Heladas y sequía achican la vendimia en Mendoza

Las estimaciones privadas anticipan una caída de hasta 30% en algunas zonas de la provincia, mientras que San Juan aportaría más uva y permitiría sostener una cosecha nacional similar a la de 2025. La incógnita pasa ahora por los precios y los stocks.

La vendimia 2026 se perfila con un escenario dispar en el mapa vitivinícola argentino. En Mendoza, las heladas de la primavera dejaron una huella clara en los viñedos y distintas entidades del sector estiman que la producción será menor que la del año pasado. Las proyecciones van desde una baja moderada de entre 5% y 8% hasta recortes que podrían rondar el 30% en las zonas más afectadas.

A pesar de ese retroceso provincial, a nivel país el volumen total de uva sería muy parecido al de 2025. El motivo es el mejor desempeño esperado en San Juan, que sumaría más quintales y compensaría la merma mendocina

La magnitud real de la cosecha todavía es incierta. Muchas variedades aún no llegaron al momento de recolección y habrá que esperar el ingreso efectivo de la uva a bodega para conocer el peso final. Sin embargo, los primeros relevamientos ya reflejan daños importantes, especialmente en el Este mendocino, el Valle de Uco y el sur provincial.

Desde el Centro de Viñateros y Bodegueros del Este, Mauro Sosa advirtió que el impacto de las heladas fue severo y que los registros de denuncias de productores permiten proyectar, en promedio, una caída cercana al 30%. A ese daño irreversible se suman otros factores que pueden profundizar la merma, como la escasez de agua para riego en un contexto de sequía moderada, la menor inversión en las fincas y la amenaza latente del granizo.

En este escenario, el Gobierno provincial prepara un decreto para definir qué distritos quedarán bajo emergencia o desastre agropecuario, una medida clave para aliviar la situación de los productores más golpeados.

La eventual menor cosecha reabre además el debate sobre los stocks de vino. En diciembre, las existencias equivalían a unos 8,2 meses de comercialización, en un contexto de ventas que siguen mostrando caídas tanto en el mercado interno como en el externo. Si finalmente se confirma una baja significativa de la producción, esos volúmenes podrían ajustarse de manera natural, sin necesidad de intervenciones extraordinarias. Desde el sector recuerdan que, meses atrás, se discutían mecanismos como la acción del Banco de Vinos para retirar excedentes, pero ahora una vendimia más corta podría equilibrar el mercado por sí sola.

En el Valle de Uco, el panorama productivo es más estable. Allí no se registraron eventos climáticos graves y la sanidad de los viñedos es buena, por lo que se espera una cosecha normal. Sin embargo, la preocupación se traslada a otro frente: el de los precios.

Con menor inflación y más opciones en góndola, el consumidor elige con mayor cautela, busca precio y calidad y ya no adelanta compras. Algo similar ocurre con los distribuidores, que dejaron de acumular stock como cobertura financiera y ahora adquieren mercadería en función de lo que venden a 60 o 90 días.

Ese giro deja a las bodegas con mayores costos de almacenamiento y más producto inmovilizado, lo que presiona sobre su rentabilidad. A su vez, el productor primario enfrenta una demanda más lenta y un exceso de uva y vino disponible, lo que agrega incertidumbre sobre los valores que se pagarán en la próxima vendimia.

Así, entre una cosecha que en Mendoza será menor y un mercado todavía frágil, el sector vitivinícola entra en 2026 con un delicado equilibrio: menos uva puede ayudar a acomodar los stocks, pero la incógnita central sigue siendo si eso alcanzará para mejorar los precios y la rentabilidad de toda la cadena.

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