Prohibido matarse

Cómo fue modificándose la concepción sobre el suicidio y por qué a partir del Siglo IV el Cristianismo lo prohibió entre sus fieles. Escribe la historiadora Luciana Sabina.

Luciana Sabina

Como todos sospechan, el suicidio existe desde que existe el hombre. La idea de "buen morir" (Eu thanatos, origen de eutanasia) estaba presente entre los griegos. Platón afirmó en la República -utopía de una sociedad a la que consideraba ideal- que a los que no eran sanos corporalmente se les debía dejar morir.

Por su parte, el también griego Hipócrates se opuso a la eutanasia. Para él eran fundamentales la santidad de la persona y el verdadero bienestar del paciente. De allí viene el Juramente Hipocrático, que reza:

"Y no daré ninguna droga letal a nadie, aunque me la pidan, ni sugeriré un tal uso, y del mismo modo, tampoco a ninguna mujer daré pesario abortivo, sino que, a lo largo de mi vida, ejerceré mi arte pura y santamente".

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Tanto para griegos como romanos el suicidio podía ser una práctica de reconocimiento hacia el otro, es decir que aquellos que eran condenados a muerte y eran personas consideradas importantes, podían optar por suicidarse en lugar de ser humillados públicamente durante una ejecución.

Tal fue el caso de Sócrates, en caso de que haya existido, algo que sólo Menem aseguró con seguridad:

"Sócrates -cuenta Platón en su obra Fedón- fue condenado a muerte, sus amigos le prepararon un plan de fuga, pero él prefirió acatar la ley y murió por ello. Pasó sus últimos días de vida con sus amigos y seguidores. Poco antes de cumplir su sentencia se bañó, para evitar con ello que las mujeres tuvieran que lavar su cadáver. Una vez limpio bebió el veneno, y cuando sintió sus piernas ya pesadas, se acostó dignamente sobre sus espaldas, sin quejarse ni mostrando sufrimiento alguno, si no al contrario él era la persona más optimista que se encontraba en ese lugar ya que toda la demás gente sufría al saber que Sócrates iba a morir, con esto despertó la admiración de cuantos lo rodeaban".

En Roma uno se podía suicidar tranquilo en caso de estar desahuciado, lo que le daba racionalidad a la decisión. Para este pueblo sólo se penaba el suicidio irracional. Prevalecía la idea de que quién no era capaz de cuidar de sí mismo, tampoco cuidaría de los demás, si no era útil a la sociedad era razonable que desapareciera.

Se aceptaba el suicidio inducido por dolor, enfermedad, cansancio de la vida, locura o el miedo al deshonor. Mientras que estaba prohibido para esclavos y soldados: el primero por consideraciones económicas, y el segundo por razones patrióticas.

Distintos pensadores romanos dejaron algunos pensamientos al respecto. Séneca señaló que "no se trata de huir de la vida sino de saber dejarla" y que "es preferible quitarse la vida, a una vida sin sentido y con sufrimiento".

Mientras tanto, Epícteto veía a la muerte por suicidio como una afirmación de la libertad, similar a las bases de quienes hoy piden leyes de eutanasia. Marco Aurelio, en su Libro III, aclaró que "una de las funciones más nobles de la razón consiste en saber si es o no, tiempo de irse de este mundo".

Con la llegada del Cristianismo no se modificaron las concepciones clásicas, en un principio, no solo no condenó el suicidio, lo vio como una forma de aceptar el martirio y ganar el Cielo.

La esperable ola de suicidios alarmó a las autoridades cristinas que empezaron a prohibir quitarse la vida a sus fieles. Puntualmente el cambio comenzó a partir del siglo IV.

El general que se cayó del caballo

San Agustín equiparó el suicidio al homicidio y no admitía ningún tipo de excepción, ni en casos de gran dolor moral ni desesperación. Durante el Concilio de Arlés (452) se declaró que el suicidio era un crimen. Por otra parte, en el siglo siguiente la Iglesia lo sancionó penalmente al dictaminar que el suicida no fuera honrado con ninguna conmemoración en la liturgia, excluido del camposanto.

Además, el cuerpo de los suicidas debía ser maltratado y humillado, enterrado en la encrucijada de los caminos para evitar que descansara y sus bienes confiscados, la familia no podía heredar nada.

La posición final de la Iglesia al respecto fue sintetizada por el recordado Juan Pablo II:

"El suicidio es siempre moralmente inaceptable, al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como decisión gravemente mala. Aunque determinados condicionamientos psicológicos, culturales y sociales puedan llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente la inclinación innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad subjetiva, el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general. En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte, proclamada así en la oración del antiguo sabio de Israel: «Tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y de allí subir»".

Adentrándonos en la modernidad, las leyes de los nacientes Estados tomaron muchos preceptos morales de la cultura judeocristiana, entre ellos el concepto sobre el suicidio.

Según la especialista Isabel Ramos Vázquez, para el antiguo derecho castellano el suicidio compartía podio "de aberraciones" junto a la herejía y la sodomía. Por lo cuál se estableció legalmente el ya mencionado maltrato al cadáver, la pena de confiscación de bienes y ausencia de sepultura.

Recién las codificaciones del siglo XIX eliminaron los castigos hacia los restos del suicida, así como la confiscación. Pero esa es ya otra historia.

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