La romántica historia del guante quirúrgico

El origen del guante se remonta a la mitología griega cuando refiere que Afrodita se hizo confeccionar guantes para proteger sus manos de las espinas de las rosas cuyo cultivo era su pasión. Completa la historia el médico Eduardo Da Viá.

Eduardo Da Via

La palabra guante viene del latín medieval wantus y este del germánico wante. Parece que está palabra hizo la siguiente travesía antes de llegar al castellano: franco: want -> francés: gant -> catalán: guant -> castellano: guante. Esta prenda, que cubre los dedos de la mano, era muy simbólica para los francos.

El origen del guante se remonta a la mitología griega cuando refiere que Afrodita se hizo confeccionar guantes para proteger sus manos de las espinas de las rosas cuyo cultivo era su pasión.

No obstante, se ha comprobado que mucho antes que los griegos, los habitantes del Norte, expuestos a los grandes fríos tuvieron la necesidad de proteger sus manos contra los rigores de la nieve, el hielo y los vientos polares.

Verdad o mentira, el origen del guante estuvo siempre vinculado a la protección de las manos, sea ante posibles heridas, o el frío extremos, e incluso para no ensuciarse las manos cuando se comía sin el auxilio de cubiertos.

Con posterioridad comenzó a ser un elemento de distinción en las clases sociales altas, tanto para el hombre como para la mujer, llegando incluso a estar reglamentado su uso en sociedad, con normas bastantes rígidas que tanto los caballeros como las damas debían aprender y practicar so pena de pasar serios bochornos antes sus pares más experimentados.

Pero el guante quirúrgico, de data más bien reciente tiene su historia particular.

Hoy casi todo el mundo sabe acerca de él e incluso lo usa en forma doméstica, a raíz de la masiva difusión vinculada a la pandemia de Covid.

Para comprender el uso de los mismo por parte del personal de la salud, es necesario se a un par de siglos a atrás cuando se desconocía las enfermedades infecciosas y la existencia de los agentes productores, los así llamados inicialmente microbios´

En la primera mitad del siglo XIX, la infección de las heridas quirúrgicas era prácticamente la regla y conllevaba una altísima mortalidad posoperatoria en cirugía por otra parte correctamente realizadas, dado que ya existía cirujanos de renombre, cuyas técnicas operatorias persistieron hasta nuestros días.

La razón de ser de las complicaciones era totalmente desconocida, predominando la teoría de que "algo" en el aire, un "vapor venenoso", se filtraba de alguna manera tanto en el teatro operatorio (sala de operaciones), como en las salas de internación.

La teoría del vapor venenoso fue rechazada por el obstetra húngaro Ignaz Semmelweiss, quien una vez finalizados sus estudios en 1846, ingresó a la famosa maternidad vienesa Krankenhaus, en condición de asistente en la sala Nº 1 a cargo de una famosos especialista que comulgaba con la idea rechazada por Simmelweiss, quien tuvo la capacidad de observación de un hecho muy claro: la mortalidad en la Sala 1 era nueve veces mayor que la de la Sala 2.

Era la costumbre que los médicos obstetras realizaran las autopsias, en una sala ad hoc contigua a la Sala 1, tarea que realizaban con las manos descubiertas, pasando acto seguido a examinar a las puérperas sin siquiera lavarse las manos; el tacto genital era de rutina en esos tiempos como parte del examen de la parturienta, aun cuando era totalmente innecesario según se supo mucho más tarde.

La Sala 2, en cambio era atendida por parteras que No realizaban autopsias ni participaban de ellas.

Unos años más tarde, en 1847, Semmelweiss tuvo la desagradable tarea de asistir as u amigo y colega Kolleetschka que terminó falleciendo con un cuadro similar a la llamada "Fiebre Puerperal" que afectaba a las puérperas, después de haberse herido con un bisturí mientras realizaba la autopsia de una paciente fallecida a causa de la misteriosa fiebre. Resulta fácil deducir que el agente "venenoso" había sido transmitido por el escalpelo.

A raíz de sus observaciones decidió una serie de normas: restricción de las personas que actuaban; obligación de lavarse las manos entre paciente y paciente; lavado de pisos y paredes con cloruro de calcio.

Al poco tiempo la incidencia de la fiebre puerperal y con ello la elevadísima mortalidad pos parto, cayó bruscamente a casi cero.

De inmediato comunicó sus hallazgos a la Sociedad Vienesa de Medicina, donde fue desacreditado y vituperado, al punto de relevarlo de su cargo, por lo que tuvo que volver a Budapest.

Por su parte los integrantes de su ex equipo de obstetras volvieron a las prácticas anteriores con un recrudecimiento inmediato de las tasas de morbi-mortalidad.

A su vez Semmelweiss, que había comenzado a trabajar en Budapest en el Hospital St, Roch, volvió a obtener el mismo éxito en la maternidad de ese hospital.

En 1861, publicó su trabajo científico cumbre: Die aetiologie, der Begriff, un die prophylaxis des kindbettfiebers. Lo que traducido significa "La etiología (causa), concepto y profilaxis de la fiebre puerperal, publicación que se mantuvo a la cabeza de los más leídos libros de la época.

Para la misma época en que Semmelweiss era desprestigiado por sus connacionales, otro gigante la medicina Joseph Liste, trabajando en Escocia, más exactamente en Glasgow, había llegado a conclusiones similares a las del genio húngaro, y, familiarizado con la famosa Teoría Microbiana de Pasteur, consistente en que las enfermedades infecciosas eran causadas por diminutos seres vivos, solo visible mediante microscopio y llamados microbios, del griego: micro, pequeño y bios: vida.

Además de las medidas ya tomadas por Semmelweiss, optó por el ácido carbólico o fenol como desinfectante, y el cual era rociado con pulverizadores, en paredes y pisos, en la ropa y manos de los cirujanos y en la piel del paciente. Consideró a la piel como una barrera natural para evitar el ingreso de los gérmenes a la intimidad de los cuerpos de las personas, pero a su vez era al reservorio de los mismos que mientras se mantuvieran en la superficie cutánea eran inocuos. De ahí pues surgió la idea de la desinfección o antisepsia de la piel tanto del paciente como de los intervinientes en el acto operatorio.

La fama de Lister, bien ganada por cierto, mereció del reconocimiento, en 1897 de ser considerado par de los lores y ser el primer médico que tuvo una silla en The House of Lords.

Sin embargo, todavía se operaba en traje de calle y no se utilizaba material esterilizado.

En la fotografía precedente de 1883, se observan los cirujanos sólo desprovistos de sus respectivos sacos y con las mangas de las camisas levantadas; a la derecha el encargado de las pulverizaciones con fenol y el atomizador de bronce

La conquista final debió esperar la introducción de la esterilización por vapor, mérito del alemán German Ernst Bergmann quien la introdujo en 1886 y la aplicó tanto para la ropa como para el instrumental.

A mediados del siglo XIX fue introducida la anestesia, lo que sumado a la gigantesca caída en la tasa de infecciones quirúrgicas, hizo que la cirugía dejara de ser una terrible tortura que para colmo con gran frecuencia terminaba con la vida del paciente, para pasar a ser un valiosísima e irremplazable para una enorme cantidad de afecciones que carecían de tratamiento efectivo mediante medicamentos.

También aumentó paralelamente el prestigio de los alicaídos cirujanos que pasaron del vituperio a la alabanza, a punto tal que alguien dijo "El cirujano es un médico y algo más"

Hasta aquí la historia de la cirugía desde el punto de vista de la evolución de los cocimientos que la transformaron en un procedimiento terapéutico reglado y seguro, pero hasta aquí ninguna mención a la razón de ser del título de este escrito.

Pues bien, falta decir que con el tiempo el fenol fue remplazado por el cloruro de mercurio para la antisepsia de las manos solamente, dado que ropa e instrumental eran esterilizados calor y aún se operaba a mano desnuda.

Uno de los cirujanos más famosos de finales del S XIX fue William Halsted que contribuyó con el desarrollo de técnicas quirúrgicas para el cáncer de mama, la tiroides, la paratiroides etc. Fue Jefe de Servicio del recientemente inaugurado hospital de la Universidad Johns Hopkins, donde trabajó hasta morir.

Uno de los guantes que Halsted encargó.

Su novia, Carolina Hampton, era a su vez su instrumentadora y lamentablemente desarrolló una alergia cutánea al cloruro de mercurio, de tal magnitud que le impidió seguir ayudándole a su amado cirujano. Éste sin embargo no se dio por vencido y tuvo la genial idea de pedirle a la Good Year, la fábrica de neumáticos más importante de USA, si podía fabricarle guantes lo suficientemente dúctiles y delgados como para no entorpecer el sentido del tacto, tan importante en cirugía. 

Halsted y Caroline Hampton.

La respuesta fue positiva y así Halsted recuperó a su enamorada como irremplazable ayudante y la cirugía incorporó el detalle que faltaba para asegurar la asepsia y la antisepsia y garantizar así loa práctica segura de esta extraordinaria e incomparable actividad humana destinada a la lucha contra las enfermedades: LA CIRUGÍA.


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