El televisor y los herederos del mundo
La novela de Bonarda y Malarda. Todos los capítulos los pueden encontrar en Memo los domingos.
El invierno de 1980 cayó sobre Mendoza, el este con una neblina baja que hacía parecer que los parrales flotaban sobre la tierra húmeda. En la finca de las gemelas, sin embargo, había una conmoción mucho más importante que el frío, que la política o que los rumores sombríos que llegaban desde Buenos Aires como trenes sin luces: había llegado el primer televisor color del barrio Las Bonardas.
Gerónimo lo trajo desde la capital en el baúl de un Peugeot 404 prestado, envuelto en frazadas y acomodado con un cuidado casi religioso. Cuando la enorme caja atravesó el comedor, Bonarda sintió que el futuro acababa de entrar en la casa disfrazado de electrodoméstico.
El aparato fue instalado sobre un mueble de algarrobo, entre una botella antigua de Bonarda reserva y el retrato amarillento de Roberto, Pedro y José con sombreros oscuros. La escena parecía una conversación absurda entre siglos: el vino, los muertos y la electricidad compartiendo la misma mesa.
Afuera lloviznaba sobre los álamos. Adentro, la familia había cambiado sin que nadie se atreviera todavía a decirlo en voz alta. Los nietos y bisnietos ya eran adultos jóvenes. Pertenecían a una generación extraña, criada entre acequias y radios a válvula, pero obsesionada con un porvenir que parecía venir de otro planeta.
Beltrán estudiaba ingeniería en la UTN y viajaba en tren, el tren que pasaba por la zona este junto a muchos estudiantes que iban a la UTN, porque justamente paraba cerca de la facultad, para él y sus amigos era toda una ceremonia, aunque si bien tardaba más que ir en auto o colectivo, la ceremonia era preparar el mate con tortitas a las que les agregaba queso y salame fino, compartir ese tramo con sus amigos donde las migas se colaban entre planos y carpetas, era impagable. Salvador era el curioso, desarmaba radios viejas para construir máquinas imposibles y acumulaba libros en todos los rincones de la casa, los leía y releía, era un pequeño sabio gigante. Valentina escribía poemas en servilletas, usaba medias distintas y hacía preguntas filosóficas durante la cena, como si el universo entero pudiera explicarse observando una botella de vino. También le gustaban las danzas españolas, desde niña fue aprender flamenco con la Yuyo Sccafino y ya de adolescentes sus padres la empezaron a llevar a La Coruña.
Las trillizas también habían encontrado su propia forma de convertirse en sus 60 años que se les vinieron encima, pero con sus desafíos de siempre, su fortaleza para mantenerse en forma física, metal y espiritual. Ana Luisa diseñaba etiquetas modernas para bodegas que soñaban con parecer europeas. Ana Belén organizaba actividades culturales en clubes y escuelas con un éxito increíble porque revolucionó la manera de contactarse con lo cultural y educativo desde la vida cotidiana. Ana Eliana seguía archivando cartas, fotografías y mapas familiares con la secreta convicción de que la memoria podía salvar del olvido incluso a los pueblos. Pasaba largas noches leyendo, ávida de nuevas maneras de construcción, incorporando los colores de la naturaleza a sus diseños únicos e irrepetibles.
La finca ya no era solamente una finca. Era un pequeño territorio donde convivían épocas distintas. Doña Florencia, muy viejita ya, chiquitita, pero con un corazón gigante y una salud de hierro, apareció desde la cocina con tortas fritas, jamón crudo, café negro y una damajuana pequeña escondida bajo el delantal (ella decía que el vino la mantenía joven) Caminaba lentamente, como si el cuerpo se hubiera vuelto demasiado pesado para su alma, pero conservaba intacta la autoridad de las mujeres que habían sobrevivido a todo.
Entonces ocurrió el acontecimiento de la década. Gerónimo encendió el televisor. Primero apareció una línea blanca temblorosa. Después manchas verdes, azules y rojas deformando rostros irreconocibles. Finalmente, la imagen se acomodó y el comedor quedó iluminado por una luz eléctrica y extraña que parecía llegada desde otro siglo.
Pinky apareció en pantalla anunciando el final de la televisión en blanco y negro. La bandera argentina comenzó a flamear a todo color y durante unos segundos nadie habló. Las caras de la familia quedaron teñidas de azul, rojo y amarillo como si todos hubieran entrado sin permiso en un sueño moderno.
Las viejas observaban menos la pantalla que a los jóvenes. Eso era lo verdaderamente nuevo. Ellas habían nacido entre silencios, cosechas inciertas, guerras lejanas narradas por inmigrantes y terremotos capaces de partir la tierra. Habían aprendido primero a resistir y mucho después a imaginar. Pero aquellos muchachos ya no tenían rostro de supervivencia. Tenían rostro de porvenir.
Beltrán aseguraba que algún día existirían televisores pequeños, tan pequeños que podrían guardarse en un bolsillo. Salvador hablaba de computadoras capaces de pensar. Valentina imaginaba ciudades donde la gente viviría mirando pantallas luminosas incluso para enamorarse. Bonarda escuchaba aquellas ideas con la mezcla exacta de ternura y espanto con que se escuchan las profecías. Porque algo estaba cambiando delante de sus ojos.
Por primera vez, los más jóvenes de la familia parecían mirar más allá de Mendoza. Más allá de la finca. Más allá incluso del país. Como si el mundo entero hubiera comenzado a entrar por aquella pantalla encendida y daba la vuelta a la manzana. Y, sin embargo, alrededor de la mesa seguían intactas las pequeñas ceremonias antiguas: el vino servido despacio, las tortas fritas pasando de mano en mano, las discusiones sobre vendimias viejas, la lluvia golpeando las acequias.
Entonces Bonarda comprendió algo que la estremeció suavemente.
El verdadero milagro de la familia no eran las bodegas ni las tierras ni las cartas escondidas durante generaciones. El milagro era otro: en un país que parecía romperse cada tantos años, ellos seguían encontrando motivos para reunirse.
Afuera, la llovizna continuaba latiendo sobre los álamos desnudos. Adentro, bajo la luz azulada del televisor color, el futuro acababa de sentarse a cenar con ellos.