Qué mala Malarda, membrillos, pimienta y una culpa color violeta.
La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo L (final de la segunda parte). Este capítulo es una analepsis (flashback) incrustada, ya que en la edición papel podrán disfrutar de todos los capítulos
Cuando las hermanas hicieron el Tiramisú siendo un intento de diplomacia europea, la elaboración del dulce de membrillo era, para Bonarda, una cuestión de estado provincial. Estaba por comenzar el otoño y como todos saben "no es lo mismo el otoño en Mendoza", y el aroma de los frutos amarillos y vellosos inundaba la cocina, flotando como una promesa de frascos alineados en la despensa.
Bonarda se movía con la elegancia de una sommelier en un laboratorio a sus 80 años que estaba impecable, manteniendo su belleza a través de sus arrugas como tributo a sus triunfos, su viudez, su rol de madre, abuela y bisabuela. Tenía los membrillos pelados, cortados en cubos simétricos, reposando en una olla de cobre que brillaba como un sol cautivo. Su plan era maestro: una parte de la producción sería el clásico pan de membrillo (firme, rubí, casi arquitectónico) y la otra, una mermelada de autor con una reducción de Bonarda, para honrar su propio nombre. Su técnica: El azúcar se pesaba en balanza digital. Su secreto: Unas gotas de jugo de limón para la pectina, medidas con gotero. El ambiente: Silencio, estudio y el suave hervor de la fruta.
Malarda, Malbeca o Bárbara como les guste queridos lectores, por supuesto, no podía quedarse como espectadora. Para ella, la cocina no era un laboratorio, sino un campo de batalla o, mejor dicho, un asado sin carne. Mientras Bonarda esterilizaba frascos con la parsimonia de un cirujano, Malarda decidió que el dulce estaba "pálido". "A esto le falta sangre, hermanita", pensó Malarda, mientras Bonarda se distraía buscando etiquetas de hilo.
En la mesada descansaba una botella abierta de un Malbec indómito, Malarda, con la misma sutiliza con la que un granizo cae sobre la vid, tomó la botella. En su lógica, si la Bonarda era buena para la mermelada, el Malbec sería "el doble de mejor" para los panes de membrillo. Sin mediar palabra, y mientras el dulce de los panes ya estaba espesando, Malarda vertió media botella de Malbec directamente en la olla de cobre. Pero no se detuvo ahí. Recordando sus raíces sirio-libanesas, decidió que el membrillo necesitaba "nervio". Agarró un puñado de pimienta negra en grano y una rama de canela del tamaño de un bastón, arrojándolos al brebaje como quien echa leña al fuego. Y también a sabiendas que la mermelada ya estaba a punto, al ver a su hermana que tenía todo listo para pasarlas por las gasas enormes y blancas puestas arriba de un colador del tamaño de la bacha de la cocina, Malarda por hacerle un chiste en el momento justo de la colación, le corrió el colador y el duro trabajo se lo llevó el desagote. Bonarda se agarraba la cabeza porque con sus manos, todo su cuerpo intentaba recuperar lo que se iba yendo. Mala, mala Malarda le repetía a su hermana.
Pero esto no terminó acá con el desastre del no colado de la mermelada, cuando Bonarda regresó, el aroma dulce y frutal de los panes, había sido reemplazado por un vaho alcohólico y especiado que recordaba a un vino caliente de montaña. La mezcla, que debía ser de un naranja traslúcido, se había vuelto de un color violeta oscuro, casi negro, con burbujas densas que explotaban como pequeños volcanes de barro.
¡Malarda! ¡Has convertido mi dulce de guarda en un tinto de verano sólido! exclamó Bonarda, horrorizada al ver los granos de pimienta flotando como náufragos en el Malbec. Al intentar quitar la olla del fuego, Malarda, en su afán de ayudar y con la fuerza que la caracterizaba, manoteó un trapo que estaba enganchado a un canasto de membrillos crudos. El canasto voló por los aires. Los frutos, duros como piedras, rodaron por todo el piso de la cocina, convirtiéndolo en un campo minado.
Malarda pisó un membrillo, patinó como una bailarina de ballet torpe y, al caer, golpeó la mesa de los panes. El resultado: una lluvia de puré de membrillo al Malbec salpicó las paredes blancas, los azulejos y, por supuesto, el impecable delantal de Bonarda.
El silencio que siguió fue sepulcral. Bonarda tenía una mancha violeta justo en la frente, como un tercer ojo turco de vino. Malarda estaba desparramada entre membrillos crudos, con una ramita de canela en la oreja y su pie esquinzado. Bonarda respiró hondo, lista para el sermón del siglo mientras probaba una gota del desastre violeta que le había quedado cerca de los labios. Era fuerte, extraño, picante... pero tenía una nobleza inesperada. Soltó un suspiro, se sentó en un banquito y, en lugar de gritar, le extendió una cuchara a su hermana.
Está invencible, Malarda, pero tiene "carácter", dijo Bonarda con una sonrisa triste. La empleada entró en ese preciso momento, esquivando un membrillo que rodaba hacia la puerta. Vio las paredes manchadas de violeta, el olor a bodega clandestina y a las gemelas compartiendo una olla arruinada. Se cruzó de brazos y, con un suspiro que resumía años de servicio, sentenció:
¡Qué Mala Malarda!