Testigos de Perforación: Excavando el Corazón de los Andes

Edición especial de verano, la novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XL de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo

Marcela Muñoz Pan

Mientras Malbeca redescubría su nombre casi todos los días en recuerdos, conversaciones, imágenes compartidas con sus amigas y también le contaba a su ahijada Alicia, la hija de Bonarda, que tenían un vínculo muy especial, más allá del vínculo tía sobrina tan comprensiblemente humano, donde muchos secretos también se compartieron, como los primeros amores de adolescente de Alicia, entonces Malbeca en su rol de tía, se empoderaba aún más y reforzaba también su identidad en una familia que redescubrió con el tiempo. Alicia ese fin de semana se había ido a la montaña con su marido Don Aldo y unos amigos de él que habían venido desde Salta para conocer la Cordillera de Los Andes. Casi todos eran ingenieros y dos eran especialistas en minería. Alicia era la supernova como le decía Aldo por sus poderes especiales con el firmamento, si bien su marido se dedicaba a la agricultura, también le gustaba la minería. Le gustaba leer sobre el cuarzo, el cobre y oro, pero su verdadera obsesión era la geocronología: la capacidad de leer en las capas de la piedra los milenios de presión y calor que formaron el mundo. Un día, mientras analizaba una veta de roca que parecía haber estado sellada desde el principio de los tiempos, recibió el paquete de su suegra, Doña Bonarda. Dentro, había una copia de las cartas de Elena y una fotografía del "Olivo de las manos callosas".

Alicia y Aldo se sentaron sobre una roca de granito, con el casco aún puesto y las manos manchadas del polvo de la montaña. Al leer sobre el amor de Rosa y Cruz, y sobre la llave que su abuela Elena llevó contra su pecho, comprendió algo fundamental sobre su propia pasión: "La minería no es solo extraer riqueza; es entender que lo más valioso siempre está protegido por capas de resistencia. Mi familia es una montaña: Elena fue la roca madre, Malarda fue la veta oculta por la presión, y nosotros, la nueva generación, somos los encargados de sacarlo a la luz sin destruir el mineral." Alicia le empezó a gustar esta historia y se puso a imaginar, proyectar con su marido las distintas formas que incluso le había inspirado el trabajo de su prima Ana Luisa con los acrílicos. Alicia seleccionó una serie de testigos de perforación, cilindros de piedra extraídos de lo más profundo de la montaña.

Cuando llegaron con sus amigos al Alado, comenzaron a pulir rodajas de cuarzo transparente. En el centro de cada piedra, Alicia inscribió los nombres que habían estado enterrados: Elena, Roberto, Adriana, Malbeca. Alicia, su madre y su tía junto a sus primas las trillizas un día fueron hasta el olivo madre y, en la base del tronco, donde las raíces se hunden en busca de la humedad profunda, depositó los cristales grabados. Si las cartas de Ana Luisa son para que el viento las lea, dijo Alicia abrazando a su madre Bonarda, estas piedras son para que la tierra recuerde. Porque el amor, cuando es verdadero, tiene la dureza del diamante y la paciencia del mármol.

Esa tarde, el sol de Mendoza comenzó a esconderse detrás de los picos nevados, proyectando sombras largas que parecían dedos de piedra acariciando los viñedos. Roberto, apoyado en su bastón, observaba los cristales de cuarzo que Alicia había depositado. La luz del atardecer atravesó el cuarzo grabado, proyectando los nombres de Elena y Adriana directamente sobre la corteza del olivo, como si el árbol mismo estuviera tatuado por la luz.

Has sacado a la luz la transparencia de nuestras vidas, le dijo su abuelo Roberto. Alicia sonrió y miró a su marido, Don Aldo, quien sostenía un pequeño fragmento de cobre en bruto que habían traído de la expedición con los amigos salteños. Entendieron que, así como la tierra necesita de procesos violentos y presiones extremas para crear la belleza del cristal, su familia había necesitado de silencios, esperas y distancias para finalmente forjar esta paz inquebrantable.

Malbeca y Bonarda se tomaron de las manos frente al testigo de perforación que Alicia había convertido en monumento. Ya no eran solo nombres en una carta o etiquetas en una botella; eran capas geológicas de un mismo amor que finalmente se volvía sólido, visible y eterno. El capítulo se cerró con una última mirada al firmamento. Las estrellas comenzaron a aparecer, y Alicia, la "supernova", sintió que el universo y su propia historia vibraban en la misma frecuencia. La minería del alma había terminado su etapa de extracción; ahora comenzaba la etapa de la orfebrería, donde cada día compartido sería una joya pulida por el afecto.

La montaña había hablado a través de Alicia, y la llanura había escuchado. En el silencio de la finca, bajo el amparo del olivo y el brillo de los cristales, la familia entendió que lo que está escrito en la piedra y lo que está escrito en la sangre, ni el tiempo ni el viento lo podrán borrar jamás.

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