El altar de los frascos: La rebelión de los delantales

La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo LI. Por Marcela Muñoz Pan.

Marcela Muñoz Pan

Siguiendo la propuesta de las gemelas, la galería de la finca se había transformado en una cooperativa improvisada. Las mujeres de la zona, vecinas del Barrio Las Bonardas y Las Malardas, esposas de cosechadores y antiguas viñateras, sus amigas de la infancia que habían construido no sólo una amistad, también pequeños emprendimientos que toda la sociedad disfrutaba, como el legado de Doña Irene en María Paz, donde sus hijos se fueron haciendo cargo, también de su amiga entrañable Doña Griselda con Zia Arola, (con su deliciosa pastelería) un espacio que iban a festejar muy seguido en tardes de té y cartas de rummy, rummy canasta, bingos para juntar dinero y ayudar a los que más lo necesitaban. Todas las mujeres unidas, fortaleciéndose, pero las gemelas eran las reinas de una sociedad que se iba organizando, también festejando la visibilidad de la mujer en los nuevos desafíos para un mundo manejado por hombres o donde ellos tomaban las decisiones. Es que Bonarda y Malarda (Malbeca) al haber viajado, leído, y vivido lo que vivieron, podían transmitir esas experiencias con sus propios delantales almidonados y sus recetas bien

La propuesta era clara: convertir el excedente de la fruta de estación en un fondo común. No era solo para las despensas familiares; era para la venta en los negocios locales, entre las familias, una forma de que cada hogar tuviera su propio "grano de esperanza" convertido en frasco. El despliegue de los dulces de la época era básicamente: El Alcayota en Hebras: En un rincón, Doña Florencia dirigía la operación más delicada. Las alcayotas, previamente asadas para desprender la cáscara, eran desmenuzadas a mano. El secreto era el punto de transparencia que solo se lograba con la azúcar justa y un toque de esencia de vainilla, buscando ese color ámbar que recordaba al sol de la tarde como acuarelas. Los membrillos en almíbar con pimienta: Mientras Bonarda perfeccionaba su mermelada con reducción de vino, Malarda desafiaba la tradición. "El dulce necesita un susto para despertar", decía mientras arrojaba unos granos de pimienta negra entera y una ramita de canela a los cascos de membrillo que nadaban en un almíbar espeso. Era un dulce con carácter, como ella misma, eso sí siempre lo servían con crema batida. La arropada de uva: No podía faltar el "arrope". En una olla negra de hierro, el mosto de la reciente cosecha del 63 (aquella que los mellizos bendijeron) se reducía lentamente durante horas hasta convertirse en una miel oscura, densa y sanadora, ideal para acompañar el queso de cabra que traían los puesteros del secano.

Entre peladura y peladura, las historias afloraban. Se hablaba de la reciente Fiesta en el Frank Romero Day, de la corona de Elba Espósito y de los sueños de los hijos que crecían entre hileras. Sin embargo, una tensión sutil flotaba en el aire: la culpa color violeta. Malarda, en un descuido provocado por una anécdota maliciosa sobre un antiguo pretendiente, dejó que una salpicadura de su reducción de Malbec cayera sobre el mantel de hilo bordado de Bonarda.

El violeta del vino sobre el blanco inmaculado fue una metáfora del destino de la familia: la elegancia europea de Bonarda siempre terminaba teñida por la pasión indomable de la tierra que Malarda representaba. No me mires así, hermana, dijo Malarda con una sonrisa de lado, mientras limpiaba la mancha con un chorro de soda. El vino y el azúcar son la misma sangre, este dulce va a tener la fuerza de una tormenta de verano.

Caía el sol, la galería estaba alineada con cientos de frascos que brillaban como joyas bajo la luz de las bombillas. La jornada terminó con el ritual de las etiquetas. Con una caligrafía impecable, Bonarda anotaba el año y la variedad, mientras Malarda, aún con los dedos teñidos de violeta, sellaba los frascos con cera roja, como quien lacra una carta de amor a la tierra. Al otro día todo estaba listo para mandar los dulces al restaurante de María Paz y a Zia Arola, verán que en el este las mujeres no solo cuidamos la casa, comentó Griselda, mientras guardaba su mazo de cartas de Rummy, también endulzamos el futuro.

El altar de los frascos: La rebelión de los delantales

El altar de los frascos: La rebelión de los delantales

Bonarda miró la mancha de vino en su mantel, ya casi invisible por la soda y la sal, y luego miró a su hermana. Comprendió que esa mancha no era un error, sino la firma del destino: la perfección solo es real cuando se permite ser salpicada por la vida. Se acercó a Malarda y, en un gesto de tregua silenciosa, le alcanzó un cuenco con la crema batida que tanto le gustaba para sus membrillos con pimienta. Tenés razón, Malbeca, susurró Bonarda mientras las luces de la bodega se encendían a lo lejos. El azúcar y el vino son la misma sangre. Pero mañana, el mantel lo lavás vos.

Las risas de las dos ancianas se fundieron con el sonido de los grillos. En la despensa, los frascos alineados no eran solo conservas; eran el ejército dulce que protegería al este durante los meses de frío, el legado de las reinas de la galería que habían aprendido que, para cambiar el mundo, primero hay que saber revolver la olla con fuerza y en conjunto.

El altar de los frascos: La rebelión de los delantales

Ver: La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XLIX de Marcela Muñoz Pan. 

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