A 465 años de la fundación de la Ciudad de Mendoza: Un padre fundador

Esta narrativa ofrece una visión cruda y desmitificadora sobre la génesis social de Mendoza, retratando a un supuesto "padre fundador" no como un héroe noble, sino como un oportunista violento que escapó de la justicia española. Por Matías Pascualotto.

Matías Pascualotto

La corteza áspera del algarrobo en el que buscaba algo de sombra ante el inclemento sol, raspaba, sobre el lino de la camisa, la piel del capitanejo.

Ajeno al mundo circundante, mascaba una rama del árbol que intermitentemente hacía jugar entre sus roídos dientes, mientras observaba distante el grupo de tez cobriza y cansinos movimientos, que zapeaba los surcos bajo el sol.

Recordaba aquellos días en que la oportunidad lo metió en el grupo que engordó la tripulación del navío, haciéndolo zafar de la cárcel que Madrid le tenía destinada. A pocos días del embarco, sumido en ese rejunte de jefes de linajes que, por su insignificancia, no tenían cabida ya en el administrativo mundo de las genuflexiones peninsulares, destacó por su soberbia y ferocidad de pobre diablo acostumbrado a la callejera supervivencia.

La actitud de hábil advenedizo, sazonada con una sagaz psicología de obsecuencia y atisbos sadismo, lo fueron acercando, no sin continuas rencillas (y exhibidas dagas) con los compañeros de la roñosa cubierta, al grupo del adelantado que iba comisionado a las tierras inhóspitas de unos páramos secos, rodeados de rocas y estratégicos caminos.

No se vive de laureles (alimentos, armas y medicinas para el ejército libertador)

Largo sería el viaje a los reinos de Chile, tras esa perdida capitanía, en los confines del Perú.

En su destino mudó el ropaje, y con su nuevo sombrero de ala inclinada (al que anexó como conjuro contra su inferior condición de rústico, una osada pluma de avestruz esquilmada en los corrales de la vieja estancia jesuítica donde hicieran una de las tantas noches estrelladas en el Puerto del Callao), y una aspiracional capa ancha. El estrafalario atuendo fue canjeado por casi todas las monedas que viajaron incrustadas en su cinturón, producto de las fechorías en la madre patria, y, producto de la metamorfosis externa, arqueaba la silueta al paso de la aristocracia de segundones limeños avecindados en la ciudad, recorriendo las veredas empedradas, en las cuales andaba al garete.

El resto de los pocos cobres se le fueron con el buhonero taciturno, que en el toldo del traspatio de la fonda, usufructuaba sus habilidades de numismático autodidacta, trazando paciente, los dedos manchados en tintas, heráldicas imaginarias y blasones sin ascendencia.

La suerte estaba echada, y el mito hizo otro tanto, aleccionándole, desde la exageración autorreferencial, lejanas y gloriosas jornadas ecuestres nunca habidas. La ficcionalidad bastó para que la administración distraída y semiletrada del fuerte local- instrumentalmente ávida de brazos- , lo contara entre sus lugartenientes en el contingente de Pedro del Castillo, que en fila india, y con más pompa que prosapia, se dirigía al Valle de los Guanacos.

En las jornadas de toma de posesión de esos páramos de acequias serpenteantes y habitantes dóciles, la ferocidad - representante conspicua de la revancha del vencido por la vida contra el más débil- , lo premió con esas tierras de regadío en los confines del Goazap Mayu.

Pagando la hospitalidad del jefe tribal con el artero asesinato (defensa propia, diría el expediente de los superiores, que con boca fruncida llenaban el sumario), terminó con la cabeza de la estirpe, consolidando su posición indiscutida de señor de la parcela asignada en el reparto escritural de esa acta fundacional, más ideal que real.

El látigo y la coacción hicieron el resto sobre la rama de la etnia, adosada por milenios a esos terrenos de escoriada tierra seca y siempre insipientes brotes del esfuerzo ancestral, la cual, consuetudinariamente, vería convertir, resignada, la humillación y la tortura en caudillaje.

Nacía un padre fundador. 

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