Primera fiesta de la vendimia en el Frank Romero Day

La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XLIX de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo los domingos.

Marcela Muñoz Pan

La noche del 9 de marzo de 1963 marcó un antes y un después en la identidad de Mendoza. Fue el estreno del anfiteatro que hoy es el corazón de la provincia. Abelardo Vázquez considerado el "padre" de la Vendimia moderna. Fue el autor del libreto "La viña junto al camino". Su genialidad consistió en sacar la fiesta de los escenarios planos y llevarla a los cerros, integrando la geografía al espectáculo y creando la "unidad temática" (una historia con hilo conductor en lugar de actos sueltos). El diseñador (Arquitecto), Daniel Ramos Correas, fue el visionario que proyectó el anfiteatro. Su idea fue aprovechar la "ollada" natural de los cerros para crear un teatro griego contemporáneo que se mimetizara con el paisaje del piedemonte.

El viaje desde el este fue una procesión de fe y polvo. La Ruta 7, estrecha y flanqueada por álamos, rebosaba de autos cargados con canastas de mimbre, empanadas de Doña Florencia y botellas de la cosecha del 60, esa que los mellizos habían "bendecido" al nacer. La noche cayó con una brisa fresca que bajaba de la montaña. El espectáculo fue una explosión de luz dirigida por el maestro Vázquez. Por primera vez, los cerros no eran solo fondo, sino parte de la escenografía. Luces de colores pintaban las laderas mientras cientos de bailarines se movían al compás de la orquesta. Cuando sonaron los primeros acordes de la "Marcha de la Vendimia", Salvador se puso de pie en el regazo de Gerónimo. Sus ojos pequeños reflejaban los fuegos artificiales que, por primera vez, parecían nacer de las mismas entrañas de la tierra. Esa noche, el aire se llenó de gritos de júbilo cuando Elba Espósito, la representante de San Martín, fue coronada como la Reina Nacional de la Vendimia.


¡El este, el este, exclamó Bonarda, secándose una lágrima con su pañuelo de seda! ¡Nuestra reina en el estreno del teatro!

Mientras la nueva soberana saludaba al pueblo, Bonarda tomó la mano de sus bisnietos: Miren bien este lugar, les dijo con voz profunda. Antes aquí solo había cerros y jarilla. Ahora hay un altar para nuestro trabajo. Ustedes son como estas piedras: fuertes, mendocinos y eternos.

De regreso a la finca, con los mellizos dormidos y el olor a mosto nuevo impregnando la ropa, Gerónimo comenzó a escribir en su libreta: 1963: El año en que el vino encontró su rumbo y mis hijos aprendieron que la tierra, si se le canta con fuerza, siempre responde.

El sol del domingo 10 de marzo de 1963 asomó con una pereza dorada sobre las hileras de la finca. La familia apenas había dormido tres horas tras el viaje de regreso desde el Parque General San Martín, pero el cansancio no existía. San Martín estaba de fiesta: la corona nacional volvía al Este. Doña Florencia no necesitó órdenes. A las siete de la mañana, el aroma del sofrito para las empanadas ya trepaba por las parras. ¡Hoy no se trabaja en la viña hasta que pase la caravana! sentenció Malarda, que se había puesto su mejor broche de plata en la solapa. ¡Viene la Reina, mamá! gritaba Salvador, señalando el polvo que se levantaba a lo lejos en la ruta.

Cerca del mediodía, el estruendo de las bocinas y los escapes abiertos de los tractores anunció la llegada. La caravana que traía a Elba Espósito entró triunfante por la calle principal. La flamante Reina Nacional de la Vendimia, con sus atributos brillando bajo el sol del este, saludaba desde un carro adornado con racimos reales y hojas de parra frescas.

Cuando el carruaje pasó frente a la entrada de la finca de las gemelas, ocurrió algo que quedaría en la memoria del barrio: Gerónimo, el poeta, alzó a Valentina en hombros, mientras Bonarda, con una dignidad de roble, dio un paso al frente apoyada en su bastón. La Reina, al ver a la anciana que era leyenda en la zona, pidió que detuvieran la marcha un segundo.

¡Salud a la soberana del este! gritó Bonarda con voz firme, mientras le tendía un racimo de uva Criolla, la más dulce de la hilera vieja. ¡Que su reinado sea tan generoso como nuestra tierra!

Elba, con una sonrisa que encandilaba, aceptó el racimo y les guiñó un ojo a los todos y todas las niñas. En ese instante, una lluvia de pétalos de manzanillas y rosas, cayó desde los balcones improvisados de los camiones de cosecha.

La fiesta se trasladó al patio de tierra de la bodega. No hubo distinción de rangos: cosechadores de manos curtidas brindaron con los dueños de casa. El menú: Costillares a la llama que Doña Florencia supervisaba con ojos de águila. El vino: Se descorcharon las primeras botellas de la "Reserva de los Mellizos" (Cosecha 1960), que para ese entonces ya tenía tres años de una evolución asombrosa en los toneles de roble francés y los frascos inmensos de aceitunas con el nombre de Beltrán. Los niños ya iban marcando un destino de aove y vinos.

Chiara, siempre atenta, cebaba los últimos mates de la tarde mientras los músicos del barrio sacaban las guitarras. Las tonadas empezaron a sonar, y el polvo del patio se levantó bajo los pies de los bailarines de cueca. La noche cayó sobre San Martín con una paz triunfal. La corona de Elba Espósito descansaba en el pueblo, pero en la finca de las gemelas, la verdadera corona era la certeza de que el legado familiar estaba más vivo que nunca, custodiado por niños que, sin saberlo, eran los herederos de un siglo de esfuerzo.

Primera fiesta de la vendimia en el Frank Romero Day

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