El oasis norte de Mendoza: cuando el agua comienza a faltar

Por ahora nadie se hace cargo de la crisis del oasis norte, mientras se autorizan en forma irresponsable nuevos barrios y se abandonan propiedades rurales. El análisis de Rodolfo Cavagnaro.

Rodolfo Cavagnaro

Mendoza nació y creció como un oasis en el desierto. Esa condición -que durante décadas fue motivo de orgullo- hoy se ha transformado en una advertencia. 

El oasis norte, donde se concentra cerca de tres cuartas partes de la población provincial, enfrenta una realidad incómoda: la demanda de agua ya supera, en los hechos, la disponibilidad sostenible del recurso. 

El problema no es nuevo, pero sí cada vez más evidente. Años de crecimiento urbano desordenado, consumo irresponsable, infraestructura envejecida y una matriz productiva intensiva en agua chocan ahora con un escenario agravado por el cambio climático, la disminución de caudales y la mayor variabilidad hídrica.

Un diagnóstico que no admite maquillaje

El oasis norte alberga a más de 1,3 millones de personas en una región árida donde el agua depende casi exclusivamente del deshielo cordillerano. En años secos, la disponibilidad por habitante cae a niveles que los organismos internacionales ya califican como estrés hídrico.

A esto se suma un dato clave: el mayor consumo no es doméstico, sino productivo. La agricultura explica entre el 80 y el 90 % del uso total del agua, mientras que el consumo urbano ronda apenas el 10%. Sin embargo, la expansión de barrios, loteos y emprendimientos inmobiliarios continúa como si el recurso fuera infinito.

El resultado es una ecuación insostenible: más población, más consumo y menos agua disponible. Y se agrava porque nuevos barrios significan menos cultivos y menos espacios destinados a generar oxígeno para la calidad del aire del oasis.

En este contexto, la minería suele aparecer en el debate público como uno de los grandes villanos del agua. Pero los datos obligan a matizar. En Mendoza, la minería no es hoy un actor relevante en términos de volumen de consumo hídrico, muy por debajo del uso agrícola y urbano. En muchos casos, de calidad no apta para consumo humano ni riego.

Esto no significa que el tema sea irrelevante. La preocupación social tiene que ver menos con la cantidad y más con dónde se usa el agua, qué riesgos existen para los acuíferos y cuán confiables son los controles del Estado. En un territorio con estrés hídrico, cualquier nuevo usuario intensivo despierta desconfianza.

Las experiencias internacionales son claras:

- Chile ha debido recurrir crecientemente a agua de mar desalinizada para su minería, reduciendo la presión sobre cuencas continentales.

- Israel prohíbe el uso de agua potable para actividades industriales intensivas.

- España exige evaluaciones estrictas de disponibilidad por cuenca antes de habilitar proyecto nuevo y la alternativa es que pueda utilizar agua subterránea salina o de baja calidad

La conclusión es incómoda pero necesaria: la crisis del agua en el oasis norte no se explica por la minería, sino por un modelo territorial y productivo que nunca internalizó los límites del recurso. Eso no exime a la minería de controles estrictos, pero sí obliga a enfocar el debate donde realmente importa.

El corazón de la crisis hídrica mendocina está en:

  • - la expansión urbana sin planificación,

  • - el derroche normalizado por tarifas bajas y falta de medición,

  • l- as pérdidas del sistema de distribución,

Israel, España y -con dificultades- Chile muestran que hay caminos posibles: reutilización masiva de aguas tratadas, gestión integrada por cuencas, tarifas que reflejen la escasez y planificación de largo plazo. Nada de esto es mágico ni barato, pero todo es más económico que dejar que la crisis se profundice.

Una decisión que no puede seguir postergándose

El oasis norte de Mendoza ya está viviendo por encima de sus posibilidades hídricas. La pregunta no es si habrá que ajustar, sino cómo y con qué criterio.O se planifica ahora -con datos, límites claros y equidad- o el ajuste llegará solo, de la peor manera: con conflictos sociales, freno al desarrollo y desigualdad en el acceso al agua.

En Mendoza, el agua no es un insumo más. Es el límite último del crecimiento. El último límite de una calidad de vida digna para toda la población. Reconocerlo no es resignarse: es la única forma de construir un futuro viable.

El problema no se resuelve solo con más obras, ni solo con conciencia individual.

Se resuelve con:

  • - menos expansión

  • - menos derroche

  • - mejor uso

  • - decisiones políticas incómodas

Si Mendoza no actúa ahora, el ajuste lo va a hacer la naturaleza, y ese ajuste siempre es más caro e injusto. Y no se trata de hacer ideología sino de actuar con responsabilidad. El oasis es un ecosistema muy sensible e inestable y el Estado debe regular su uso en beneficio de la población.

Algunos caminos que se podrían recorrer

1- Primera decisión incómoda pero necesaria:

  • Frenar la expansión urbana en zonas que dependen de agua superficial y subterránea frágil.

  • Revisar seriamente habilitaciones de barrios privados, loteos y emprendimientos intensivos en agua.

2- Medidas posibles:

  • Tarifa progresiva real: quien consume más, paga mucho más.

  • Medición efectiva: no puede haber agua sin medidor en 2026.

  • Penalizaciones claras por derroche (riego en horas prohibidas, lavado de veredas, lavado de autos, etc.).

  • - Incentivos fiscales para:

    • - reutilización de aguas grises

    • - cisternas

    • - sistemas de riego eficiente domiciliario

No se trata de castigar al que menos tiene, sino de desalentar el derroche estructural, que hoy está naturalizado.

3- Inducir a un cambio de la matriz productiva

Gran parte del consumo no es doméstico, es productivo.

Opciones reales:

  • - Priorizar cultivos de alto valor y bajo consumo frente a extensivos ineficientes.

  • - Reconversión tecnológica obligatoria: riego presurizado, control de pérdidas, sensores.

  • - Revisar concesiones históricas de agua que ya no tienen sentido productivo ni social.

Esto requiere coraje político, porque toca intereses fuertes.

Hay muchas más ideas que se podrían aportar, pero es necesario una decisión política de abordar el tema con seriedad. Ya no se pueden hacer planes a 4 años. Hay que hacer un plan a 30 años, pero teniendo en cuenta que es muy posible que en 2050 nos quedemos sin agua.

En estos planes habrá que ver cómo se limitan los asentamientos poblacionales en el oasis norte y qué chance se les da a las personas que vengan del crecimiento vegetativo y preparar a los otros oasis para una mayor afluencia poblacional.



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