paredes, puertas y frentes sobrevivientes del infierno de la noche anterior. La luz rojiza va iluminando poco a poco la muerte esparcida por todo el terruño. Y el calor...y el olor. Todo huele a muerte. Es un vaho poderoso y atroz que emana de las grietas de las calles, de las ruinas que antes fueron hogares.
Mendoza es, esa mañana del 21 de marzo de 1861, un paisaje de destrucción, de aniquilamiento. La víspera, una tierra bramante y encolerizada se ha sacudido la modorra de siglos; ha sido un terremoto espantoso en donde las escenas apocalípticas han amedrentado hasta los hombres más valientes.
La mañana ya se ilumina con los rayos amarillos. Ahora sí puede verse hasta qué punto el Ángel de la Muerte ha completado su faena: grietas, casas derruídas, cadáveres por doquier entre las ruinas, otros flotando en las acequias, más allá unos cuantos estancados como juncos en las riberas del Cacique Guaymallén. El día echa luz sobre los gritos, los llantos; echa luz sobre los saqueadores que pisan muros, adobes, muertos, no les importa qué destrozan con tal de llegar a sus preciados botines de miseria.
Por aquella Mendoza cadavérica, como un toque de inusitado surrealismo, va caminando cansino un jarillero, sabe Dios buscando qué; quizá divaga aturdido entre los escombros y los muertos, o busca a alguien, algún ser querido. Va rondando por lo que antes fue una calle cuando de pronto escucha una voz infantil que le implora: "¡Ño!!. La tenue queja se repite una y otra vez...ño...ño...
El jarillero deja su carga e impelido de una fuerza de la que él mismo se sorprende, comienza a escarbar entre la pila de adobes desde donde proviene la voz. A medida que sus manos van quitando escombros y mampostería, la escucha más nítida: ño...ño... la voz en realidad quiere decirle "señor", pero suena tan de niño que al jarillero se le atraganta la saliva y sus brazos se llenan de una energía inusitada. Quiere llegar a ese ser cuanto antes, se lo quiere arrebatar a la muerte que anda pavoneándose muy oronda por aquellas calles desvastadas.
Hasta que lo logra. Primero ve su cabecita marrón por la tierra. Llega a él, lo toma y lo saca al aire. El niño está lleno de tierra, barro, lágrimas y orines. Éste mira a su benefactor y lo abraza tan fuerte como su debilidad le permite y llora: ño...ño... Pero grande es la sorpresa del jarillero cuando ve que hay otro niño allí. Deja al rescatado, se sumerge otra vez en las ruinas y alza al niño que también solloza apagadamente. Su sorpresa es aún mayor cuando advierte que éste es exactamente igual al otro, es su hermano gemelo sin duda...
Los años pasaron y quién sabe cómo, los gemelos fueron entregados a los sobrevivientes de la familia (sus padres y tres hermanos habían perecido la misma noche del terremoto). Con el tiempo, aquel chico de 3 años desamparado que imploraba al jarillero, llegó a ser gobernador de Mendoza en 1898, uno de los más progresistas, eficientes y capaces: el Dr. Jacinto Álvarez, médico de profesión, que antes de ser mandatario salvó a su vez muchas vidas durante la terrible epidemia de cólera en 1886/1887; su hermano gemelo fue un gran docente, Don Agustín Álvarez. En su honor, el otrora prestigioso Colegio Nacional de Mendoza, lleva su nombre. Ambos fueron alumnos de ese instituto.
Para los hermanos Álvarez aquel humilde jarillero siempre fue "Ño", a quien recordaron hasta el fin de sus días. Quizás las últimas palabras de Jacinto fueran para ese hombre, cuando antes de expirar volvió a invocarlo para que lo ayudara a pasar un nuevo trance difícil, el de la muerte, que esta vez se lo llevaba definitivamente. En su postrer delirio habrá creído verlo en medio de la bruma, y entonces su corazón contrito volvió a pedirle como un niño...ño.