Murió el escritor Rodolfo Rabanal

El narrador, que se desempeñó como subsecretario de Cultura durante el gobierno de Raúl Alfonsín, se destacó como novelista y ensayista literario. Su primera novela, El apartado", se publicó en 1975.

El escritor y periodista Rodolfo Rabanal, autor de obras como "El apartado" y "La vida brillante", falleció esta madrugada a los 80 años en la ciudad de Punta del Este como consecuencia de un cáncer de páncreas.

El narrador, que se desempeñó como subsecretario de Cultura durante el gobierno de Raúl Alfonsín, se destacó como novelista y ensayista literario. Su primera novela, El apartado", se publicó en 1975.

Un semblante, a partir de su libro "La vida escrita"

Por Mauro Libertella

El otro día escuchaba una entrevista a un escritor norteamericano en la que hablaba del realismo literario. El realismo, decía, no le rinde pleitesias a la realidad, como se cree, y mas bien la traiciona; pensemos en una novela como Madame Bovary, por ejemplo, donde la vida de los personajes discurre amparada por la comodidad de una cierta linealidad, por una benévola relación de causa y efecto: primero pasó esto, después lo otro, más luego lo otro...fin de una vida. Pero sabemos bien que las cosas no son así en nuestra vida, en la vida "real" entre comillas; toda experiencia es, irremediablemente, una loca coctelera donde los tiempos se cruzan, las razones son a veces confusas y las paralelas se chocan al final del camino. Por eso la de Rodolfo Rabanal es una vida escrita; rompiendo la linealidad de sus diarios, fracturando los acontecimientos de su historia, toca el corazón de la experiencia contemporánea, donde todo está mezclado, remixado o intervenido. Con ese mínimo gesto, suerte de pase de magia en el armado estructural, el nuevo libro de Rabanal se deja leer como un testimonio de 30 años de literatura, de historia, de vida cotidiana argentina. Eso que antaño trataba de hacer la enorme novela decimonónica y que ahora hemos aprendido a buscar en lo que antes llamábamos "géneros menores": diarios, biografías, testimonios, cartas. Libre de ornamentos, ahí están siempre los textos que te cantan la posta, para decirlo con una expresión de época.

Y hablando de épocas, en La vida escrita podemos leer la historia de un personaje, de un personaje literario que se llama Rodolfo Rabanal, que circula como un observador por la generación del sesenta y del setenta. Todos los escritores tiene una función, cumplen una especie de rol actoral en el elenco de la generación que les tocó en suerte. Muchas veces me dijeron que Osvaldo Lamborghini fue el maestro o el oráculo de esa generación. Germán García ¿será el interprete de la generación? Habrá que preguntarle a él. ¿Y Rodolfo Rabanal? En estos diarios su espacio se vuelve nítido: Rabanal es el gran observador, el tipo que está adentro del grupo duro y que sin embargo parece estar deliberadamente apartado del ruido, para usar el título de su primera novela. Si Rabanal es "el apartado" es porque se corre un poco, minimamente, para que no lo aplaste el peso histórico de su época. Y así, aunque Rabanal, sabemos, es un personaje central de su época, ese leve desplazamiento lo convierte irremediablemente en un voyeur. "La vida escrita", entonces, son los diarios de ese voyeur, las notas privadas de un tipo que anduvo circulando por todos lados y que consiguió la distancia crítica imprescindible para encarar un tema de materia autobiográfica. Porque, cuando se trata de capturar literariamente experiencias de vida, el gran desafío metodológico está en encontrar la distancia exacta entre narrador y materia narrada, entre escritor y acontecimiento. Esa distancia es la clave de este libro.

Hay otras cuestiones que también se desprenden de este libro y que voy a mencionar rápidamente para no aburrir. Voy, incluso, a enumerarlas, para mayor claridad de la exposición.

Uno: Este es un diario sin interlocutor. Quiero decir: no vamos a encontrar acá esa instancia en la que el que escribe se dirige al propio diario, bajo el lugar común del querido diario o cualquiera de las variantes a través de la cual le hablamos a ese lector fantasma y total que es un diario personal. ¿A quién se le escribe cuando se toman notas en un diario? ¿A nosotros mismos, a un lector futuro, a nadie? Este texto no resuelve esa aporía; es un diario en apariencia sin interlocutor, pero que tiene una particularidad que le da profundidad: de a poco, nos damos cuenta de que los cuadernos hablan entre ellos. En un cuaderno de 1974, por ejemplo, se cita algo apuntado en un cuaderno del 72; en uno del 81 se retoma y se menciona un cuaderno del 78. El interlocutor del libro, descubrimos finalmente, es el propio libro.

Dos: Por momentos, podríamos decir que en La vida escrita no hay acción: es el diario de un pensamiento. Con una clara inclinación a la elucubración, a la filosofía y a lo abstracto, la materia prima del libro está en las citas. Son como semillas arrojadas al enorme campo de una vida: las citas de filósofos y escritores que Rabanal va leyendo a lo largo de las décadas estructuran su pensamiento, a veces lo desarman, le dan materialidad y son como Virgilio llevando del brazo a Dante a pasear un rato por el cielo y el infierno. La vida escrita es entonces, también, la historia de esa conversación con los libros.

Tres: "Nacimos fuera del tiempo, no era este el lugar ni la época que más nos convenía". Esa frase escucha una noche de 1974 Rabanal en el Café La paz, en un pedazo de diálogo contrabandeado de la mesa de al lado. La frase, sinceramente, me descolocó, porque mi generación, los que crecimos en los años noventa y llegamos a la adultez en el nuevo siglo nos creímos inventores de ese sentimiento, como si la equivocación histórica, esa especie de injusticia escandalosa que nos obligó a vivir en una época equivocada fuera patrimonio nuestro. Pero no. La frase que escucha y anota Rabanal, como perfecto voyeur, muestra que es el sentimiento mas viejo del mundo. Y ahora sí, me acuerdo de la película Medianoche en París, de Woody Allen, donde los sesentosos se quejan de no haber vivido en la París de los años locos y los parisinos de los años locos se quejan de no haber vivido en la Belle Epoque, y así infinitamente. Esa insatisfacción nos atraviesa a todos, y es parte de la mitología propia de cada era.

Cuatro: La vida escrita es un diario personal sin intimidad. La confesión, la exposición de lo realmente privado, es verdaderamente mínimo y ocasional. "Ayer fue agradable visitar a mis padres. Me pregunto cómo hacen para soportar, como lo hacen, la ausencia sin fecha de Daniel", apunta en febrero de 1977 y todos sabemos de qué está hablando, pero lo deja, como las ruinas de una vieja batalla personal que el narrador ha decidio omitir. "Dos, tres meses sin dinero. Vivir sin dinero me demuele", consigna en 1980, y también son pocas las referencias materiales, laborales, de guita, digamos. "Mientras escribo soy feliz. Fuera de mi escritura mi vida se complica", escribe en algun lado, y quizás eso lo explique todo. Y sin embargo, el libro comete un desliz impúdico, una suerte de larga confesión que constituye el centro del libro y que es, para mí, el eje neurálgico del texto, ese corazón que bombea sangre para todos lados. Estoy hablando de aquellos meses y años desde que Rodolfo Rabanal escribe su primer libro hasta que finalmente se publica. En "La vida escrita" está todo el proceso: la escritura; las charlas con Enrique Pezzoni, mítico editor de Sudamericana; el momento en que encuentra el título de "El apartado"; el miedo a la repercusión; la salida del libro; las primera críticas y entrevistas; la alegría y la sorpresa. Esta es la novela de una novela. Porque cuando narra esas peripecias el diario deviene novela y porque en esa historia hay algo vital de la literatura argentina que se perdió en 1976: las tiradas masivas de buena literatura, el diálogo de la juventud en los cafés, las editoriales argentinas que todavía no se habían vendido a grupos trasnacionales, la tensión entre escritura y política.

Para cerrar, diría que los diarios de escritores tienen siempre un leit motiv, algo que los estructura, un hilo transparente que enhebra todo el diario y que por lo general los escritores no lo ven mientras lo están escribiendo. Una recurrencia, digamos, un beat. Eso solo se ve con el texto ya publicado, con la totalidad de los materiales puestos uno al lado del otro. Cuando parecía que el escritor estaba apuntando cualquier cosa -una impresión, una idea, un diálogo, una queja- en realidad no estaba haciendo más que repetir y variar una obsesión, una constante. Cuando terminamos de leer La vida escrita, lo que enhebra todo, lo que arma la estructura y le confiere el sentido y la fuerza al libro, es esta pregunta: ¿cuál es la relación, a la vez íntima y pública, de Rodolfo Rabanal con la tradición argentina? Cada entrada del diario es un ensayo por responder a esa pregunta.


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