El desborre de la sangre y el milagro de San Valentín

La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XLVII de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo los domingos.

Marcela Muñoz Pan

Durante el desborre (cuando la yema de la vid empieza a hincharse y mostrar el primer tejido verde). Habían pasado unas cuantas lunas desde que la mariposa blanca se posara sobre el manuscrito de Roberto, cuando el aire de San Martín cambió su densidad. No era el Zonda esta vez, era el aroma a tierra mojada que precede al milagro. Mientras Ana Eliana corregía las pruebas de galera de Bonarda: La historia de un gran vino, un dolor agudo y rítmico le recordó que la vida no sabe de lutos largos, solo de ciclos necesarios.

Las mujeres de la familia había tenido una fuerza fragante ante la historia que les tocó vivir, los silencios prolongados, pero como capullos crujientes y ya maduros, ellas siempre presentes y con corazones que no ensayaban los encuentros, más bien, naturalizaban los regazos, se afianzaban como mujeres del este con el brazo de la vid, con los vinos hondos y puros, con el olivo madre y sus cartas, la patria eran ellas, luchando día a día por todo el amor que tuvieron más allá de la separación de las gemelas, Bonarda y Malarda (Malbeca) que ya estaban viejitas casi llegando a los 80 años.

Por todo esto vivido y entregado a manos llenas, es que la gemelas organizaron una tarde diferente para pasar el día de los enamorados el 14 de febrero, San Valentín. Por supuesto que Alicia con su familia, las trillizas y los pocos hombres que iban quedando entre amigos y familia, estarían presentes. Gerónimo hijo, el poeta que se casó con Ana Eliana, sabia de esta organización y se sumó a los planes de las gemelas. También los vecinos de los Barrios Las Bonardas y Las Malardas, ejes del acervo cuyano del este estarían presentes, es más ya había llegado Chiara la mejor amiga de Bonarda, siempre presente en la vida de los grandes acontecimientos de la familia. De los Gerónimos sólo estarían los que estaban vivos, Gerónimo amigo de Osman también había fallecido, su hijo el poeta era el único de la familia que estaría presente y con una excelente noticia.

La tarde del 14 de febrero cayó sobre el Terruño del Libertador con un sol que parecía haberse filtrado por un decantador: una luz ámbar, densa y tibia, que abrazaba los jardines, las veredas y acequias con agua fresca. Las gemelas, sentadas en sus sillones de mimbre, veían cómo la vida se agitaba a su alrededor. Chiara reía con esa complicidad de las amigas que han compartido hasta el silencio, mientras los vecinos acomodaban tablones bajo la sombra de los olivos.

Gerónimo, el poeta, se acercó a Ana Eliana, quien acariciaba su vientre con una insistencia casi rítmica, muchos años habían esperado para poder tener hijos, incluso habían hecho todo tipo de tratamientos en Mendoza, Buenos Aires, hasta en el exterior. Él traía en sus manos un pequeño envoltorio de papel de seda. Ana, amor, susurró el poeta, he visto estos casi 9 meses susurrar tu ternura en mis mañanas, en mis tardes y todas mis noches, seré el hombre más feliz cuando esta esperanza de a luz.

Al comenzar la tardecita, temprano, de festejos por el amor, con los sabores de la tierra entre carretas, barriles, aceites de oliva, frutas, empanaditas sacadas del horno hechas por Doña Florencia, la niña que llegó de ojos celestes cuando las gemelas se encontraron y que nunca la abandonaron, ella aprendió como nadie el arte culinario, sus empanadas eran las mejores, su cazuela de cordero que si bien no es de la zona, pero era uno de los platos preferidos de todos y todas, las patitas de cerdo, la mazamorra, los bifes a la criolla, sus budines de limón y banana y su inconfundible arroz con leche y canela. Florencia era una más de la familia, pero era la cocinera perfecta. Ese día de San Valentín había preparado varias de sus recetas, pero los bizcochos de nuez, su dulce de batatas al almíbar y un helado de canela que era superior. Eso sí la torta de chocolate con dulce de leche casero y pepitas de uva bañadas en chocolate, la hizo en forma de corazón, toda una paquetería para la ocasión.

Felicidad con mayúscula es lo que se vivió esa tarde, incluso Gerónimo que era el más ansioso porque sabía que en cualquier momento sería padre, había recibido la edición de su quinto libro, las ganancias cada vez eran mayores, los viajes para la presentación de sus libros siempre con su amada Ana Eliana, eran el almíbar para escribir otras obras.

Mientras el sol de San Valentín se iba ocultando, así de golpe, Ana Eliana rompió bolsa, inundando los calcáreos de la galería, el primer aviso: un tirón profundo, un calambre de raíz que le recorrió la espalda y le obligó a soltar su arroz con leche. No hubo tiempo para hospitales ni para los kilómetros que separaban la finca del asfalto de la ciudad. El destino, caprichoso y circular, había decidido que si Roberto se había hecho surco en esa casa, los nuevos brotes debían abrirse allí mismo, entre las paredes que custodiaban el manuscrito.

¡Mamá!, el grito de Ana Eliana no fue de miedo, sino de llamado ancestral. Malarda, que estaba a pocos metros bajo el sauce llorón, dejó caer el mate. Sus casi ochenta años se disolvieron en un segundo de lucidez técnica. Ella, que había parido a sus trillizas con la fuerza de quien domina el desierto, supo que el camino a la clínica era ya una ruta imposible. El poeta, Gerónimo, apareció con los ojos desorbitados y las manos temblorosas, pero la voz de Malarda lo ancló al suelo con la firmeza de un poste de algarrobo.

Traé sábanas blancas, Gerónimo, agua caliente y llamá a su obstetra. Olvídate del auto, estos niños tienen más apuro que nosotros, ordenó Malarda, mientras sus hermanas trillizas se movían en una coreografía ensayada por la sangre, despejando la mesa de roble y preparando la habitación que daba al viñedo.

El parto en la casa no fue un evento médico, fue un rito de vendimia. Sin luces de quirófano, bajo la luz cálida de las lámparas de pie y el aroma a lavanda, eucaliptos y tierra mojada que entraba por la ventana abierta, Ana Eliana se aferró a las manos de su madre y de su tía Bonarda. Las gemelas, una a cada lado, flanqueaban la cama como dos columnas de un templo antiguo. Malarda, con la experiencia de quien conoce los ciclos de la vida, dirigía el proceso con palabras susurradas en un dialecto de madre y de tierra.

Primero llegó él, rompiendo el silencio con un llanto que sonó a trueno en la tarde de San Valentín, Salvador asomó al mundo con los puños cerrados, como si ya trajera consigo la fuerza del tatarabuelo enólogo y la victoria de haber vencido al tiempo. Su nombre no era una casualidad; era la síntesis de años de ruegos silenciosos, de tratamientos y de esa fe ciega de Ana Eliana que finalmente había logrado que la vida se anclara en su vientre. Salvador venía a rescatar el linaje, a ser el puente de oro sobre las viejas heridas de la familia. Minutos después, con una delicadeza que contrastó con la urgencia de su hermana, apareció Valentina. Dos vidas. Dos cepas. La simetría perfecta regresaba a la casa. Salvador ya lo habían elegido, tuvieron que elegir otro nombre para la niña que no la esperaban y venerando al día de los enamorados, le pusieron Valentina.

Cuando todo terminó, y el silencio sagrado de la paz se instaló en el cuarto, Malarda tomó a los mellizos en brazos y se acercó a la ventana. Afuera, los vecinos del barrio y los pocos hombres que quedaban esperaban en un silencio respetuoso. No hacía falta decir nada. El hecho de que hubieran nacido allí, sobre los calcáreos frescos de la galería, sin el frío de los hospitales, sellaba su destino. Eran hijos del terruño, nacidos en el centro exacto de la historia que Roberto había escrito.

El desborre de la sangre y el milagro de San Valentín

Ver: Capítulo XLVI: El último sorbo del enólogo: la muerte de Roberto, pero Bonarda sigue viva.

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