Las guardianas del tiempo

Edición especial de verano, la novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XLII de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo.

Marcela Muñoz Pan

En Mendoza Este la mística es distinta. Tierra de las distancias largas, de los arenales que se domaron a fuerza de canales y de una luz que, al atardecer, parece incendiar los parrales de Rivadavia, Junín, San Martín, Santa Rosa. Para Bonarda, ser bisabuela en este paisaje no es solo un título, es convertirse en el adobe vivo que guarda el calor de la casa.

En el Este, el sol no se pone; se derrama sobre los campos como mosto hirviendo. Bonarda lo sabe. Ella caminó esos callejones de tierra de San Martín cuando el polvo le curtía los tobillos y la esperanza era un hilo de agua en la acequia. Ahora, al saberse bisabuela, sintió que el ciclo del tiempo se cerraba como un anillo de oro en su dedo. No quiso cunas de diseño ni lujos modernos. Bonarda pidió a Bautista que la llevara a la parte más antigua de la finca, allí donde el suelo es más arenoso y las cepas de Bonarda vieja tienen troncos retorcidos como brazos de gigantes.

Una tarde de esas donde el aire huele a sarmiento quemado y a higos maduros, Bonarda se sentó bajo la sombra de la parra. Con sus manos, que son un mapa de surcos y verdades, comenzó a tejer una manta hecha de distintos colores, muy tenues. Malbeca, al verse en el espejo de los ojos de su hermana, comprendió que su rol de tía abuela era el de ser el puente. Si Bonarda era la tierra y el adobe, ella sería la memoria que fluye, la que cuenta las historias para que no se las lleve el viento Zonda.

Mientras Bonarda tejía esa manta de colores tenues, tonos de arena, de sarmiento seco y de nube de verano, Malbeca se sentaba a su lado. No era un tejido cualquiera; entre las hebras, Malbeca iba entrelazando pequeñas cuentas de cuarzo que Bautista traía de la mina. Fijate Bonarda, decía Malbeca mientras pasaba sus dedos por la lana, estamos tejiendo el cielo del este con el corazón de la montaña. Tu bisnieto va a dormir bajo el peso de nuestra historia, pero con la liviandad de quien tiene todo por vivir. Ser bisabuela es entender que una ya no es la que bebe, una es el cauce. El rol de Bonarda y de alguna manera de Malbeca, era cuidar que ese hilo de agua no se corte, que llegue limpio hasta los pies de ese niño o niña por nacer.

Las guardianas del tiempo

Ya no eran las hermanas que se redescubrían, eran las guardianas de un umbral. "Malbeca," susurró Bonarda, "ya no somos solo el fruto". Ahora somos la sombra que va a cuidar el brote. Mi bisnieto no va a heredar solo fincas o minas; va a heredar este horizonte, que parece que no termina nunca, para que sepa que sus sueños pueden ser igual de grandes en Mendoza Este.

La tarde cayó sobre San Martín, tiñendo todo de un violeta profundo, el color de la uva madura. Bonarda, con la sabiduría de quien ha visto pasar varias vendimias, miró hacia la montaña y luego hacia el vientre que traía la vida en la panza de Emilia. Comprendió que su rol de bisabuela era ser como el río Tunuyán: un cauce que siempre está, silencioso y vital, entregando todo para que otros puedan florecer.

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