El refugio de la desidia: vivir y morir en los canales de riego cuando la voluntad se apaga

Cuatro jóvenes habitan un cauce del Barrio San Martín; entre el consumo de "pipa", la quema de cobre y el desalojo constante de los preventores, aseguran que los albergues no son una opción y que solo regresarán al canal apenas la policía se retire.

A pesar de las llamas

La escena se repite como un bucle infinito en el corazón del Barrio San Martín. En el lecho de un canal de riego, allí donde el agua puede transformarse en una trampa mortal en cuestión de segundos, cuatro jóvenes de entre 31 y 39 años han montado su hogar. Tienen dos sillones, colchones y un precario sistema de nylons sostenido por cables. Ayer, mientras la lluvia amenazaba con arrastrarlos -como sucedió con una mujer que aún es buscada intensamente-, ellos simplemente se hicieron a un costado y esperaron que el nivel bajara para volver a acomodar sus pertenencias.

Para el sistema, son un problema de seguridad y limpieza. Para los preventores de la Ciudad de Mendoza, es el "juego del gato y el ratón": los desalojan por el riesgo de vida que corren, pero apenas los móviles se pierden de vista, los jóvenes regresan. Es que, según sus propias palabras, no tienen a dónde ir, o mejor dicho, los lugares a donde podrían ir no encajan en la realidad de sus vidas rotas.

El rechazo al albergue: "Si llegás tarde, no te reciben"

A pesar de la insistencia de las autoridades, el albergue estatal no figura en sus planes. "Es siempre peleas", relata uno de ellos frente al micrófono de Julián Chabert. "Te acostás a dormir y cuando te levantás te falta algo, nadie se responsabiliza". Pero el obstáculo principal es la rigidez del sistema frente a la informalidad de la calle. Muchos de ellos sobreviven de "changas" de limpieza en locales del centro que cierran tarde. "Si salgo a las 11 de la noche, el albergue ya no me recibe porque el horario de entrada es hasta las 9. No nos sirve", sentencian.

"Somos drogadicto": la cruda verdad tras los muros del canal

Sin rodeos y con una honestidad brutal, los cuatro admiten el motivo detrás de su situación de calle y del alejamiento de sus familias: el consumo de sustancias, específicamente la cocaína fumada en pipa. "Hemos perdido todo por eso. La familia se cansa, te tenés que ir", confiesa uno de los jóvenes, quien admite con dolor que no ve a sus hijos y que ni siquiera cree que la madre de los pequeños lo aceptaría de vuelta.

La supervivencia diaria depende de lo que encuentran en la basura y de la quema de cables para extraer cobre, un kilo del cual venden por 7.000 pesos, una actividad ilegal que los mantiene en constante conflicto con los preventores.

La voluntad como única salida

Frente a la sugerencia de buscar ayuda en instituciones como Remar, la respuesta es de un escepticismo profundo, nacido de intentos fallidos. "Es todo voluntad propia. Si vos no hacés el 'clic' mental, la internación es mentira", aseguran. Para ellos, la adicción es una cadena que los mantiene atados al lecho del canal, prefiriendo el riesgo de ser arrastrados por una crecida antes que enfrentar un sistema de rehabilitación que sienten ajeno.

Mientras la policía y los preventores terminan de cargar sus pertenencias en los móviles, la advertencia de las autoridades sobre posibles multas suena casi irónica para quienes no tienen más que lo puesto. La crónica termina con una certeza amarga: mientras no haya una solución de fondo para las adicciones y una flexibilidad real en la asistencia, apenas el último patrullero doble la esquina, los colchones volverán al canal.

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