Carta 458, o la renuncia a ser joven por el amor caído en batalla

¿Se puede sobrevivir a la muerte violenta de quien se ama? La guerra no solo mata personas, sino que trunca la vida de quienes sobreviven. Esto le pasó a Paula, que vivió hasta los 104 años entre los escombros de su alma.

Historiador y actor mendocino.

Paula está esperando la respuesta a su carta. Es la carta número 458 que le escribe a su novio, con quien ya se ha comprometido hace poco más de un año, ambos son naturales de Hamburgo, una de las principales ciudades portuarias de Alemania.

Él se llama Horst y está luchando en el frente ruso, el terrible cerco que se cierne sobre Alemania desde el este. El oso soviético va por la revancha y no tendrá piedad.

El suyo ha sido un noviazgo lleno de vicisitudes, tal vez por eso están tan unidos a pesar de la distancia, de la guerra. Se conocieron en 1939, se enamoraron. Él es un chico divertido y a la vez algo serio; Paula, Paula Krupp, sí es divertida, y lo demuestra. Además, tiene facilidad para las manualidades, los cálculos matemáticos y el dibujo. Comienza a trabajar en una oficina de arquitectos, realizando dibujos de planos.

Al poco tiempo de iniciado el noviazgo, apenas un año y medio, Horst es alistado para ir al frente oriental, generado con la "Operación Barbarroja", el 22 de junio de 1941. La Wehrmatch ha desencadenado el ataque e invasión a la URSS, la decisión de Hitler que modificará para siempre el curso de la guerra.

Allá va Horst dejando a Paula en Hamburgo. Y entonces comienza su largo intercambio epistolar. Milagrosamente, las cartas de Paula llegan al infierno del frente oriental. Por esas misivas, se entera que Horst ha logrado ser evacuado de ese hueco helado, mugriento y espantoso de fuego y muerte, lleno del hielo eterno del invierno ruso.

Mientras tanto, Paula continúa su trabajo. También ha comprado una cámara fotográfica, con la que hace toda clase de experimentos. Juega con "selfies" de aquella época, se divierte con eso. Toma las fotos y las revela ella misma, siempre le gustó ser autosuficiente.

Y entonces llega el fatídico 24 de julio de 1943. Desde ese día, y hasta el 3 de agosto, la RAF (Royal Air Force) durante la noche, y la US Air Force en el día, dejarán a Hamburgo hecha una ruina en llamas, bombardeando con un método que repetirán con resultados más mortíferos aún en Dresde, un par de años después. Paula está con su madre en el refugio antiaéreo, en los sótanos del edificio donde está el departamento donde viven, en el centro de la ciudad, y se abrazan, lloran e imploran que termine el infierno. Ella solo tiene un deseo, un pensamiento al que se aferra desesperadamente, mientras oye el zumbido espantoso de las bombas cayendo y huele el olor a muerte que se esparce en el ambiente: quiere vivir para volver a ver a su novio, y si lo logra- ruega que así sea, se comprometerá en matrimonio con él. Dicen que cuando los deseos son muy fuertes, finalmente se cumplen, tarde o temprano. Ella lo logra. A fines de ese año terrible, se compromete con su novio. Días después, él regresa al frente.

Paula Krupp vive ahora en una pequeña casa construida con los materiales que pudo conseguir entre las ruinas de Hamburgo, con más alguna otra ayuda de las autoridades del distrito. Es una linda casa, en medio de un verde y plantas que se yerguen como enrostrándole al horror de la guerra y la muerte, que la vida puede más, siempre, que la voluntad tiene más fuerza que la ruina del alma, que la vida pudo superar a las ruinas y hierros que quedaron retorcidos por el calor de las bombas de fósforo en la ciudad fantasma.

Los meses se suceden, y también las derrotas alemanas en todos los frentes. El fantasma del hambre se hace presente; ahora deben obtener cupones para conseguir una lata de sopa o de leche, a veces pan negro. Pero a Paula la mantiene viva la esperanza de volver a ver a Horst y casarse de una vez, y olvidar el hambre, la guerra, los muertos y el frío del invierno que cala no solo los huesos, sino también el alma.

Un mediodía, regresa pensativa a su casa. Lleva puesto un tapado azul marino, cubierto el cuello con una bufanda verde musgo y un gorro de lana negro. Es enero, enero de 1944 y está helando. A medida que va acercándose, puede divisar a su madre en la puerta. "¿qué hace aquí con el frío espantoso que hace?" La dama está también abrigada con un tapado negro y tiene algo entre sus manos. La espera con la cabeza gacha.

Cuando está a unos pasos de su madre, la mujer levanta la cabeza y Paula puede observar desconcertada que Mutter tiene los ojos llenos de lágrimas. Con un gesto mecánico le extiende una carta. Paula ya siente que su pecho crepita y se le estrangula la garganta. Es la última carta que le envió a Horst, la número 458, devuelta, sin abrir, con un sello del águila con la esvástica, y una leyenda: "el destinatario fue leal y útil a la Gran Alemania".

El cielo plomizo, la luz invernal, las estrellas escondidas, las lágrimas de su madre, su historia, el rostro de su novio, las llamas y el humo de las bombas, los discursos de la radio, todo, absolutamente todo, se le viene encima, es como una letal y definitiva bomba que le destroza el corazón, las ilusiones y le raja la vida misma.

Paula nunca intentó ninguna otra relación sentimental con nadie. Amplió la casa ya en tiempos de paz, se quedó con su madre hasta que ella murió. Se jubiló del estudio de arquitectura y se dedicó a fabricar maquetas. Perfectas reproducciones en miniatura de estaciones de trenes, parques de diversiones y aeródromos. Tal era su talento para el dibujo, el diseño y el trabajo manual.

Paula sobrevivió a guerra pero no al desamparo amoroso al que la misma guerra la confinó. 

Paula sobrevivió a guerra pero no al desamparo amoroso al que la misma guerra la confinó. 

Y así llegó a los 104 años. Mientras se sirve un té y convida a quienes la visitan para escuchar sus historias de la guerra y de su amor trunco, aprovecha y cuenta. 

"Fue tal dolor que sentí, lloré tan desesperadamente el día que me enteré de su muerte, que me fui a la calle a caminar sin rumbo. Allí me encontré con un anciano, me paré y le dije: ¿quiere mi juventud? Se la regalo, yo ya no la necesito..."

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