La piedra (siempre) infinita de Ramponi

La familia Zuccardi publicó una reedición de Piedra Infinita, el vanguardista poema de Jorge Enrique Ramponi con ilustraciones de Carlos Alonso y un detallado estudio de Jaime Correas. Relectura y puesta en valor de la obra.

Luis Ábrego

Días atrás, fruto del encuentro espontáneo o acaso de la inmanencia de palabras que funcionan como topografía literaria para cófrades, apareció en mis manos Piedra Infinita, el desbordante poema de largo aliento de Jorge Enrique Ramponi (1907-1977), tal vez el más admirado poeta mendocino aunque no por ello, el más reconocido.

"Piedra es piedra:

aleación de soledad, espacio y tiempo,

ya magnitud, inmemorial olvido".

En un habitual intercambio de razones, curiosidades y pequeñas obsesiones que se disparan alrededor de los libros y los escritores, Jaime Correas me acercó un ejemplar de la interesantísima edición bilingüe (traducción de Andrew Graham-Yooll) que hizo la familia Zuccardi en 2025, que además incorpora un contundente estudio de nuestro hoy miembro de la Academia Argentina de Letras y un puñado de ilustraciones del gran maestro Carlos Alonso.

"Pero la bestia mineral embiste al sueño.

El frío aliento que sopla su célula,

su faro de hielo, su mano de escarcha, apaga mi aura

pura.

La piedra pierde en mí su maroma de lágrimas".

Se trata de una cuidadísima manufactura con prólogo de Sebastián Zuccardi que marida la razón poética con el arte de los viticultores, todos nutridos no sólo del mismo paisaje sino también de semejante terroir. La Cordillera de los Andes es el telón de fondo, pero también el escenario para la creación literaria y la magnificencia de los vinos de esta tierra. "Se dice que los poetas no inventan los poemas, sino que ya existen en alguna parte y el poeta sólo los descubre", dice allí Sebastián. Y agrega: "Piedra Infinita conjuga el instante y la pequeñez ante la infinitud de la piedra (...) No es asunto de azar que una de nuestras fincas en el Valle de Uco tome este nombre como propio". Tal vez, apenas sea justicia poética.

La piedra (siempre) infinita de Ramponi

"Piedra Infinita se trata de una obra única y originalísima, como un gran vino, uno de esos irrepetibles..." , compara Jaime, para más coincidencias.

"Al pie de piedra baja la cascada compacta.

Islas y mar de piedra.

El ala de vorágine que abatió lo tremendo

espació lo derruido:

oh pormenor luctuoso, oh múltiplo siniestro".

Lo cierto es que la relectura de Piedra Infinita, del cual había tenido acceso al relanzamiento producido por Ediciones Culturales en los ‘90, volvió a disparar esa desbordante sensación de un poeta expansivo pero exhaustivo en el tratamiento de su objeto. Erudito y sensitivo, este gran "canto" (como a él mismo le gustaba definir su obra) es una explosión de fotogramas vanguardistas, casi un monólogo moderno de la pequeñez humana ante la naturaleza. Una instancia a menudo visitada por artistas y aficionados pero no siempre descripta en su profundidad y simbolismo como Ramponi logró en las primeras décadas del siglo pasado.

"El árbol es un pensamiento de la tierra,

bulle y fulge en la atmósfera con su rito de pájaros;

semáforo del alba sus veletas al viento,

escultura de pecho circular al paisaje.

No está de más consignar que Piedra Infinita apareció en 1942, de la mano de ese eterno editor y mecenas literario que fue Gildo D'Accurzio, pero que se supone fue escrito entre 1935/1936, pues algunos fragmentos se publicaron en revistas especializadas y hasta trascendieron en círculos literarios de la época, llegando a impactar a contemporáneos como Ricardo Tudela, Antonio Cuadrado, Jules Supervielle o el mismísimo Pablo Neruda, con quien la leyenda se encargaría de tejer alguna polémica, en especial en torno de su celebrado Alturas de Macchu Picchu. Tensiones del ego que también el libro refleja por la estudiosa insistencia de Correas.

"Piedra por piedra,

desierto sólido, áspero alcázar,

nudo macizo hasta lo negro.

Piedra o enigma de lo abstracto

o realidad de mito puro,

olvido de Dios ya dios de olvido".

Como se dijo, Piedra Infinita es un gran y largo poema. No es un conjunto de textos diversos, sino uno solo. Al decir de Jaime en su atractiva caracterización de la obra escrita en tono epistolar con Zuccardi, "es una creación poética con gran variedad interna, con una riqueza extraordinaria de imágenes, con distintos ritmos, con un vocabulario que por momentos nos exige un diccionario, pero es una obra que tiene una indisoluble unidad, de estilo y de tono".

"Piedra o vanidad del tiempo que a sí se erige dólmenes.

Máscara turbia de una fábula lenta que perdura en su

mímica".

Ejercicio absoluto de creación y trabajo de orfebre, el autor expone su talento -tal como apunta el especialista- al establecer una especie de desafío personal para los "desplazamientos de sentido". "Ramponi -agrega Jaime- escribe un poema sobre la cordillera, sobre las montañas y ninguna de esas palabras está en el texto". Una muestra de maestría sobre la inspiración sin la tentación regionalista y por ende, la trascendencia universal. Esta piedra que nos enmarca y define puede ser tan parecida a cualquier otra piedra del planeta. En todo caso, lo que subyace y aflora es la sensibilidad de quien mira, descubre y registra. Un instante que bien vale la eterna magnitud del macizo, pero también de los que leyendo, no podemos dejar de contemplar la representación de la belleza.



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