Terremotos, perros y epidemias

La historiadora Luciana Sabina se interna en el caos del Cementerio de la Capital de Mendoza trae el terremoto de 1861: la muerte enredada entre los escombros.

Luciana Sabina

Hacia 1828 se decidió la creación del Cementerio General de Mendoza, simultáneamente se prohibieron los enterramientos intramuros y se estableció legalmente un trato igualitario a los occisos, aunque en los hechos no sucedió.

Por entonces la Iglesia Católica se encargaba de asignarnos lugar entre las parcelas de la muerte, preocupada por la pérdida de poder y de ingresos, frenó la construcción del Cementerio mendocino. El mismo recién se concretó en 1846, casi dos décadas más tarde. Hasta su inauguración las personas siguieron enterrándose en las iglesias y capillas, convirtiendo las misas en insalubres.

Cabe destacar que en nuestra provincia ya existían camposantos en zonas rurales, destinados principalmente a la sepultura de aborígenes y esclavos.

El terremoto que en 1861 marcó un punto y aparte. Prácticamente hizo desaparecer la ciudad de Mendoza y también destruyó su necrópolis principal. La desolación y desesperación se plasmaron en las palabras de Joaquín Villanueva, al solicitar una serie de medidas para evitar que los perros arrastraran hacia la calle los cadáveres tras extraerlos de las tumbas.

Lo cierto es que durante la segunda mitad del siglo XIX y parte del XX, nuestra provincia no controló de modo efectivo la reproducción canina. Los animales conformaron entonces verdaderas jaurías que pululaban por las calles atentando contra vivos y muertos. Son muchas las crónicas de la prensa de entonces señalando el ataque de perros a los cementerios, ya entrando al siglo XX. En Guaymallén, por ejemplo, llegaron incluso a arrastrar cadáveres hacia la calle.

Volviendo a la hecatombe de 1861, el caos se mantuvo durante más de dos décadas. En ese lapso la ubicación de muchas tumbas se perdieron, entre ellas la de Félix Aldao. Según el minucioso estudio realizado por Ariel y Fabián Sevilla la misma se encuentra en un sector del cementerio colindante con la calle San Martín, cerca de los Lencinas.

Ruinas del terremoto de 1861.

Ruinas del terremoto de 1861.

Finalmente nuevas disposiciones buscaron mejorar la situación sanitaria e incluyeron al cementerio. En 1883 una ordenanza municipal estableció que los cajones a la vista en mausoleos fueran sellados. De lo contrario el personal del camposanto los colocaría en nichos o bajo tierra. Médicos del Hospital Municipal se encargaron de realizar las revisiones. Los gastos ocasionados fueron pagados por los deudos del difunto.

Un año más tarde Luis Carlos Lagomaggiore, ilustre médico de origen peruano, fue elegido intendente de la Capital. Su labor se vio atravesada por la epidemia de cólera más dantesca que sufrió nuestra provincia. La muerte llegó a Buenos Aires en 1886 de la mano de un inmigrante italiano. El gobernador Rufino Ortega ordenó cerrar la frontera de Mendoza durante cuarenta días, pero desde la presidencia -a cargo de Julio Argentino Roca- se le obligó a levantar la acción.

La Ciudad quedó desolada, y como los empleados municipales se negaron a enterrar los cuerpos, la tarea debió ser realizada por los internos de la Penitenciaria.

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