Poblana vendimia cuyana
Narrativa costumbrista sobre liturgias populares y fiestas de tierra adentro, por Matías Edgardo Pascualotto, autor de "Las políticas hídricas y el proceso constitucional de Mendoza".
Apretujada bajo el encorsetado vestido, la candidata sobrevivía a los nervios de la víspera. La rodeaban las mujeres encargadas de engalanarla, secundándola en sofocante número en el pequeño saloncito de la casa municipal. En tanto, la niña se mantenía quieta... quietita -como le indicaban- tratando de no pincharse con los alfileres que inundaban su ajuar, mientras miraba sus manos curtidas, ayer mismo encargadas de la faena impuesta por la cosecha, en la finca patronal.
Idas y venidas, carreteles de hilo, enhebrados, dedales, tijeras y géneros brillosos completaban el conjunto, acompasado por un nervioso sonido de pedidos, apuros y encargos que recordaba a un nervioso enjambre de abejas.
La imagen se repetía, como un reflejo de espejos, en los cuartos contiguos del chato edificio blanco, en los cuales, otras tantas aspirantes al trono asistían al mismo cuadro junto a sus asistentes, como una múltiple reproducción de las meninas de Velázquez.
Afuera, en la antesala, dos ordenanzas preparaban el palco que habría de servir de solemne lugar a las autoridades del pueblo y sus acompañantes. Mientras montaban las guirnaldas sobre la techumbre del conjunto, bajo el cual se alineaban las hileras de pequeñas sillas, traídas de la escuela pública para la ocasión, comentaban la novedad del inminente arribo del señor ministro a los festejos de vendimia, lo cual, decían, había tenido al trote al personal municipal en las vísperas de la jornada.
Los aprestos se realizaban bajo el azote de las mandas mil veces multiplicadas del intendente, cuyo vozarrón era acompasado por un ejército de escobas, baldes, pinturas, regado de banquinas y movimiento de muebles que revolucionaron el viejo edificio comunal.
Ya se veían sobre la calle, la principal del pueblo, cortada desde temprano en sus dos esquinas más próximas para permitir el paseo peatonal, los grupos de vecinos, prestos a ocupar los lugares frente al palco, sobre la vereda opuesta, la de la plaza del lugar, munidos todos de uno que otro refrigerio y eventuales sillas plegables, portadas previsoramente por el varón de la casa para aplacar el cansancio de su patrona.
Ufanas las familias, en sus pilchas de domingo, oteaban las ventanas del edificio municipal, tratando de vislumbrar a la candidata, mientras forzaban vistas hacia el horizonte, esperando el polvaredal que trajera en andas el coche del ministro y su cohorte, sobre el callejón de acceso al pueblo.
Simultáneamente, curioseaban insistentemente las esquinas de la plaza, esperando ver aparecer tras alguna ochava, el corso de disfraces organizado por las maestras de la escuela, que cerraría el cortejo de los pingos, los aperos, y los trajes gauchos, tras el mateo que trasladaría a la elegida reina local.
Más allá de la chismografía del lugar sobre la inminente elección de la niña agraciada con el reinado -que daba tantos votos en contra como a favor de una u otra representante, fundando apoyos y críticas en la belleza, la ternura, la humildad, o, contrariamente, la amistad de sus patrones con este o aquel influyente caudillo- la alegría trascendía la eventual disputa, y ya, a esas horas, los grupos de habitantes inundaban el lugar para protagonizar en primera persona los festejos, ilusionados con los premios de la rifa prometidos por el club social, cuya sede, veredas más allá, ofrecía a la venta, ante su gran portón abierto, la oferta de pasta frola, empanadas y vaso de vino tinto.
La banda de música de la casa de la cultura local, había aprestado también su participación en los festejos, y, en un espacio cercado con una soga sujeta de extremo a extremo entre algunos álamos de la calle, organizaban sus instrumentos. Lanzando al aire alguna que otra prueba de sonido, materializado en un bordoneo seco de guitarra o un aislado acorde de violín, iban poniendo movimiento a la tranquilidad cotidiana del entorno.
Temprano arribaron los padres de las candidatas, orgullosos de sus flores en primavera. Sentados en sendos lugares del palco, aguardaban, temprana y pacientemente, la llegada de las autoridades y las comitivas oficiales, en esa noche que los tenía por protagonistas, mientras que alguna que otra niña o comadre curiosa se acercaba, solicitándoles informaciones sobre esta o aquella aspirante a dama regia.
Completaban el movido cuadro los jóvenes de la zona. Los varones, sentados a media cuadra, en el bar de don Manuel, apuraban uno que otro trago acompañando el pucho de tabaco negro, mientras esperaban ansiosos ver pasar a las familias para saludar con galantería a una que otra dama de sus ensueños.
En contrapunto, caminando por los embaldosados veredines de la plaza, del brazo de sus hermanas, alguna que otra novia incipiente, bajo la timidez de las formas impuestas por el claustro vital del poblado, movía los ojos con recato, buscando esa mirada que le revelara alguna nupcial promesa futura.
Las voces del pueblo se oían unísonas, en confuso contrapunto con sus diversas charlas, mientras el corso ensayaba, todo se aprestaba para romper la monotonía de esa planicie chata, bajo los efectos del carrusel devoto de las uvas nuevas.