La educación en verano: entre juego, relaciones y descubrimientos

Lejos de ser un paréntesis vacío, el verano aparece como un tiempo educativo pleno. En esta columna, el educador y escritor José Jorge Chade analiza el valor formativo de las experiencias estivales -el juego, la naturaleza y los vínculos- como espacios clave para el aprendizaje, la inclusión y el crecimiento personal de niños y jóvenes, más allá del aula.

José Jorge Chade
José Jorge Chade (Ex Docente de la Universidad de Bologna, Educador y escritor, autor de numerosos libros y publicaciones científicas nacionales y extranjeros y algunos poemas).

Cuando llega el verano, las escuelas llevan ya un tiempo cerradas y aún queda mucho para que vuelvan a abrir, el sol brilla durante más horas y la energía de los niños y los jóvenes parece multiplicarse. Este período se percibe a menudo como «tiempo libre», pero para quienes se dedican a la educación y al cuidado también es, y sobre todo, "tiempo completo".

Completo porque ya no hay escuela que ocupe parte del tiempo de los niños y los jóvenes, pero también completo de oportunidades, de encuentros, de crecimiento.

Completo de innumerables posibilidades de experimentar nuevas formas de relación y de aprendizaje, completo de momentos que, si se aprovechan de la manera adecuada, pueden dejar una huella profunda en el camino de la vida de los más pequeños y de sus familias.

La educación estival, las actividades lúdicas y relacionales desempeñan un papel importante en el desarrollo de los más pequeños, pero también de los adolescentes, y al final lo que importa es que el tiempo del verano, ya sea "libre" o "lleno", nunca esté "vacío".

La educación estival es un enfoque educativo que aprovecha el período estival, a menudo fuera del aula tradicional, a través de actividades lúdicas, deportivas y al aire libre (educación al aire libre), para garantizar el aprendizaje continuo, la socialización, el descubrimiento y la inclusión, previniendo la pobreza educativa y consolidando las competencias a través del juego, la naturaleza y las relaciones significativas, con programas que van desde los grupos de verano organizados hasta las parroquias, centrándose en el crecimiento personal y la preparación para el regreso a la escuela.

Objetivos principales del recorrido educativo de verano

• Aprendizaje y repaso: Mantener la mente entrenada, consolidar los conocimientos escolares de una manera diferente y ampliar horizontes.

• Desarrollo social: Mejorar las habilidades de cooperación, comunicación, respeto por la diversidad y fortalecer las amistades.

• Crecimiento personal: Aumentar la autonomía, la seguridad y la conciencia de uno mismo y del propio cuerpo.

• Inclusión: Garantizar la igualdad de oportunidades a todos los niños, incluidos aquellos con desventajas o antecedentes migratorios, en entornos estimulantes.

• Relación y descubrimiento: Educar a través del juego, la naturaleza y las relaciones, creando vínculos significativos.

Formas y contextos

• Educación al aire libre: actividades educativas realizadas al aire libre, en la naturaleza, para estimular el aprendizaje experiencial.

• Centros de verano: organizados por escuelas, organismos locales, particulares o parroquias ofrecen programas variados.

• Escuelas de verano temáticas: iniciativas específicas, para el desarrollo sostenible, para profundizar en determinados temas.

• Actividades integradas: tareas de verano específicas, que equilibran el descanso, el juego y el aprendizaje, sin sobrecargar.

Beneficios para los niños

• Desarrollo de habilidades sociales y emocionales.

• Mayor predisposición a la cooperación y al respeto.

• Enfoque de aprendizaje más activo y menos formal.

• Preparación tranquila para el regreso a la escuela.

El verano como taller relacional

También debemos recordar que las relaciones humanas son la base de toda trayectoria educativa, y en verano, con su ritmo más relajado, se abren nuevos espacios para construir relaciones más auténticas y profundas: los grupos se vuelven más informales, las actividades más espontáneas y hay más tiempo para escuchar de verdad. Todo esto permite crear conexiones significativas, donde cada niño se siente visto, aceptado y reconocido.

Los vínculos entre educadores y familias también se fortalecen: es a menudo durante el verano cuando surgen conversaciones más informales pero valiosas, que ayudan a generar confianza mutua.

Este ambiente más relajado, más tranquilo y, en cierto modo, más amigable, es el entorno perfecto para construir vínculos y relaciones que sentarán las bases de las actividades educativas y formativas.

Un verano que se queda en el corazón

Cuando los días se acorten de nuevo y el aire refresque, muchos niños se llevarán a casa un recuerdo imborrable de este verano: un juego compartido, un descubrimiento compartido, un adulto que los escuchó de verdad. Será precisamente ese recuerdo, ligero pero profundo, el que, al final del verano y al principio del otoño, les dará la reconfortante sensación de sentirse bienvenidos, seguros, listos para afrontar el nuevo curso escolar.

Todo esto es posible porque la verdadera educación, la que transforma a las personas, también ocurre en verano; de hecho, quizás ocurre principalmente en verano, cuando el tiempo se ralentiza, la mirada está más atenta y el corazón es más libre.



Esta nota habla de: