La luz del nuevo día
Una nueva y reconfortante lectura de domingo de Cristina Orozco Flores.
El sol mueve las cosas quietas de la vida. Alejandra Kamiya
Bianca se despabiló en medio de su sueño. La despertó el dolor del brazo. A su edad, ninguna pastilla para dormir le aseguraba un buen descanso. En su desvelo, escuchaba las corridas de los gatos en el techo y los crujidos de los muebles en su casa. La noche la acompañaba y como siempre se encargaba de desmenuzar su memoria. Entonces rezaba entre dormida y, mientras las horas pasaban, ella esperaba un nuevo amanecer.
La noche sabía que Bianca le tenía miedo a la oscuridad. Que esos ruidos la mantenían en vilo y le hacían recuperar los antiguos temores de la guerra, su infancia, el hambre de esa época y los bombardeos en Messina. A ella le daba escalofrío ver su imagen en el recuerdo, cuando estaba desamparada y sin el abrigo de su padre que por ese entonces, luchaba por su Patria.
En esas horas de desvelo, la noche le tendía la trampa de siempre, la llevaba de la mano por más recuerdos. Ella recuperaba esos momentos guardados en su corazón, como el día en que murió su madre, cuando el destino quiso que ella ocupara su lugar, justamente por ser la hermana mayor y tuvo que criar a sus hermanos pequeños, entre juegos y bordados.
- Cumplí con esa tarea -se decía con satisfacción-
Pero cuando la obligaron a dejar de estudiar, ella insistió con todas sus fuerzas ante su padre. No quería darse por vencida, pero recibió una rotunda negativa.
- ¡He dicho que no! - le dijo su padre - y silenció sus sueños para siempre. -
En la oscuridad de la noche, se le venían encima uno a uno los momentos que habían vivido por entonces, como cuando acarreaba baldes con agua o, cuando limpiaba, cocinaba, lavaba y tarareaba canciones de cuna en una ciudad en ruinas. Sin embargo, nadie pudo con su alegría innata. En el camino de la vida jamás dejó de aprender y nunca conoció la palabra resentimiento.
Recuperó la imagen de su casamiento con Giuseppe a sus veinte años y cuando juntos decidieron dejar su país. No fue para hacer la América, sino para buscar la paz que necesitaban ante el horror que habían vivido. Pero su padre, viudo por segunda vez, la siguió. Tuvo la certeza de que, aunque no pudo elegir, lo que quería era vivir y le entregó a cada uno de los integrantes de su familia, el amor del que estaba hecho su corazón.
La noche entraba sigilosa en la casa de Bianca. La había visto envejecer. La espiaba antes de que se fuera a dormir. La miraba cuando ella besaba una por una las estampitas que guardaba en su misal. Escuchaba de sus labios las oraciones que pronunciaba para sus hijos, sus nietos , sus hermanos y cuando enunciaba la oración especial por el eterno descanso de su padre y otra por su tía Nina. La que le enseñó a bordar. La misma que después se fue como dama de compañía de una baronesa.
La noche era huésped en una casa ajena. La casa de Bianca. Nunca le había dado ninguna señal para que ella supiera que la acompañaba. No solo se había colado en medio de su soledad, sino que cuando la enfrentaba a su memoria, demostraba que no era para nada piadosa. La hacía suspirar. Entonces Bianca advertía dentro de sí misma el paso del tiempo. Añoraba sentir el perfume de los limoneros de Sicilia y comer los higos blancos del campo. Cuando se acostaba, pensaba que en su ciudad natal ya estaban descubriendo el día, mientras que ella lidiaba con la oscuridad de la noche.
Como tenía la costumbre de vigilarla, sabía que a la anciana la ayudaban los vecinos, desde que se quedó viuda. Ellos llamaban a su puerta para ver si necesitaba algo. Le hacían las compras, se encargaban de sus remedios y algunas señoras de su edad la visitaban. Por muchos años, el vecindario los vio, a Bianca y a su marido, como un matrimonio ideal. Sobre todo, cuando iban a misa los domingos del brazo como novios. Como si ellos dignificaran el amor eterno que se estaba extinguiendo en el mundo. Nadie en el barrio olvidaba que a cada niño, ella le había curado el empacho o la ojeadura. En esas oraciones invocaba a la Santísima Trinidad y a Santa Rosalía. Si curaba una quemadura Bianca se transformaba. Sentía la fuerza del Señor en sus propias manos y rezaba por tres días una oración siciliana que en sus labios resultaba milagrosa.
Ella tenía los dedos deformados por una artrosis rematoidea que no la dejaba bordar como antes. El punto cruz, la cadeneta, el Richellieu y el rococó, quedaron en los manteles o en los pisitos que había regalado. Unos cuantos bordados permanecían aún en el baúl que había traído cuando llegó en barco a la Argentina. Tampoco veía bien, por eso no había vuelto a bordar. Aprendió a tejer y, aunque no era lo que más le gustaba, decía que lo hacía para colaborar. Ayudaba a una parroquia cercana con las mantas que tejía para bebés recién nacidos. Usaba lanas de color rosa, celeste, verde agua o amarillo y los hacía con el punto Santa Clara. La noche siempre la tomaba de la mano y la mortificaban hasta las lágrimas.
Pero durante el día, Bianca era otra persona. No se perdía las telenovelas, los noticieros y los programas religiosos. Hablaba con sus vecinos de lo importante que era la vida. Con solo ver que la luz del nuevo día se asomaba por la ventana, ella renovaba sus ganas de vivir. Era feliz. Y con la excusa de que ya no aguantaba la cama se levantaba tan despacio como se lo permitían sus noventa años, a su ritmo, aunque tuviera que ayudarse con el bastón. En cuanto llegaba al comedor que estaba antes de la cocina se persigna delante de todos los santitos que había agrupado sobre una mesa. Era su santuario. En el medio estaba la Biblia abierta. Una virgen al lado de la otra. También, las figuras de San Antonio, de San José, de San expedito y de San Cayetano. Uno al lado del otro, junto a la foto de su hijo menor, que no hacía mucho había fallecido por Covid. Ella contemplaba la foto con la ternura y la resignación de una madre. Antes de desayunar, Bianca volvía a rezar. Agradecía por estar viva y después tomaba los remedios.
- Viviré hasta que Dios quiera -se decía -
Ni siquiera el olvido de los miembros de su familia, ni la rutinaria soledad, ni la noche que la acompañaba habían podido sacar de su cabeza la idea de querer vivir cien años o más.
- Si Dios quiere voy a vivir muchísimos años -decía con fe-
Mientras que de noche se aferraba a su rosario de pétalos de rosas, añoraba la Italia lejana que la vio nacer y a la que jamás volvió. Recordaba a la gente que se había quedado allá y a los que estaban muertos.
Cada día renovaba su idea de vivir, convencida de lo que decía. Tenía la idea fija de querer disfrutar de ese sol que mueve las cosas quietas de la vida.