Cuento Mineral: la memoria de la piedra
En un aula iluminada por esa misma energía, un estudiante sostiene una moneda y un pequeño chip, sintiendo el frío del metal contra la palma. Al principio, los ve como objetos huérfanos, nacidos de la nada o de una estantería. Pero al observar con detenimiento, la ficción comienza a agrietarse.
Bajo el sol pesado de Mendoza, donde la tierra no pide disculpas por su aridez, el silencio tiene el peso del plomo. Allí, el suelo no es solo polvo, sino una entraña abierta que se ofrece con una honestidad brutal. En esa profundidad, lejos de los escaparates brillantes y los discursos pulidos de la ciudad, descansa la verdadera raíz de toda luz.
Un hombre, cuya piel ha copiado el mapa de las grietas de la montaña, hunde el pico en la roca. Cada golpe es un grito seco que rompe el velo de lo invisible. No hay disfraces en la mina; hay tajo, hay polvareda y hay una herida necesaria. De ese desgarro brota el cobre, una vena rojiza que aún no sabe que está destinada a transportar pensamientos eléctricos, y el silicio, un fragmento de roca gris que sostendrá, en un futuro cercano, las memorias de sombra de quienes prefieren no mirar hacia abajo.
Mientras tanto, en la superficie, el oasis se despliega como una ficción perfecta. La ciudad celebra el verde milagro de sus acequias, pero olvida sistemáticamente el hierro que forjó sus cauces y el acero que sostiene sus edificios. La gente camina sosteniendo dispositivos de cristal en manos tibias, habitando un paraíso de venas industriales que niegan su origen. Consumen la luz como si fuera un derecho divino, ignorando que cada destello tiene una raíz de piedra y un autor que picó el muro en la penumbra.
En un aula iluminada por esa misma energía, un estudiante sostiene una moneda y un pequeño chip, sintiendo el frío del metal contra la palma. Al principio, los ve como objetos huérfanos, nacidos de la nada o de una estantería. Pero al observar con detenimiento, la ficción comienza a agrietarse. La tecnología limpia empieza a revelar su rostro sucio: el brillo del microchip se funde con la imagen de la roca en bruto, demostrando que son la misma sustancia, solo que una ha sido pulida para ocultar su sacrificio.
Negar la mina mientras se usa el metal es la misma forma de deshonestidad que robar una palabra ajena para brillar con luz prestada. Aquel que habita la lujosa alcoba del pensamiento, pero borra la firma de quien levantó el ladrillo, vive en un fetiche de cristal. Es una ética falsa la que disfruta del confort mientras juzga la cicatriz que lo hizo posible. En ese instante de honestidad, comprendió que reconocer el origen es el primer paso de la integridad. Al mirar la cicatriz de la tierra, entendió que la verdadera nobleza no está en negar la extracción, sino en ejercer una minería responsable que honre el suelo que nos da la vida. Comprender que habitar el oasis exige un compromiso ético: el de extraer con conciencia para que el progreso no devore su propia raíz. Al final, la verdad permanece grabada en la geología y en la palabra. Reconocer que nada es gratuito bajo el sol, que cada objeto cotidiano es un pedazo de montaña transformada y protegida, es el único camino hacia la integridad. La cicatriz honesta de la tierra es, en última instancia, el espejo donde el hombre debe mirarse para descubrir de qué está hecho realmente.