Melesca de ideas y pantalones anchos

La novela de la escritora explora los tiempos del flower power y su influencia en los viñedos.

Marcela Muñoz Pan

El otoño del 66 no llegó de golpe al este: se fue insinuando en los bordes de la finca, como una conversación que nadie quería terminar. El viento Zonda ya no era solo un fenómeno; se había vuelto metáfora. Todo parecía moverse, incluso lo que antes era inamovible. Pero si algo delataba el cambio, no era solo lo que se decía... sino lo que se escuchaba, lo que se vestía y lo que se compartía en la mesa.

El Winco seguía siendo el corazón de la sala, pero ya no obedecía. Entre los surcos de tangos viejos y cuecas gastadas, se colaban guitarras eléctricas, palmas nuevas, voces que no pedían permiso. La "melesca", como le decía Doña Bonarda con una mezcla de ternura y desconfianza, había tomado la casa, la casa esta vez de su amiga de Rivadavia Doña Graciela Reta, recuerden que Bonarda de joven iba mucho a Rivadavia con sus padres Elena y Osman, allí se enamoró por primera vez, pero los años más alegres y divertidos para ella fueron en Rivadavia, porque afianzó un círculo de amigas que jamás se dejaron ni de ver, salvo las que ya iban partiendo, ni de escribir o contar sus cuitas. Eso no es música, es un apuro, murmuraba, aunque su pie, traicionero, marcaba el ritmo.

Alicia reía y las trillizas que se reunían con sus hijos e hijas casi todos los domingos, veían a esos jóvenes que se habían cortado apenas el flequillo, se animaba a blusas con estampas geométricas y faldas que a Malbeca le parecían peligrosamente cortas. Los varones dejaban crecer el cabello, usaban camisas abiertas y pantalones más ajustados. La estética ya no era un detalle: era una declaración. La ropa también dice cosas, explicaba Alicia, con su pantalón Oxford verde y un cinturón ancho, ancho, ancho de cuero tostado. Malbeca la miraba en silencio. No lo entendía del todo, pero intuía que ahí también había una forma de lucha.

La mesa, en cambio, seguía siendo territorio sagrado. Pero incluso ahí, el cambio había llegado. Las comidas ya no eran solo sustento: empezaban a ser encuentro. A la olla de puchero y al pan casero se sumaban nuevas combinaciones. Bautista, el gran viajero, había traído recetas raras: tartas con verduras que antes se descartaban, ensaladas con frutas, vino servido sin ceremonia, en vasos de colores que rompían con la solemnidad del cristal, el vino también puede ser libre, dijo Gerónimo hijo una noche, sirviendo un Malbec joven sin esperar el brindis formal.

La cocina empezó a llenarse de aromas distintos. La albahaca convivía con especias nuevas. Se hablaba de maridar, de mezclar, de probar. La tradición no se rompía: se expandía. Una tarde, Alicia propuso algo impensado: Hagamos una cena en el galpón. Y así fue. Colgaron luces entre las vigas, pusieron manteles desparejos, llevaron las barricas como mesas, mezclada con guitarras criollas. Algunos bailaban twist, otros zapateaban. Nadie pedía permiso. La comida circulaba como las ideas, sin jerarquías, empanadas, pan casero, aceitunas, queso, frutas, vino joven. Todo compartido, todo vivo.

En Mendoza, las universidades hervían. En la finca, ese eco se volvía cuerpo. Los jóvenes iban y venían, cargando libros, pero también nuevas formas de habitar. El galpón ya no era solo refugio de herramientas: era escenario. Las barricas guardaban vino, sí, pero también canciones, discusiones, risas. Una noche, mientras la "melesca" se mezclaba con una zamba nueva, Gerónimo hijo levantó la copa: A reinventar las raíces y a lo que todavía no sabemos nombrar.

Doña Bonarda los miró, Malbeca también, ambas sonrieron al mismo tiempo. Porque entendieron que la tierra no estaba siendo abandonada, estaba siendo reescrita. Y que, entre el Zonda, la música nueva, la ropa que desafiaba y la mesa que se hacía larga, la familia no se estaba perdiendo, se estaba encontrando, de otra manera, como esas cepas viejas que, aun torcidas por el tiempo, siguen dando fruto, pero ahora, con otro sabor. Más libre. Más propio.

Melesca de ideas y pantalones anchos

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