Un cuasimodo criminal

La historiadora Luciana Sabina cuenta a historia del ladrón Domingo Parodi, afectado por una prominente joroba y por tuberculosis, un personaje para su época. Su esqueleto terminó exhibido en La Plata.

Luciana Sabina

Domingo Parodi, alias "El Jorobado", llegó a nuestro país a mediados del siglo XIX, oriundo de Génova. Comenzó sus fechorías en tiempos de Juan Manuel de Rosas, cometiendo los mayores ilícitos poco después de Caseros.

Según las crónicas se lo podía ver caminando, con dificultad, por las calles de Buenos Aires. Intentando siempre ocultar su joroba bajo alguna capa. Durante su juventud había sido sacristán, por lo que se mostró muy aferrado a las creencias católicas. Llegó a rociar su joroba con agua bendita, antes de cada robo.

Sus conocimientos como herrero le permitieron falsificar llaves tras tomar los moldes de las puertas. Las mismas eran utilizadas por sus secuaces -en su mayoría adolescentes- para ingresar a alguna joyería y saquearla.

El grupo ocupaba una rústica guarida escondida entre las calles de la ciudad. Allí planeaban los próximos robos y se dedicaban a beber hasta quedar inconscientes, luego de repartirse cada botín. Afectado de tuberculosis, Parodi bebía cada vez menos y solía rezar buscando alargar su existencia.

Tras un golpe sorprendente, a plena luz del día, la policía dio la orden de detener a todos los jorobados de la ciudad. Aproximadamente 40 fueron a prisión. Mientras tanto, Domingo Parodi permaneció escondido junto a sus partidarios del hampa.

El criminal fue finalmente apresado en Luján de Buenos Aires. Su arresto causó gran interés en la ciudad porteña, miles se agolparon a las puertas del Cabildo para verlo bajar del carro policial. A diario era visitado por curiosos que llegaban a la cárcel solamente para ver su famosa joroba. Lo insultaban, se burlaban de su aspecto e incluso llegaron a arrojarle cáscaras de frutas, equipándolo con un mono. Cada tanto, Parodi respondía mostrándoles el trasero. Finalmente se prohibió a la gente visitarlo.

El abogado Eduardo Acevedo se encargó de defenderlo, junto al resto de la banda que también había caído:

"Mis protegidos -señaló ante el Juez, según un ejemplar de la Revista Caras y Caretas publicado en 1902-, diga lo que quiera el acusador, son unos ladrones muy vulgares. Estoy seguro de que en Europa serían la burla de los presidiarios. Serían considerados como unos aprendices en la carrera del crimen. Nunca tenían armas. Nunca iban a las casas sino cuando estaban seguros de encontrarlas solas. Desesperaban de un proyecto cuando en la casa había un viviente cualquiera. ¡Una vieja los asustaba! ¡Y son esos los ladrones audaces, terribles, que ponían en consternación a los habitantes de un pueblo como Buenos Aires!".

Como respuesta el juez condenó a Parodi a muerte, al igual que dos de sus compañeros de trastadas. Sin embargo, la sentencia fue modificada por un conjunto de jueces, entre los que estaba Valentín Alsina. Se les perdonó la vida a todos y debido a su joroba en lugar de diez años, Parodi fue sentenciado a cinco años en la cárcel.

Una vez libre volvió a las andadas. Deseaba regresar a Italia y convertirse y político, por lo que necesitaba mucho dinero. Intentó robar el Banco Provincia, siendo sorprendido con las manos en la masa por un sereno. Todo terminó con cinco años más en prisión.

Nuevamente libre sus días pasaron vagando por la ciudad, muy enfermo y delirando. Murió en el Hospital General de Hombres y su esqueleto fue estudiado por los médicos, dado que se creía que las formas del cuerpo tenían relación con el comportamiento humano. Terminó en manos del Perito Francisco Moreno, quién lo donó al Museo de la Plata donde se exhibió durante décadas.

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