Un loco suelto por Mendoza

En tiempos antiguos, se pensaba que las enfermedades mentales tenían raíces sobrenaturales, aunque también se exploraron causas más mundanas.

Luciana Sabina

Durante la era de Pericles, en la Antigua Grecia, una de las creencias predominantes era la teoría de los humores, propuesta por médicos como Hipócrates. Según esta teoría, el cuerpo humano estaba compuesto por cuatro humores o líquidos esenciales: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Se creía que un desequilibrio en estos humores podía causar enfermedades, incluidas las mentales. Por ejemplo, un exceso de bilis negra se asociaba con la melancolía (lo que hoy conocemos como depresión). esencias líquidas que influían en el carácter humano.

En la Edad Media, era común la práctica de hacer sangrar a un gallo rojo o una paloma muerta sobre la cabeza de una persona con trastornos mentales, con la idea de que la sangre atraería y eliminaría los gases nocivos de los "humores". 

Esta concepción persistió hasta el Renacimiento, periodo en el que los médicos comenzaron a tratar los trastornos mentales como afecciones físicas, utilizando métodos como purgas y sangrías para equilibrar los "humores". De ahí que se dijera que alguien estaba de "buen humor" cuando se encontraba en equilibrio. 

De hecho, el término "humor" en sí proviene del latín y significa "líquido". Con el tiempo, el término "humor" pasó a referirse no sólo a los líquidos corporales, sino también al temperamento o estado de ánimo de una persona. Así, estar de "mal humor" implicaba un desequilibrio en los humores del cuerpo, lo que llevaba a un estado de ánimo negativo o irritable. 

A lo largo de todos estos siglos, las sociedades mostraron poca tolerancia hacia las personas con trastornos mentales, a menudo éstas eran castigadas y expulsadas de las ciudades.

En el siglo XVIII, con la Ilustración, comenzó a surgir una nueva perspectiva sobre la locura. Philippe Pinel, un médico francés, es considerado uno de los pioneros en el tratamiento humanitario de los pacientes con enfermedades mentales. En 1795, Pinel fue nombrado director del Hospital Bicêtre en París, donde abogó por la eliminación de las cadenas y las celdas oscuras, y promovió la idea de que los pacientes debían ser tratados con comprensión y amabilidad (Foucault, M., 1961, "Historia de la locura en la época clásica").

Con el paso del tiempo los manicomios se multiplicaron. La forma en que se trataba a los afectados variaba según la región y el contexto social. Por ejemplo, en Mendoza durante el siglo XIX, muchos eran encarcelados. 

Un reflejo de esta realidad se encuentra en las publicaciones de la época. En julio de 1888, uno de los diarios principales de la provincia narró el caso de un hombre que, creyéndose un mensajero divino, se acercó a la policía para compartir sus visiones proféticas. 

El hombre se presentó ante el jefe policial, declarando ser un mensajero divino. Explicó que había tenido una visión y deseaba convocar a la gente en la Plaza Independencia para compartirla. A medida que hablaba, su entusiasmo crecía y sus ojos brillaban intensamente. Reveló que los doce apóstoles se le habían aparecido, instruyéndolo a hablar en público sobre un mensaje que prefería guardar para el momento adecuado.

Aunque no quiso revelar todo, insinuó que pronto en Mendoza caería una lluvia, ya fuera de fuego o agua, como castigo divino, aunque no especificó cuál de los dos sería. 

La policía, intrigada, intentó persuadirlo con promesas para que compartiera más detalles sobre sus visiones. Sin embargo, ante su negativa y considerando su comportamiento errático, decidieron detenerlo y solicitaron la opinión de un médico. 

Una vez detenido, el demente no mostró resistencia y, con una sonrisa, aseguró que esa misma noche sería liberado por los doce apóstoles. Situación que no se cumplió.