Sergio Zanier, el "Merlí" argentino que vive en Mendoza: filosofía, política y su rol de inmigrante

El profesor Sergio Zanier fue reconocido como "fundador" de la carrera de Derecho de la UNCuyo y también fue docente de la Universidad del Aconcagua. Las varias generaciones de alumnos que pasaron por sus aulas lo reconocen, sin dudarlo, como un auténtico "Merlí", el empático personaje de la serie catalana.

Merlí, el personaje de la serie catalana que atrapó por su estilo empático al enseñar filosofía, debería ser "el Zanier español". Es que Sergio Zanier, el italiano que llegó en su adolescencia a Mendoza, en 1951, y se transformó con el paso del tiempo en el más aplaudido docente de filosofía en las carreras de Derecho de la UNCuyo y en la Universidad de Aconcagua, le antecede en todo: en el hecho mismo de arengar a los alumnos a aprender a pensar con sentido crítico por sí solos y también, a recoger su siembra de empatía, humor, vehemencia y pasión racional, que caracteriza al docente de la ficción y al real.

Pero como hay pocos que no hayan visto la serie, sirve para parangonar a Zanier como el "Merlí" argentino, un inmigrante italiano que vive en Mendoza, que se agrega un año cada vez que puede ("Estoy por cumplir 84... ¡84!") reafirma, con contundencia cada vez que puede.

Su memoria está intacta, y va más allá: no lo condiciona el uso de la tecnología a la que la mayoría ya le ha entregado la tarea de recordar cumpleaños vía Facebok, o números telefónicos desde el directorio de un celular. No maneja siquiera el correo electrónico. Ajeno a todo eso que critica aunque evita demonizar, es uno de los pocos que camina sin mirar para abajo, teléfono en mano y que prefiere "mirar a los ojos a las personas para adivinar qué piensan sobre lo que estamos hablando", según le cuenta a Memo en su casa, un departamento con cama, cocina y libros en Godoy Cruz.

Allí continúa en los espacios comunes de edificio y en las cuadras circundantes la tarea iniciada en las aulas. En una breve caminata, le gritarán desde arriba, desde enfrente, se oirán saludos desde la esquina, a su paso, le harán una broma desde la entrada, le reclamará con una lista de improperios cariñosos al portero y un joven relacionista público y cronista, Agustín, lo atenderá desde la ventana de su casa/estudio, simulando una entrevista, todo, en cuestión de minutos:

Usa el Metrotranvía que para en las inmediaciones de su casa para ir al Centro. Vive y se mueve solo. Divorciado y separado varias veces tiene una hija, Pupi y tres nietas, que son de Boca. "A mis 13 años me preguntaron de qué club era hincha, apenas llegué a la Argentina. ¡No tenía idea! Entonces, pensé en la iglesia de mi pueblo, en Udine, Italia, y dije: 'San Lorenzo'". Por suerte, había un equipo aquí con ese nombre, atinó, y los colores no lo abandonaron jamás. Hasta un cordel azulgrana que compró en La Alameda bordea el perchero de pared en donde cuelga y descuelga sus abrigos, según dicte el estado del tiempo.

Precisamente esa iglesia, en la Italia más germana y cercana a Austria, en el Friuli, es testigo de una contraseña que sólo él y su hija, hasta hoy, sabían que quedó marcada. Es que antes de dejar sus afectos, alegrías y pesadumbres de la niñez junto a sus padres para partir a "hacer la América", buscó en donde dejar una marca de recuerdo para volver a verla en un potencial regreso. Pensó que si lo hacía en su casa, podría perderse al pasar de mano en mano. Por eso eligió el altar de la iglesia. Detrás, su enorme estructura de madera, tiene impresas sus siglas. Hace poco volvió. Allí estaba la marca que dejó hace 70 años. Tiene un collage con las fotos de aquel viaje sobre la pared, que exhibe como único trofeo aceptado, después de tantos triunfos anónimos que ha protagonizado al conseguir que sus alumnos sepan de Filosofía, sin más que ejerciendo su máxima: preguntar, preguntarse, formular interrogantes:

No recibe mensajes por SMS ni WhatsApp. Tampoco consulta internet: va a los libros o a la memoria, que de tanto ejercitarla, mantiene musculosa, dinámica. Así, es probable que nunca lea esta nota o tal vez alguien se la cuente, del mismo modo en que manda artículos a los diarios y alguien después se lo comenta, con lo que da por cumplida su misión y verificado el rating de su análisis sobre tal o cual tema, sobre los que suele ser puntilloso, pero directo: sin meandros dialécticos.

Mejor entonces hablar con él. Sabe hacerlo. Conoce cómo mantener durante horas atento a un interlocutor, atrapado y sin ganas de cortar esos momentos.

Empezará emocionado, recordando cómo Eva Perón lo ayudó a echar raíces en Argentina. Contará su pasado como hijo de partisanos, llevando mensajes debajo de su gorra, de niño, a los antifascistas por esas montañas que "me conocía de memoria". Su militancia comunista lo llevó a discutir frente a frente con los grandes dirigentes del país y Mendoza y luego, con la democracia recuperada, tras haber sido "aguantado" por la mueblería de Grosso y Gravina como "maderero pragmático", tal como define su etapa de carpintero -de la que el fotógrafo Daniel Barraco dejara gran testimonio con una foto que dio la vuelta al mundo- se sumó al radicalismo, al que creyó más intérprete de su espíritu republicano e institucionalista.

Mejor, ecucharlo:

Con un libro sobre su pueblo de origen sobre la mesa, Zanier se dispone a afirmar su preferencia por los sofistas griegos. "Los filósofos griegos nunca me entusiasmaron demasiado", confiesa y lanza su propio canon sobre desde dónde abordar la Filosofía. "Prefiero a los sospechados", dijo:

La foto que le tomara el gran fotógrafo Daniel Barraco lo muestra en su meridiano, a los 35, en la carpintería. Refugiado allí por sus ideas que combatía la dictadura, la foto sin embargo lo mostró al mundo, porque ganó un concurso e integró un libro junto a la de otros obreros en acción, que fue editado en Suecia y traducido al inglés y el japonés. Zanier lo muestra y se emociona al recordar a sus protectores de un tiempo oscuro, a quienes cree, les debe la vida:

Hay más Zanier

Zanier está activo, a sus 83 años y recuerda que está en el borde de los 84. 

Tiene más cosas para decir y las dirá en Memo en los días sucesivos: su paso por la gestión pública y la filosofía de ser parte del Gobierno; el ímpetu fracasado de renovar todo, todo el tiempo y la necesidad de dejar madurar el barro para construir políticas duraderas, como adobes, en lugar de pedaliar en ese fango que no se deja secar.

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