Ni mirra ni incienso: Invertí el oro en Cripto y nos perdimos en la quinta,dijeron los Reyes Magos

Sin la Estrella de Oriente ni la estrella culona del CONICET, para guiarlos, los tres magos se veían reducidos a tres turistas extraviados en la era de la información.

Marcela Muñoz Pan

Melchor suspiró, ajustándose la corona que se le caía por el sudor. No era el calor del desierto, sino el estrés de la "Zona de Bajas Emisiones" del centro de la ciudad. ¡Te dije que no actualices el sistema en pleno viaje, Baltasar! exclamó Melchor, forcejeando con las riendas de su camello, que estaba a punto de ser remolcado por un camión municipal.

¡La estrella culona del CONICET, no tenía interferencias por 5G! se defendió Baltasar, agitando una tablet con la pantalla trizada. El GPS dice que el portal está en un callejón detrás de un local de venta de empanadas caseras, pero Google Maps insiste en que crucemos un puente que está clausurado desde 2019.

Gaspar, el más pragmático de los tres, miraba su reloj inteligente con angustia.

Señores, son las tres de la mañana, tenemos 450 paquetes de Shein y Temu, dos sacos de carbón ecológico y el incienso está retenido en la aduana por "sustancia sospechosa". Si no entregamos esto pronto, nos van a cancelar en TikTok.

¿Y el oro? preguntó Melchor. Lo invertí en criptomonedas mientras pasábamos por los Alpes. Ahora mismo valen lo que un puñado de arena, suspiró Gaspar.

De repente, una voz metálica e impersonal retumbó desde la tablet: "En doscientos metros, gire a la derecha hacia: Calle de la Ilusión. Ha llegado a su destino".

Los tres miraron hacia arriba. No era una estrella lo que brillaba, sino el letrero de neón de un edificio de apartamentos inteligentes. ¿Cómo entramos?, preguntó Baltasar. Aquí no hay chimeneas, solo hay porteros eléctricos con cámara.

Melchor miró el saco de juguetes y luego su túnica de seda, ahora manchada de aceite de motor. Gaspar, saca el incienso. Baltasar, prepara el código QR.

Vamos a tener que convencer al guardia de seguridad de que no somos un pedido de comida a domicilio sospechosamente elegante.

Mientras subían por el ascensor (porque los camellos no pasaban el escáner de biometría), Melchor murmuró: "El año que viene, contratamos drones. Me da igual la tradición; mis riñones ya no están para "recalcular" calles por Mendoza."

La noche de Reyes había dejado de ser una coreografía de astros para convertirse en una pesadilla logística de luz azul y notificaciones de batería baja. Sobre el lomo de un camello visiblemente estresado, Melchor batallaba contra una tablet cuya pantalla insistía en girar cada vez que el animal doblaba una esquina, mostrando un mapa saturado de calles cortadas y zonas peatonales imposibles de cruzar. Ya no se trataba de seguir una luz firme en el firmamento, sino de interpretar una flecha parpadeante que, víctima de las interferencias del 5G, los enviaba una y otra vez a un callejón sin salida detrás de un centro comercial.

Baltasar, envuelto en su capa de seda, sostenía un smartphone con el brillo al máximo, comparando frenéticamente las coordenadas de los deseos infantiles con las ubicaciones de los repartidores de comida a domicilio que los adelantaban por la derecha. La magia milenaria palidecía frente a la tiranía de los algoritmos; el incienso, antes sagrado, ahora viajaba en una caja de cartón con un código de barras mal impreso que los escáneres de seguridad de los edificios inteligentes se negaban a reconocer.

Gaspar, por su parte, intentaba sin éxito sincronizar sus auriculares inalámbricos para escuchar el reporte del tráfico, mientras veía con impotencia cómo el GPS marcaba un "recalculando" eterno. La mística se había transformado en el asfalto frío de una ciudad llena de cámaras de vigilancia y porteros automáticos con reconocimiento facial que no comprendían la presencia de tres hombres con corona y cargados de cofres.

Sin la Estrella de Oriente ni la estrella culona del CONICET, para guiarlos, los tres magos se veían reducidos a tres turistas extraviados en la era de la información. El brillo de los letreros de neón y las pantallas de publicidad reemplazaba el fulgor celestial, creando un laberinto de luces falsas que los obligaba a dar vueltas en círculos por rotondas infinitas. Al final, entre el zumbido de los servidores y el silencio de las calles vigiladas, solo les quedaba la esperanza de que el instinto antiguo fuera más fuerte que la señal de satélite, antes de que el sol de la mañana revelara que, por primera vez en siglos, la tecnología les había ganado la partida a los milagros.

Llegaron frente a la puerta del 4°C. El reconocimiento facial del portero eléctrico dio error tres veces; al parecer, el sistema no estaba programado para procesar barbas de tres siglos de antigüedad y coronas de oro de 24 quilates.

"Acceso denegado. Por favor, quítese el accesorio de la cabeza", repitió la voz robótica.

Melchor, a punto de lanzar la tablet por el hueco del ascensor, suspiró y se quitó la corona. Gaspar y Baltasar hicieron lo mismo. Allí, frente a la cámara térmica, ya no eran Reyes Magos: eran tres hombres cansados, con olor a desierto y aceite de motor, sosteniendo cajas de cartón. De pronto en un clic, la puerta se abrió. No fue el código QR, ni el GPS, ni la señal 5G. Fue una nota adhesiva pegada en el visor de la cámara, escrita con una caligrafía infantil que el algoritmo no sabía leer: "Señores Reyes: la puerta está rota, solo hay que empujar fuerte. Dejé pasto en el balcón, pero como no tengo patio, puse la maceta de mamá".

Los tres entraron en silencio. En el living, la luz azul de un router parpadeaba como una estrella moribunda, pero bajo el árbol de Navidad, los zapatos llenos de barro de un niño esperaban con una fe que no entendía de actualizaciones de sistema. Gaspar dejó el celu a un lado y, desafiando la inversión en criptomonedas, sacó un viejo denario de oro que guardaba en el forro de su túnica. Baltasar acomodó los paquetes de Shein con la precisión de un orfebre.

Melchor, antes de salir, se acercó al router y lo desenchufó. Mañana vendemos la tablet en Marketplace, dijo, ajustándose la corona. El año que viene volvemos a usar la estrella. Tiene menos batería, pero nunca te manda por un puente clausurado. Y así, entre el humo del incienso barato y el silencio de una ciudad que empezaba a despertar, los tres magos se alejaron, dejando tras de sí el único milagro que el 5G todavía no podía hackear: el sonido de un envoltorio de regalo siendo rasgado con ilusión en el cuarto piso.

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