Táctica y Estrategia del TEG: Donde Benedetti no jugaría

El tablero del TEG, donde el destino de las naciones es solo un "objetivo secreto".

Marcela Muñoz Pan

En su poema Táctica y Estrategia, Mario Benedetti nos recuerda uno de los poemas que más me gusta: que mi táctica es mirarte, aprender de vos y construirte, mi estrategia es que un día cualquiera, no sé cómo ni sé con qué pretexto, por fin me necesites. Este verso, tan humano y cercano, contrasta brutalmente con la fría realidad de la política internacional, donde las tácticas no buscan construir sino dominar, y las estrategias se tejen para asegurar que, al final, solo unos pocos "necesiten" al resto, y lo hagan por la fuerza.

La política internacional parece haber abandonado la diplomacia para convertirse en una partida de TEG. Ya no se trata de soberanía o bienestar social, sino de mover fichas de colores sobre un mapa donde la ética es el primer jugador eliminado, el jugador eliminado no viene solo, cabe aclararlo, viene con una historia de años y años, con riquezas naturales, con mano de obra muy mal paga, entre otras cosas.

En el TEG, no importa si la ficha que pusiste en Kamchatka representa a un demócrata o a un tirano; lo que importa es que esa ficha impide que el otro jugador complete su objetivo de "conquistar América del Sur".

Cuando los países se vuelven piezas de cambio, los ciudadanos desaparecen detrás de los dados. La "estupidez" de algunos analistas radica en no ver que, mientras discuten la moralidad de un dirigente, el tablero se está reconfigurando para dejarnos fuera del juego.

La pregunta imbatible: ¿Estamos defendiendo principios o simplemente celebrando que "nuestro color" ocupó un país más? En el TEG, el juego termina cuando alguien logra su objetivo. En la realidad, cuando el juego termina, lo que quedan son naciones rotas.

Parece que el mundo finalmente ha decidido blanquear su verdadera naturaleza: ya no somos democracias ni repúblicas, somos una partida eterna de TEG. Esa caja vieja que estaba juntando tierra en el estante de la historia ha sido abierta, y los jugadores están más intensos que nunca.

En esta partida, el objetivo nunca es "traer paz" o "fomentar el comercio" o "hacer acuerdos democráticos internacionales". El objetivo siempre está escrito en una tarjetita arrugada que solo el jugador conoce: "Ocupar 5 países de América del Sur y 3 de Europa (habría que actualizarlo agregándole el Ártico) o en su defecto, que el otro no tenga dónde estacionar sus portaaviones". Aquí es donde los "amigos oportunistas" se pierden. Se quedan discutiendo si la ficha roja es más fea que la ficha azul. Se escandalizan porque el líder de turno en Venezuela es un autoritario, corrupto y algo trastornado. ¡Pero claro que lo es! Esta no es la discusión real y de fondo, que había que hacer algo para que saliera Maduro, había que hacerlo, pero al precio de qué o quiénes.

En el TEG, nadie pregunta si el ejército que ocupa Groenlandia, Venezuela o Siria, tiene buenos modales o si respeta la división de poderes. Lo que importa es que esa ficha está ahí para que el jugador de al lado no pueda tirar los dados en el próximo turno. La corrupción y la locura son solo el "barniz" de la ficha; lo relevante es cuánto espacio ocupa en el mapa. La táctica: Tirar los dados y culpar al azar para los que no conocen el verdadero juego, entonces es una buena oportunidad para ir y buscar el TEG en el baúl de los trastes viejos de tus viejos o tus abuelos y por más que los países y sus gobiernos pueden cambiar, la verdadera intención es la misma.

Los arreglos obviamente pueden ser varios y de acuerdo a la conveniencia ocasional: El retruque: Si me sacás un país en el Caribe, te muevo la frontera en Medio Oriente. La estupidez estratégica: Hay que ser muy "especial" para creer que lo que pasa en un continente no es el eco de lo que pasó en el otro. Los que analizan esto como eventos aislados son los mismos que, cuando juegan al TEG, se olvidan de defender Kamchatka porque se quedaron mirando lo linda que es la tarjeta de Brasil.

Lo peligroso no es que el juego sea cínico, sino que hay jugadores que se creen sus propias mentiras. Están los que piensan que están salvando al mundo mientras solo están tratando de canjear tres tarjetas de países para que les den dos fichas más de artillería.

Como dijo una amiga en el chat: con esto no se jode, y me quedé pensando que tal vez alguien diseñó el juego para llegar a este mismo juego actualizado en fronteras, países y bandos políticos. Porque cuando los ideólogos jugadores se cansan de esperar su turno y patean la mesa, los que volamos por el aire no somos de madera, aunque a ellos les cueste notar la diferencia.

Al final del día, la verdadera tragedia no es que el mundo sea un tablero de TEG, sino que los dados los tiran manos que nunca han pisado el territorio que están repartiendo. Los jugadores pueden cerrar la caja y guardarla en el estante cuando se aburren, pero para nosotros no hay caja donde refugiarse. El juego continúa, y la única regla que nunca cambia es que, mientras ellos cuentan fichas, el resto del mundo cuenta las grietas, desaparecen o se los priva de libertad.

Qué distinto sería el mundo si las tácticas y estrategias fueran poemas.

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