En la ciudad
Cristina Orozco Flores y una hisrtoria con colores, sonidos y tambien, sentimientos.
Los ruidos no sólo, pueden interrumpir a los que sueñan, también distraen. Ninguna persona queda indiferente, ante un sonido inesperado. Le pasó a Betty en la ciudad de Buenos Aires cuando fue a ver a su hijo,
Mientras, la voz del piloto, agradecía por haberlos elegido, ella se estaba despertando. Se acomodó en el asiento. Se desprendió el cinturón. El sol que iluminaba la pista no tenía nada que envidiarle al de Mendoza. Algunos pasajeros apurados se pararon en el pasillo. Los de adelante empezaron a moverse para avanzar con sus valijas. Había que hacer fila para tomar un taxi.
-A Palermo, le dijo Betty al taxista -y agregó, a la calle Guatemala 5800-
- ¿De visita? -dijo él-
-Sí, respondió,-vengo a ver a mi hijo que es médico y está haciendo su residencia en Pediatría-
-¡Qué bien! Y, le trajo algún corderito patagónico -agregó-
- No, para nada -respondió ella, con asombro-
-Casi siempre, los padres les traen comidas especiales a sus hijos, además de dulces y alfajores -dijo, el taxista-
A su vez, ella interactuaba con su hijo por teléfono porque, él estaba de guardia en el Posadas, y lo iba a ver recién en la tarde. Seguía de reojo el recorrido. Ya habían pasado por los bosques de Palermo y, cuando el taxista tomó por Santa Fe, le sugirió que no se perdiera la Feria del Libro, en la Rural.
-Sí, vamos a ir con mi hijo - le respondió-
Betty aprovechó para comentarle que, todos los años iba a la Feria. Una vez, viajó con su hija, a ver un recital de los Backstreet Boys y en esa oportunidad, coincidió con la Feria. En ese entonces, lo hicieron en Costa Salguero, donde conoció a Quino y salió una historieta firmada por él.
El taxista la felicitó y le avisó que habían llegado. Ella le pagó y se despidieron.
Cuando bajó del vehículo, miró a su alrededor, no conocía el lugar. Hacía poco que su hijo se había cambiado de domicilio. Enfrente del edificio de su hijo estaba el cuartel de los bomberos de Palermo. Una florería en una esquina y en la otra esquina, un café.
Mapa de Buenos Aires, obra de Sol Fernández.
Antes de cruzar la calle, dejó pasar a un joven que llevaba a un grupo de perros de distintos tamaños y colores. Diferentes razas que tiraban de las correas. Parecía que sabían de memoria a donde iban.
Con las llaves en la mano subió al ascensor y se dirigió al sexto piso. En cuanto abrió la puerta del departamento se encontró de frente con las fotos de la familia. Varios portarretratos ubicados en la parte superior de una biblioteca blanca. Al costado un sillón, que resultó tentador para Betty, porque inmediatamente se tiró sobre él para dormir un poco más. Eran las nueve de la mañana.
En lo mejor de su descanso, la despertó un ruido extraño. Parecían rasguños. Betty sabía que, en los edificios se escuchaba todo lo que hacían los vecinos. En ese momento, no pudo identificar de dónde venía ese sonido. Si de arriba, de abajo o de los costados.
Se quedó recostada con los ojos abiertos. No sabía si se sentía cansada por haber madrugado para llegar temprano al aeropuerto o si se le había bajado la presión. Cruzó un brazo sobre los ojos para protegerlos de tanta luz y seguía escuchando el mismo sonido. No tuvo más remedio que incorporarse. Le pareció que el ruido venía del balcón y cuando fue a mirar, no vio nada.
Mientras tanto, su hijo le preguntaba qué hacía. Le dijo que pensaba ir a tomar un café. Antes, iba a colocar sus cosas en el placard. Había dejado todo tirado en el piso, cuando llegó. Después se peinó, se acomodó la ropa que llevaba puesta y, salió.
Mientras esperaba el ascensor, ella pensaba en lo solitarios que eran los pasillos de los edificios. Que el conserje casi siempre estaba en planta baja. Que los vecinos de cada piso no se conocían. Escuchaba que el ascensor se detenía en algún piso. Alguien abría la puerta y la cerraba. A veces le daba miedo. ¡Qué distinto era vivir en una casa! Y seguía pensando que en un edificio las personas no se conocían. Que podían vivir al lado de una celebridad y no saberlo.
Se acordó del episodio que tuvo su hijo con una vecina en la calle Beruti. La mujer hizo cortar el gas de su departamento, por una supuesta pérdida. Decía que iban a volar todos. Pero, cuando él llegó de la guardia y el conserje le contó. Se fue furioso a ponerle las quejas a la responsable del problema y se encontró con una rubia despampanante. Una vedette de la época de Porcel. Ella misma se presentó porque él no la hubiera conocido.
Betty llegó al café de la esquina y cuando la moza la atendió, ella le señaló el pizarrón negro con la oferta del día.
- Eso, por favor -le dijo-
No veía la hora de ver a su hijo y de poder abrazarlo. Sabía que llegaría alrededor de las cinco de la tarde. Entretanto, hacía planes para la noche. Quería que fueran a comer pizza o, a ver una película al Alto Palermo. Para el sábado, tenía pensado ir a Tigre a comer pastas. Después tomarían unos mates bajo la sombra de algún árbol para disfrutar a pleno, ese día. En el corto tiempo que iba a estar, aprovecharía la variedad gastronómica que ofrecía la ciudad y el domingo, irían a la Feria del Libro.
Mientras esperaba, observaba a dos mujeres que se sentaron cerca. Ellas hablaban mucho. Betty prestó atención cuando le hicieron el pedido a la moza. La chica les preguntó si eran del interior y las dos respondieron, casi a la par, que eran de San Juan. En otras oportunidades, a ella también le habían hecho esa misma pregunta. Incluso a veces pensaban que era chilena. A su hijo también le pasaba. Él se tomaba el trabajo de explicarles a las personas la cercanía entre Mendoza y Chile.
Cuando la joven le trajo el pedido a Betty, ella siguió enganchada con el tema. Pero no pudo hablar con ella porque, le sonó el teléfono. Era su esposo que quería saber cómo había llegado.
-¡Muy bien!, le dijo- y le habló del clima. Demasiado caluroso para ser mediados de mayo, agregó-
Siguieron conversando y quedaron en volver a hablar durante la noche. Ella bebió un poco de soda y se tomó el cabello con una traba. Tenía la nuca mojada. Repetía: ¡Qué humedad! Se quedaba mirando a los que paseaban a sus perros. La sorprendía el rigor con que cada uno levantaba los desechos, que dejaban sus mascotas en los canteros o en las veredas.
Luego, se fue a caminar por la calle Santa Fe. Cada tanto se detenía. Miraba las vidrieras y se sorprendía por los buenos precios. Le llamaba la atención cómo la gente cruzaba por las sendas peatonales y cómo todos respetaban los semáforos. Betty estaba acostumbraba a cruzar, por cualquier lugar de la calle, no solo por la senda peatonal.
Entró a un supermercado, donde compró unas hamburguesas, condimentos, supremas y verduras para ensalada. Tenía en mente dejarle a su hijo el freezer lleno. Sobre todo, con milanesas caseras, que tanto le gustaban y que, ya le había pedido. Cuando salió del supermercado se nubló. Por el camino la sorprendió un repentino aguacero. ¡Quedó empapada! Lo único que le importaba era resguardar lo que había comprado. No tenía la costumbre de salir con un paraguas. En Mendoza no lo necesitaba, sin embargo veía que la mayoría de la gente, lo llevaba y supuso que, lo tenían por las dudas o, porque escuchaban el pronóstico.
Esa situación la descolocó. Perdió tiempo esperando que la lluvia se pasara. Todo lo que tenía planificado se había retrasado. Quedó con el cabello, los zapatos y el vestido mojados. También, se le había encogido, el que llevaba puesto. Era de algodón.
Sus planes habían cambiado y aunque dejó para después el arreglo de su cabello. Priorizó ordenar la mercadería. Empezó ordenando la heladera. Allí, encontró restos de comida vieja y en mal estado.
- ¡Vaya a saber desde cuándo tiene todo esto!, exclamó.
Revisó los yogures y tiró los vencidos. De pronto, escuchó, el mismo sonido de la mañana. Le pareció que venía del balcón. Se asomó, pero no vio nada. De nuevo lo escuchó y se sintió molesta. Aunque ya no quería darle importancia y por más que considerara que era un ruido más. Lo escuchaba.
Trataba de apurarse. Su hijo estaba por llegar y ella todavía no guardaba nada en las alacenas, ni había preparado las milanesas de pollo,
De nuevo, empezaron los sonidos como rasguños.
- ¡Hasta cuándo! -dijo-
Se volvió a asomar hacia el balcón y, esa vez, la sorprendió un pequeño perro. Estaba detrás de la puerta de vidrio. Rasguñaba sin parar, como si quisiera hacer un pozo. Betty le abrió la puerta y lo acarició. Al mismo tiempo, escuchó una voz.
- ¡Ven Palta, ven! -decía-
Por el nombre, supo que era una perra. Ella movía su colita y se paraba sobre las patitas de atrás. Se dio cuenta de que tenía las uñas largas. Miraba por todos los rincones para ver de dónde había salido y ahí pudo ver una pequeña abertura del lado derecho, en el departamento de al lado. una voz le preguntó: la perra está ahí.
-Si- le respondió, ella-.
- Parece que entró a su balcón por un hueco que acabo de ver,-agregó el joven y, se disculpó-.
Le pidió por favor que le entregara la perra, por la puerta de adelante. Entonces, Betty se apuró para llevarla. Cuando abrió la puerta, encontró al joven. Él le aseguró que pronto haría el arreglo necesario, en el balcón para que no se volviera a pasar la perrita. Le comentó que hacía muy poco había llegado al país desde Ecuador y que una noche la encontró en la calle.
Betty trataba de disimular su fastidio. Ese episodio la había retrasado más y no tenía la posibilidad de recuperar el tiempo perdido. Se tocaba el cabello para acomodarlo un poco. Le había quedado desordenado.
-Soy la madre se su vecino - le dijo al joven-
Pero él no lo conocía. Alzó a la perra y se despidieron. Ella cerró rápido la puerta, necesitaba desahogarse con un grito o algo parecido y lo único que pudo decir fue: qué perra impertinente, además de rubia, porteña.
Todavía le quedaban a Betty muchas cosas por hacer en la cocina. La entusiasmaba la idea de abrazar a su hijo, que estaba por llegar pero, miraba la mercadería. Las supremas seguían en la mesada. Además, debía arreglarse el cabello. Hubiera dado cualquier cosa por cumplir con lo que había planeado y, como no pudo evitar esos contratiempos, cambió de idea. Prefirió arreglarse ella. Y empezó por el cabello. Pensó que la cocina podía esperar.
Aunque seguía abrumada, le quedaron dando vueltas en la cabeza, esos sonidos, como una musiquita. Había conocido más de la idiosincrasia de esa ciudad. Cómo cruzaban las calles, cómo se hacían cargo de las mascotas y cómo les decían a los provincianos. Cada vez que iba a ver a su hijo los conocía un poco más.
Tenía mucho para contarle a su hijo. No se imaginaba por dónde iba a empezar. Escuchó el ascensor y que una llave abría la puerta del departamento.
-¡Mamá, llegué! -Gritó su hijo-
Ella corrió a su encuentro, mientras afuera sonaba la sirena de los bomberos, que salían del cuartel. Se dijo a sí misma: los ruidos, ruidos son y en esta ciudad se hacen sentir.