¿La inflación es adictiva "como la cocaína" para algunos gobernantes?

Un planteo inteligente de un emprendedor mendocino en las redes, dos respuestas relevantes a su tuit y dos artículos más de fondo para ampliar el tema.

Emilio Aguiló fue director de Emprendedores de la Subsecretaría de Industria y Comercio del Ministerio de Economía y Energía de Mendoza y se apartó programadamente del cargo para retornar a su propia actividad privada.

Habitualmente activo en Twitter, sorprendió al verbalizar una verdad que poco se discute en los medios y es que algunos gobiernos prefieren tener inflación a no tenerla.

Aguiló fue suspicaz al plantear una pregunta al respecto en esa red social: "Dicen algunos economistas que la inflación es adictiva como la cocaína para algunos gobernantes. Recaudan más y licúan gastos con devaluaciones consecuentes ¿Qué opinan de esto los que saben?".

Y recibió respuestas de personas relevante del mundo económico, como las siguientes:

Santiago Bulat: "Eso existe. Por eso es el peor ajuste, porque no está controlado y afecta a los que no se pueden cubrir. Igual eso tiene un límite, con muy alta inflación la recaudación no aumenta. El otro punto es cuánto de tu gasto está indexado a inflación pasada. Hoy en Argentina, mucho".

Carlos Maslatón: "Opino que el efecto Tanzi ha dejado de existir por razones tributarias-tecnológicas. Opino que la inflación argentina actual tiene un gran componente de actualización natural de precios del mercado tras una larga recesión deflacionista en términos reales y que no es tan grave".


Ampliando el tema de la adicción a la inflación

Memo salió a buscar opiniones de fondo existentes en torno al asunto planteado por Aguiló. Y sí, podría afirmarse que quienes sostienen que "luchan" contra la inflación en realidad la sostienen por conveniencia propia o de su sector.

Lo contó el economista Iván Cachanosky en un artículo en el que puntualizó 3 mitos:

Si la mayoría de los economistas coinciden, o por lo menos admiten que la emisión monetaria es un factor (aunque no el único) muy fuerte que influye en la inflación, ¿por qué los gobiernos se empeñan en emitir? ¿Por qué los gobernantes querrían lidiar con la inflación? Principalmente, hay tres razones debido a las cuales, los políticos de turno se hacen del instrumento de la emisión.

Estos tres puntos serían en primer lugar el mito instaurado de que dinero es sinónimo riqueza; el segundo en la creencia de que a costa de la inflación se puede eliminar el desempleo; y el tercero en que en el corto plazo es beneficioso para los gobernantes de turno.

Mito #1: El dinero es sinónimo riqueza

Es muy común creer que el dinero es sinónimo de riqueza o, dicho en otras palabras, que si una persona obtiene más dinero incrementará su riqueza. De ser esto cierto, ¿no sería grandioso emitir ya que estaríamos, en teoría, creando riqueza?

El problema es que el dinero, per se, no es sinónimo de riqueza. Imaginemos una economía en donde existen tres tipos de bienes: camisas (50 unidades), pantalones (25 unidades) y zapatos (25 unidades). Y con la idea de simplificar el ejemplo supongamos que una sola persona compra todos los bienes de esa economía pagando US$500. Si esta persona, por alguna razón, duplica sus ingresos a US$1.000 ¿puede comprar más bienes? La respuesta es un rotundo no. Solo podrá comprar más bienes si se producen más bienes.

Esto nos lleva a la conclusión de que la riqueza está en los bienes y no en el dinero. Éste es sólo un medio de intercambio para adquirir bienes. Pero mientras pensemos que el dinero es sinónimo de riqueza, seguirá siendo la excusa ideal para continuar con la "moda emisionista".

Mito #2: A costa de la inflación se puede eliminar el desempleo

Esto implica un supuesto trade-off entre inflación y desempleo. El economista William Phillips observó distintos estados en el Reino Unido, llegando a la conclusión de que los gobernantes deben elegir entre un mal menor: O tenían desempleo o tenían inflación. En otras palabras, un país con elevado desempleo, si quería bajar el mismo, pues bien, debía emitir dinero para generar trabajo y el desempleo iba a bajar a costa de que la inflación aumentase. La evidencia empírica avaló a Phillips hasta la década del 70, cuando empezaron a presentarse casos de alta inflación y alto desempleo. De esta manera, la teoría quedó refutada.

Sin embargo, en muchos países esta idea sigue vigente, sobre todo después de la crisissub-prime donde keynesianos aprovecharon para reforzar sus ideas a pesar de que la crisis se debió a un Estado más presente que ausente.

Mito #3: La emisión es beneficiosa para todos

Por último, y probablemente la razón más importante para los gobernantes de turno, es que el hecho de emitir les permite obtener el dinero antes que el resto. Debido a que el mundo globalizado se encuentra permanentemente produciendo bienes, este dinero extra le permite a los gobernantes de turno y sus amigos del poder marcar una diferencia en el corto plazo.

En cuanto el dinero empieza a circular, los precios relativos comienzan a variar perjudicando al último eslabón de los que reciben este dinero extra: los ciudadanos. En otras palabras, más que crear riqueza lo que se hace es comprar barato, a costa de que otros compren más caro en el futuro. En definitiva, se perjudica a los últimos que reciben el dinero para así favorecer las arcas del gobierno.

Estos tres puntos suelen estar presentes a la hora de defenderse la emisión. En realidad, la cantidad de dinero a emitir es imposible de calcular, ya que implicaría conocer la demanda de dinero de la población y la misma es altamente subjetiva y variable.

Pretender adivinar cuánto dinero van a demandar las personas es tarea imposible y por esa razón se debería abrir la puerta al libre mercado por dos razones: La primera es porque la oferta de dinero tendería a seguir a la demanda de dinero, y en segundo lugar, para evitar que los gobernantes de turno continúen con sus estafas emisionistas.

Y más. Por su parte, Bertie Benegas Lynch también opinó al respecto en un artículo publicado por Faro Argentino:

El flagelo inflacionario lleva ya muchas décadas y los gobernantes invariablemente prometen "atacar", "combatir" o "controlar" el problema. Con el uso de este lenguaje, los políticos se ubican astutamente en una posición ajena al origen del asunto, como si se tratara de un monstruo invasor o una circunstancia extraña a la naturaleza del Estado. Esta retórica, sin solución de continuidad y con independencia del color político del grupo gobernante, lleva muchos años y expone dos problemas graves. El primero refleja que se ha hecho un mal diagnóstico respecto del origen de la inflación o simplemente deja expuesta una resistencia de los gobernantes a reconocer públicamente la verdadera causa. Cualquiera sea el caso, debido a esto se dispara el segundo problema que consiste en desatender las causas de la cuestión y buscar soluciones que terminan generando otro tipo de distorsiones adicionales.

En este plano de la problemática monetaria, no es casual que el discurso de casi todos los gobiernos contenga acusaciones, culpas y persecuciones a consumidores, comerciantes, los oligopolios, intermediarios, la vil concentración de grupos económicos y hasta se dice que la inflación está "autoconstruida en la mente de la gente", tal como hemos escuchado decir al actual presidente sin el menor atisbo de vergüenza y en un contexto de inflación descontrolada.

La opinión pública ha avanzado mucho en la comprensión del origen del entuerto al que nos referimos. Cada vez más gente comprende que la inflación se debe únicamente a la emisión exógena de dinero y que, sus efectos, son la pérdida del poder adquisitivo y la distorsión en los precios relativos. Sin embargo, dado que la falsificación legal de la moneda fiduciaria es una fuente importante del robo de la política, los gobernantes siguen inmutables insistiendo en la difusión de pistas falsas para salirse con la suya.

Todo trabajador que habita el bendito suelo argentino está sometido a este aberrante fraude del oficialismo de turno y, actualmente, también se encuentra desprotegido por la falsa oposición que, en el mejor de los casos, no propone medidas de fondo. Ocurre que la casta política de ambos bandos comulga con la idea de no abandonar el monopolio del dinero y el crédito porque eso sería quemar los puentes, deshacerse de una importante llave que abre la puerta al despilfarro del cual viven. Por esto es que, en lugar de liberar el mercado financiero y terminar con el monopolio de la llamada autoridad monetaria, hablan de la necesidad de controlar precios, activar la ley de abastecimiento, imponer leyes antimonopolios, poner en rigor la ley de la competencia y otras intervenciones que solo agravan las distorsiones de los precios y envían señales falsas a los procesos productivos.

Algunos otros líderes políticos, empresariales y sindicales se refieren a la importancia de un diálogo o de la necesidad de una concertación. Todos estos consensos son para defender sus privilegios y para que sigan siendo pagados por los ciudadanos honestos. En esos encuentros espurios convergen los más rancios monopolios artificiales: políticos ladrones, empresarios prebendarios, reyes de mercados cautivos y sindicalistas con personería gremial, un aval para desangrar trabajadores en provecho propio.

A cada gobierno entrante se le dice que enfrentará un gran desafío y que deberá, cuanto antes, "atacar" o entrar en "guerra" contra la inflación. Sin embargo, todos han pasado por el cargo empeorando la situación heredada. Las soluciones de raíz han sido expuestas por varios encumbrados economistas de la Escuela Austríaca: terminar con la llamada autoridad monetaria y el curso forzoso; de manera que no faltan guías para dar con la solución. Lo que ocurre es que ningún gobernante tuvo la convicción para hacerlo ni han comprendido que el costo a asumir no es abolir el Banco Central sino mantenerlo vigente.

Nadie en funciones estuvo dispuesto a tomar la decisión de ajustar el aparato del Estado, es decir, a bajar el gasto y a separar la problemática fiscal de la monetaria. Cada nueva gestión, resulta como un final de fiesta de adolescentes en la que, el último que se quedó, debe dar a los padres la noticia de que su casa está hecha añicos. No habrá soluciones mágicas ni forma de volver atrás para recomponer hechos consumados. Habrá que ponerse a barrer, limpiar las paredes y volver a ahorrar para comprar vasos, platos y algunos muebles. Si se pretende no enfrentar la realidad dándole información falsa o engañosa a los dueños de casa respecto de los sucesos, no sólo no se tomará el camino hacia una solución sino que se gastarán energías en direcciones contraproducentes.

En el caso del despilfarro público, que se paga con un frenético aumento exógeno de la oferta monetaria, tampoco es gratis. La pesada carga para el sector productivo da como resultado una Argentina que no crece desde 2011 y un PBI per cápita que se destroza.

Promediando el mandato de Alberto Fernández es inútil ya pedirle al gobierno que no quede atrapado en el mismo paradigma en el que han caído muchos de sus antecesores. Desde el comienzo, este nuevo gobierno kirchnerista renovó su adicción al gasto, los kioskos políticos y la impunidad. Sin salirse del libreto predominante de la fallida historia monetaria argentina de los últimos 85 años, financiaron el gasto y su clientelismo desbocado con emisión monetaria, y vuelven a intentar, de forma quijotesca, corregir el problema atacando los efectos en lugar de las causas.

Dejando de lado algunas psicodélicas explicaciones de la multicausalidad inflacionaria que se escuchan, es importante repasar tres argumentos falsos comunes: es un error hablar de la inflación de costos ya que el precio está determinado por el valor que el comprador otorgue al bien o al servicio y a nadie le importará los costos que ha debido asumir el productor para poner el producto en la góndola. También resulta falaz la llamada inflación de expectativas. Si un eventual aumento en el precio guiado por expectativas no se plasma en una demanda concreta, simplemente no tendrá las ventas estimadas. Por último, se argumenta también que la velocidad de circulación del dinero es causante de inflación. En este caso, si aumenta la velocidad del dinero, también aumenta la velocidad de circulación de los bienes sobre los que se hacen las transacciones. Como queda dicho, la depreciación monetaria es consecuencia de su expansión. La inflación se detiene cuando los gobiernos se abstienen de falsificar dinero para financiar su gasto.

Algunos opositores bien intencionados sostienen que la solución radica en hacer cumplir la independencia que el BCRA está supuesto de tener. Sin embargo, fue el mismísimo partido que integran el que, cuando estaba al mando del Poder Ejecutivo, la Jefatura de Gabinete y los Ministerios de Hacienda y Finanzas avanzaron sobre el BCRA de Sturzenegger y el mercado les respondió con una durísima réplica directo a la credibilidad.

Pero, además de ese antecedente, como dice Alberto Benegas Lynch (h), un banco central puede tomar sólo las tres siguientes decisiones: a) a qué tasa expandir la masa monetaria, b) a qué tasa contraerla o c) dejar la masa monetaria inalterada. Cualquiera de estas tres decisiones de una planificación central, serán equivocadas. Son las millones de transacciones y necesidades cambiantes del mercado las que, en marcos de libertad, proveen la información de cuál es la demanda de dinero. En síntesis, con un banco central independiente, en el mejor de los casos, nos aseguramos que se equivoque independientemente.

A pesar de que existe una nutrida tradición liberal respecto de la abolición de las bancas centrales Javier Milei, actual diputado por La Libertad Avanza, ha instalado fuertemente en nuestro medio el debate acerca del cierre del BCRA y abrir el mercado monetario para una libre la elección de monedas. Para ello y a efectos de hacer una transición con una moneda que el argentino ya ha adoptado espontáneamente, se sugiere establecer paridades de salida del peso con el dólar, previa eliminación del rol del BCRA como prestamista de última instancia que evita la injusta nacionalización de los rescates a entidades financieras.

Mediante una banca de depósitos y una banca de inversión, cada cliente asumirá su riesgo frente a su proveedor financiero. Los bancos no tendrán ya el safety net que representaba el Estado y deberán responder por sus eventuales irresponsabilidades ya sea localmente, a través de sus casas matrices o con coberturas de seguros. Cada banco deberá trabajar duro en su propia reputación y posición competitiva como cualquier actividad.

Quizás muchos se han detenido en el análisis de la dolarización -que representa un punto clave del proceso para la reforma financiera- pero no hay que perder de vista que no necesariamente debe quedar restringida a esa moneda. Mediante la eliminación del curso forzoso, es el mismo mercado el que debe decidir la moneda o las monedas con las que prefiere transaccionar.

Las arquitecturas de las reformas financieras pueden ser variadas y con distintas miradas, pero el asunto central que hay que entender primero es el origen de la inflación y que los Bancos Centrales son el nefasto canal a través del cual los políticos se financian luego de despilfarrar impuestos y una vez que se han endeudado hasta la coronilla en nuestro nombre.

El BCRA es una institución inmoral que sólo data de 1935, sin embargo, los paradigmas a veces son tan fuertes que cuesta entender que la creación de la moneda tiene su génesis en el mercado libre y es completamente ajena a los gobiernos.

Esta es otra enseñanza que nos deja la batalla cultural y la importancia de nunca dar por terminada la lucha por la libertad. Es hora que los políticos parásitos entreguen al mercado lo que nunca les perteneció.

El tuit de Aguiló: seguilo si te interesa

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